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'La gran belleza': El vacío del exceso

Borja Aláez Sábado 07 diciembre 2013

Si Fellini siguiese vivo, visionaría 'La gran belleza' con cierta curiosidad. Curiosidad por saber que su legado cinematográfico se perpetúa en las nuevas generaciones de cineasta italianos. Porque lo nuevo de Paolo Sorrentino, director de la alabada 'Il Divo', es un retrato de vida que evoca directamente al clásico de Federico Fellini 'La Dolce Vita'.

En una Roma de inigualable belleza sitúa Sorrentino su retrato de un hombre maduro que vive rodeado de personajes toscos, vacíos y fiestas donde lo chabacano y lo vulgar convive con el lujo y las drogas. Un cocktail de fácil consumo pero difícil digestión que provoca en el protagonista una reflexión sobre el verdadero significado de la vida en un momento en el que su plenitud intelectual contrasta con su decadencia profesional y física. Se trata, en definitiva, de un personaje que busca la redención a través del pasado, aferrándose a un amor de juventud y a la escritura.

'La gran belleza': El vacío del exceso

Toni Servillo, actor fetiche del director, encarna con convicción y maestría el alter ego de un Mastroianni actual. Elegante, contestatario e irremediablemente irresistible, mantiene una singular conexión con el Gatsby -atención a la presentación del personaje- que recientemente nos ha propuesto Luhrmann. El resto de personajes se mueven entre el tópico más banal o el prototipo más excesivo, aunque son los hombres los peor parados. Ese género masculino tan dominante en la sociedad italiana que sufre una endémica crisis de mediana edad mientras se arrastra por fiestas en busca de una juventud perdida.

El humor es uno de los grandes puntos fuertes de la película. El guión, obra del propio Sorrentino y Umberto Contarello contiene diálogos brillantes, aunque a veces deje llevarse por reflexiones filosóficas de salón poco relevantes. En cualquier caso, Servillo crece gracias a la definición de un arquetipo de galán trasnochado perfectamente delimitado en las páginas del libreto.

La belleza es débil

El problema de 'La gran belleza' es que su crítica al exceso termina por saturar a un espectador inmerso en una vorágine de planos preciosistas bajo una puesta en escena teatral. Una suerte de síndrome de Stendhal que distrae sobre una reflexión más profunda del planteamiento inicial. Aunque quizá era ese precisamente el planteamiento de Sorrentino: disfrutar con el vacío de la vida, regodearnos en la bajeza del ser humano y dejarnos llevar únicamente por la belleza del pasado. Lo que está claro es que podemos disfrutar durante 150 minutos de una de las postales sobre la Roma Imperial más espectacular de los últimos años.

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