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'La ladrona de libros': Ataque sin piedad al corazón

Jesús Agudo Viernes 10 enero 2014

Casi siempre se suele decir que una película no llega a hacer justicia al libro en el que se ha basado. Aunque existen casos en los que sí se ha llegado a considerar la adaptación cinematográfica superior a la novela, los lectores/espectadores suelen acabar prefiriendo las palabras a las imágenes. Con 'La ladrona de libros' queda muy bien reflejado cuál podría ser una de las razones de esta tendencia.

La ladrona de libros

Brian Percival se encarga de trasladar al lenguaje cinematográfico la novela escrita por Markus Zusak, y está claro que visión no le falta, pero en esta ocasión queda muy patente que hay historias que no son tan fáciles de traducir a fotogramas como puede parecer. 'La ladrona de libros' convierte la sutileza narrativa de la literatura en un despliegue gratuito de melodrama que no hace justicia a la historia de Liesel Meminger.

Esta joven es hija de una familia comunista que, a comienzos de la II Guerra Mundial, es abandonada por su madre y dada en adopción a una pareja de alemanes, un pintor con tendencia a darse a la bebida y su gruñona esposa. El padre adoptivo demuestra su gran corazón cuando Liesel admite que no sabe leer ni escribir, comenzando a enseñarle en casa poco a poco y despertando su amor por la palabra escrita. Un día, la pareja acogerá a Max, un judío a la fuga que hará muy buenas migas con Liesel y que le invitará no solo a leer más, sino a escribir y a amar las palabras.

La novela escrita por Markus Zusak no llega a esconder en ningún momento que no pretende contarnos una época tan injusta como la de la Alemania nazi entre algodones. De hecho, la historia está narrada por la mismísima Muerte, fascinada por la condición humana, y por la historia particular de la protagonista. Sin embargo, la película confunde este hecho como una oportunidad para buscar la lágrima del espectador, le guste o no. Las situaciones presentadas son tan intensas, sentimentaloides y lacrimógenas que terminan saturando al espectador, haciéndole casi inmune a las verdaderas emociones que debería transmitir la película.

Resulta bastante sorprendente que, a lo largo de dos tercios de la película, el ritmo sea bastante pausado, quizás hasta demasiado monótono, lastrando la historia y perdiendo la oportunidad de ver crecer el amor de Liesel por los libros con un poco más de cuidado. Pero más sorprendente es el último tramo del largometraje, en el que comienza un ataque sin tregua a nuestra cabeza y nuestro corazón, aturdiéndonos con unas escenas tan tramposas y manipuladoras que no casan nada con la tranquilidad que se le había otorgado a la película hasta ese momento.

La ladrona de libros
No es que la adaptación haya optado por saltarse a la torera el libro, casi todo lo que veremos en la gran pantalla ocurre también en el texto original, pero es cada lector el que da forma a la historia de una novela en su imaginación, y el excesivo detalle con el que se deleita el director en las últimas escenas no solo mata la narrativa delicada del libro, sino que hace que una película hasta ahora bastante aceptable se convierta en un telefilme para ver rodeado de pañuelos, y que deja con la sensación de haber sido bombardeado con escenas gratuitas e innecesarias. De hecho, hay un momento al final en el que se explica de una forma preciosa lo que se vuelve a presentar minutos después con un lujo totalmente innecesario de detalles.

A la hora de desgranar la película, lo que no se le puede quitar es la factura técnica que presentan, con pocos momentos en los que el escenario parezca falso. La elección de vestuario y la fotografía destacan con mucha soltura, y a pesar de lo crudo de la situación, conseguiremos trasladarnos a una villa casi de cuento, uno de los puntos más fuertes que tiene la película. También es bastante notable la composición de John Williams, pero está utilizada de una forma tan tramposa, apretando las pocas tuercas emocionales que quedaban por apretar, que al final parece como si estuviera solamente para señalarnos cuando deberíamos abrir las glándulas lacrimales.

Hay que destacar, sin embargo, que el reparto realiza un trabajo muy bueno, sobre todo unos enternecedores Geoffrey Rush y Emily Watson, los padres adoptivos de la protagonista. Ambos mantienen el alto nivel de sus longevas carreras interpretativas, y sabrán ganarse al espectador sin problemas. También cumplen con las expectativas los jóvenes Sophie Nélisse y Nico Liersch, que saben cautivar con su carisma y sus inmensos ojos claros, aunque se les note la infancia en los momentos más intensos de la película, y que no termine de casar la imagen de muñecos de porcelana con la situación que viven a su alrededor. Ben Schnetzer interpreta a Max, el judío al que esconden, quizás el personaje más desaprovechado del elenco, aunque tenga el tiempo suficiente para dejar patente su química de hermano mayor con Liesel. Sin embargo, no es explotado lo suficiente el papel que tiene en esa pasión que Liesel siente y vive por los libros.

Mismo mensaje, diferente resultado

'La ladrona de libros' quiere aspirar a ser una buena película, y en la factura técnica e interpretativa lo consigue de una forma bastante holgada. Sin embargo, semejante carga melodramática e irregularidad narrativa acaban ahogando una historia muy bonita en un mar de lágrimas traidoras que se podrían haber ahorrado. La II Guerra Mundial no es una época fácil de plasmar sin caer en la tragedia, pero tampoco es necesario mostrarla como si fuese un folletín o una telenovela. No puedo evitar señalar que adaptar esta novela no era tarea fácil, y es precisamente por una razón por la que muchas películas basadas en libros no llegan al nivel de su material original: el mismo beso que en las páginas nos deja noqueados no tiene el mismo efecto en una película si no se sabe mostrar con la misma sutileza, y eso es algo muy difícil de lograr.

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