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'La señorita Julia': Menudo teatro

Daniel Lobato Viernes 12 diciembre 2014

La dos veces nominada al Oscar Liv Ullmann (en los años 1976 y 1971 por sus papeles protagonistas en 'Ansikte mot ansikte' y 'Utvandrarna' respectivamente) escribe y dirige esta traslación a la gran pantalla de la obra teatral 'La señorita Julia' de August Strindberg que data de 1888. Una obra de corte realista, minimalista también (solo tres personajes en escena) acerca de las diferencias de clase y de género, así como del amor desde su vertiente más platónica a la lujuriosa.

Jessica Chastain y Colin Farrell en La señorita Julia

Y hablo de traslación, no de adaptación. La aquí guionista y directora se ha mostrado incapaz de despegarse de la fuente originaria y no ha podido convertir los códigos teatrales en cinematográficos. La película es presa de una forma de hacer que casa francamente mal con el lenguaje del cine, lo que redunda en una propuesta más bien densa y tediosa. Como ejercicio de estilo puede tener su interés, pero como propuesta comercial hace aguas por todas partes. Con solo un decorado interior (grande sí, una cocina, un par de dormitorios y un solitario establo) y un falso exterior (una suerte de jardín secreto con un árbol y su riachuelo), ni siquiera la dirección artística puede lucirse.

'La señorita Julia' nos ofrece 129 minutazos que bien merecen un buen tajo para hacer más amena la historia. Dos largas horas en las que se dan mil y una vueltas a un mismo tema y en las que los protagonistas parecen veletas al viento, cambiando de idea de forma obsesiva, mostrando más dudas que Utter en una tienda de pasteles. Lo que empieza como un picarón juego de seducción por parte del personaje interpretado por Jessica Chastain a su envalentonado criado (Colin Farrell), en el que incluso no faltan ciertos juegos de dominación (ahora que están tan de moda gracias a '50 sombras de Grey'), pronto se convierte en un sufrido y agónico bucle (para todos, los personajes y nosotros, el público) del que son incapaces de salir. La pareja intercambia sus posiciones como si de cromos se tratara sin llegar a ninguna parte y tan pronto ella le canta las cuarenta a él por su cobardía, como él la vilipendia a ella burlándose de su desdicha. Y así durante todo el metraje. ¿El final? A esas alturas el que todos querríamos. La noche de San Juan se vuelve terriblemente larga en esta ocasión.

Quizás en teatro funcione -¡qué duda cabe si después de 126 años se sigue interpretando y versionando con actrices de la talla de Sienna Miller o tan de moda como Natalie Dormer!-, pero tal como la plantea Ullman, 'La señorita Julia' no convence. La autora detona el conflicto pero no ofrece ninguna salida. La situación se resuelve (cobardemente por parte de los personajes, pero ese ya es otro debate) por puro agotamiento. Quizás también el rechazo hacía la apuesta esté en el tono de las interpretaciones, demasiado apegadas a la fuente teatral, o lo que en otras palabras llamaríamos sobreactuadas. Hasta el perrillo que aparece en un par de secuencias está exagerado. De Colin Farrell, irregular actor que a veces confunde la guapura con el talento, tampoco sorprende en demasía; es el mito reciente de Jessica Chastain el que se cae. Algo que por otra parte da esperanzas a muchos y muchas, pues demuestra ser de este mundo. Aunque siendo honestos, poca culpa tienen sus principales protagonistas (Samantha Morton se borra en cuanto puede apareciendo lo justo), pues están en el registro que les marca la visión de la directora acerca de la historia en cuestión.

La señorita Julia

También puede ser, seguramente, que yo no haya comprendido la propuesta o que forme parte de su público objetivo.

Salvemos los muebles

Por darle una nota positiva a 'La señorita Julia' podemos sacar una interpretación crítica de una de las realidades expuestas en ella (siempre que hagamos un visionado activo de la misma): la denigración moral a la que se ven sometidas las mujeres... y su tolerancia. En un lenguaje llano lo que se expone en el film es la cantinela de siempre: si ellas disfrutan de su cuerpo son poco menos que unas zorras, si lo hacen ellos son unos triunfadores (cazadores). Ellas, las presas, son tratadas como animales, seres inferiores, independientemente de su estatus social. El falo manda. Injustificable se mire por donde se mire, en su época -finales del s. XIX donde el feminismo contemporáneo apenas estaba dando sus primeros pasos-, podríamos entender esta como una actitud normal. "Eran otros tiempos, hombre. No estábamos tan avanzados como ahora". Hoy día sería intolerable, ¿verdad? Pues preguntémonos si realmente nuestro comportamiento como sociedad ha cambiado tanto 126 años después.

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