'No sé decir adiós': La pequeña familia española

Javi P. Martín Viernes 19 mayo 2017

Qué gusto da conectar con una película. Cuando te parece que entiendes a la perfección lo que una persona (o varias) te ha querido contar. Es raro encontrarse algo así, pero más raro es reconocer en esa obra con la que has sentido una conexión una brillantez colectiva: un reparto talentoso entregado, arriesgado, un guión pulido en la sutileza y una dirección certera y honesta.

'No sé decir adiós'

Y todo esto en una ópera prima. La de Lino Escalera, 'No sé decir adiós', que se presentó en el Festival de Málaga el pasado abril y llega ahora a las salas comerciales. Y aunque aún queda mucho que ver, hay que colocarla como una de las contendientes más seguras para los próximos Goya. Porque es una de esas pequeñas joyas que harán a nuestro cine sentirse orgulloso.

En el centro de todo está Nathalie Poza, que interpreta a Carla, una mujer que pasa sus solitarios días en Barcelona alejada de su familia, quemando las calles y los bares por las noches, metiéndose rayas de coca para desayunar e intentando vender locales vacíos en su tiempo ocupado, sin profundizar demasiado en las relaciones con sus compañeros (Miki Esparbé).

Escalera y Poza construyen a Carla desde la cercanía, desde la empatía e incluso el cariño. La tragedia está en los detalles, que se nos muestran de frente: los cambios de humor, la pérdida de control buscada, la irresponsabilidad, el aislamiento autoinflingido. Las rayas, los gintonics, la euforia fuera de lugar, los paseos al amanecer después de una noche de bares. Hay a quien le parecerá gracioso, quizá al principio, pero son esas risas de confusión que nos causa ver algo que el cine no acostumbra a mostrarnos: una mujer atormentada que no está idealizada ni demonizada. Una persona muy jodida, compleja, que puede caernos mal, darnos pena y hacer que le deseemos lo mejor en tres escenitas diferentes, una detrás de la otra. O todo a la vez.

'No sé decir adiós'

Poza se tira a la piscina, sufre y nos hace sufrir, ama a Carla y nos hace amarla. Construye el que dicen que, y es, el mejor personaje femenino del cine español en años. Almodóvar, ten cuidado.

Pero Carla no está sola (aunque quiera), pues en esta "aventura", con algo de road movie y algo de tragedia griega, volverá a sus raíces en Almería para descubrir que su padre José Luis está enfermo, y ayudar a su hermana a gestionar esta despedida. Su padre está interpretado por Juan Diego y su hermana, Blanca, es la también inconmensurable Lola Dueñas.

Ambos intentan comerle terreno a Poza, y hay momentos en los que lo consiguen. Diego es, irónicamente, un frecuente alivio cómico. La desvergüenza de la tercera edad y la testarudez de nuestros abuelos y padres, que con la vejez se vuelve un triste chiste. Un hombre que intuye que se muere pero en vez de hablar de ello mira con desinterés eso que dicen en la televisión, "solo tonterías". Pero que no nos lleve a engaño: Juan Diego nos hace reír desde la pena, y cuando llegue su momento de afrontar lo inevitable, nos arrancará el corazón.

'No sé decir adiós'

'No sé decir adiós' es una película sobre la incomunicación. Carla y su padre, iguales irreconciliables, no saben decirse adiós, porque no han sabido decirse nada en sus vidas. ¿Es ese el problema de Carla, por el que no es capaz de construir una conexión con nadie? Quién sabe. Carla no tiene ni idea, y ni el director ni el guionista Pablo Remón (a partir de la historia del director) pretenden tener la soberbia de saber más que sus personajes.

Y luego está Blanca. "Decidme algo", suplica desesperada ante los silencios de su hermana y su padre. Lola Dueñas no se entrega menos a un personaje que queda en segundo plano pero bien retratado: una mujer que sacrificó sus deseos por formar otra familia, y ahora busca comunicarse fuera de ella, mediante el teatro. No es muy buena en ello, pero le pone ganas, que es lo más importante.

'No sé decir adiós'

Pero aunque Escalera muestre con brutalidad la tragedia de la familia (que puede ser tan generacional como universal), también mira con afecto cómo estos compañeros solitarios encuentran razones, momentos, recuerdos y excusas para quererse. Para reírse y entenderse, desde el desconocimiento de cuando uno se mira en un espejo. 'No sé decir adiós' es el retrato definitivo de la familia española de la Transición, que engendró a los hijos perdidos de unos padres perdidos. (Los nietos somos otra historia, pero tampoco vamos muy encontrados.)

Una ópera prima muy prometedora

"Cada vez que vengo se me pone dolor de cabeza. Esto en Barcelona no me pasa, debe ser el aire", dice una Nathalie Poza antes de tomarse una de las muchas pastillas con las que se automedica. Esta confesión a medias, que mira de reojo al malestar que siente uno cuando tiene que enfrentarse a lo que más le aterra, es uno de esos momentos de pura verdad, de cine del bueno, que abundan en 'No sé decir adiós'. Una película que se construye de ellos, de los momentos, hasta el mismo final, sin dar respuestas, solo mostrando con la cámara las cuestiones que cada uno pueda o quiera plantearse.

La cosa es que, además, Lino Escalera sabe muy bien qué hacer con la cámara. Será que viene de la publicidad y ha aprendido a construir un relato audiovisual inteligente, pero desde la primera escena en ese coche incógnita Escalera cuenta una historia con intención y dirección. Él te dejará ver quién es quién y qué ocurre a su ritmo, tú solo tienes que dejarte llevar. Eso lo hacen los buenos cineastas; habrá que seguir a Escalera de cerca.

Nota: 9

Lo mejor: La entrega y el talento de sus tres actores.

Lo peor: Prácticamente nada.

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