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Baz Luhrmann, el eterno extravagante

Adrián Peña Jueves 16 mayo 2013

Baz Luhrmann es uno de los cineastas que mejor representa el posmodernismo en el cine. Figura paradigmática (junto a Quentin Tarantino) de un movimiento artístico que asume la imposibilidad de ser original y que, por lo tanto, basa su creatividad en la capacidad de mezclar, con acierto y pericia, fórmulas y estilos artísticos ya existentes, su cine es un pastiche visual de referencias que se cimenta en un protagonismo exagerado de la imagen. En todas sus películas ha perseguido el deseo de sublimar la historia a través de la fuerza de una puesta en escena barroca y vigorosa. Un savoir-faire que le ha llevado a ser coronado, por los cinéfilos neófitos, como uno de los más interesantes autores creativos del panorama actual y, por los más experimentados, como un irritante y presuntuoso farsante vanguardista.

Baz Luhrmann

Sea como fuere, lo cierto es que, desde sus inicios, ha sabido hacer dialogar, de una manera excéntrica y arrebatadora, diferentes artes que van desde el teatro hasta el videoclip y que amalgaman un variopinto mosaico cultural e histórico donde se citan, a modo de tótum revolútum, el primer Fellini, Toulouse-Lautrec, Madonna, David La Chapelle, The Cardigans, Shakespeare, los close-ups y zooms del Spaghetti Western, los grafitis y tatuajes y, ahora, F. Scott Fitzgerald con Lana del Rey. Ello le ha valido para desmarcarse de lo anodino y apoderarse de un estilo propio completamente reconocible capaz de embelesar a todos aquellos que, como un servidor, somos hijos del posmodernismo. En palabras suyas "mi filosofía ha sido siempre pensar en lo que necesitamos en la vida y escoger algo creativo que la haga plena", y eso es lo que ha intentado conseguir con su cine. Ha sabido dar a una sociedad preeminentemente romántica necesitada de una sobre-estimulación, altas dosis de frenesí fílmico y romanticismo naíf.

Gusten o no sus películas, lo que no se le puede negar a Luhrmann es su desenfrenada pasión por el cine. Una pasión que traslada en imágenes de una forma muy virulenta, extravagante y agresiva y que pudo desplegar a gusto en su trilogía llamada "Red Curtain" (Cortina Roja, haciendo referencia a las grandes cortinas del teatro) que componen sus tres primeras películas: 'Strictly Ballroom' (1992), 'Romeo + Julieta' (1996) y 'Moulin Rouge' (2001). Casualmente, el rojo es el color que simboliza la pasión, el amor, el deseo o la atracción, elementos, todos ellos, presentes en dichas tres películas. Ya sea el baile de salón y una pareja de bailarines en 'Stricly Ballroom', la literatura/teatro y un escritor y una cortesana en 'Moulin Rouge' o la lucha por un amor imposible de dos jóvenes enamorados en 'Romeo + Julieta', los protagonistas de esos filmes canalizan sus emociones a través de sus pasiones que, al mismo tiempo, son las que guían la narración y les liberan del mundo terrenal en el que viven.

Strictly Ballroom, Romeo y Julieta y Moulin Rouge

En sus historias nunca hay medias tintas que valgan, de hecho, están prohibidas. Si se ama, se ama con locura, si se odia, se odia a muerte, si se actúa, se debe sobre-actuar y si se sufre, se sufre hasta la tragedia. Todo ello viene aderezado con un diseño de producción/vestuario (a cargo de su mujer Catherine Martin) que glorifica lo kitsch, un collage de luces, colores y escenarios centelleantes, travestismos varios, y una artificiosidad que no es que rebase la línea de lo ridículo, sino que la sobrepasa de tal manera y con tanta convicción que se convierte en fascinante.

Un hombre de contrastes

Cabe destacar, en especial, los curiosos contrastes que incorpora en cada uno de sus filmes al emplazar, en un mismo espacio narrativo, componentes de distintas culturas y periodos. De esta manera, mientras en 'Stricly Ballroom' nos encontramos a unos australianos vestidos con traje flamenco y chaqueta torera llena de pedrería bailando un tango al ritmo del "Quizás, quizás, quizás" del cubano Osvaldo Farrés,  en 'Romeo + Julieta' reinventa el verso de Shakespeare a ritmo de hits pop con luces de neón, pistolas customizadas con crucifijos, camisas hawaianas y tatuajes y, en 'Moulin Rouge', nos sitúa en un París de 1899 remixado a base de Madonna, Nirvana o los Beatles. Ese anacronismo musical y formal (por su contemporánea manera de filmar) sumerge al espectador en una confusión espacio/temporal que no pretende otra cosa que asumir que ante la imposibilidad de la creación genuina de, como él los llama, nuevos mitos primarios (véase la Cenicienta en 'Strictly Ballroom', Romeo y Julieta o Eurídice y Orfeo en 'Moulin Rouge'), sólo nos queda maquillarlos, adaptarlos y reinventarlos a los tiempos modernos y vivirlos como una gran fiesta.

Australia

Probablemente, 'Strictly Ballroom' sea su filme más personal. Se rodó en su tierra natal, (Nueva Gales del Sur) y fue la adaptación a la gran pantalla de una obra de teatro que él mismo había desarrollado en su época de estudiante en el Instituto Nacional de Arte Dramático de Sydney. Además, Luhrmann compartió, en su adolescencia, la misma pasión por el baile que el protagonista del filme, teniendo, también, a su madre como maestra. Y no sólo eso, sino que el leitmotiv del filme, "vivir con miedo es como vivir a medias", se convirtió en una especie de mantra que lo ha acompañado en toda su filmografía apareciendo, incluso, al principio de su primera película tras la trilogía anterior, 'Australia'.

Si 'Strictly Ballroom' es su obra más personal, 'Australia' es la más ambiciosa. En una vuelta de tuerca a su carrera, decidió realizar un filme épico de casi tres horas de metraje que pretendía ser una carta de amor/homenaje a su país y sus antecesores poniendo el punto de mira en películas como 'Lo que el viento se llevó'. Para ello relajó su nervio tras las cámaras, aminoró el ritmo de la narración en pos de un sorprendente clasicismo y adoptó una pose más convencional que en ocasiones anteriores. La jugada no le salió del todo bien, pero por momentos podías sentir ese encanto de las grandes superproducciones del Hollywood clásico y, eso, ya valía la pena.

El gran Gatsby

A falta de un día para que se estrene su nueva película, 'El gran Gatsby', da la sensación de que la obra de Fitzgerald siempre ha estado predestinada a que Luhrmann la reinvente con sus postulados posmodernistas. Un mito de la sociedad estadounidense como es Jay Gatsby, millonario, ambicioso, misterioso y siempre dado a los excesos, en pleno Nueva York de los desaforados años 20, época de plena eclosión del jazz (que él sustituye por el hip hop/R&B actual) y fiestas desmesuradas. Una historia de amor, envidias y tragedias que lo tiene todo para que Luhrmann de rienda suelta a su apabullante estilo visual y hacernos disfrutar del espectáculo.

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