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'El club' es la película que la Iglesia no quiere que veas

Javi P. Martín Viernes 09 octubre 2015

El director chileno Pablo Larraín ('No') se crió en un colegio de curas. De su experiencia se llevó varias ideas: que de todo hay en la viña del Señor (claro), que algunos sacerdotes que conoció durante su infancia acabaron desapareciendo, y que los escándalos que se han ido destapando durante los últimos años alrededor de la Iglesia son tan reales y viejos como la misma Biblia.

Otro de los recuerdos que se le quedó a Larraín durante su educación cristiana fue esa cercanía de los sacerdotes, el perfume, el aliento, la confianza, una visión que, según ha expresado en entrevistas, ha querido inculcar en 'El Club', su nueva película, protagonizada por 5 personajes muy oscuros, pero que él ha retratado desde la naturalidad (naturalismo, directamente) y sin juzgarlos, dejando esta dura tarea para el espectador.

'El club'

Y la historia que cuenta 'El Club' invita a juzgar, y a sentenciar, pero Larraín se aleja de ese papel. Se limita a mostrarnos cómo se comportan los 4 sacerdotes que están encerrados en una casa "de retiro", en La Boca, una pequeña localidad costera al oeste de Chile. Una casita de dos plantas para ellos y una monja, la hermana Mónica, que se encarga de supervisar que estos cuatro ancianos mantengan su vida casta, que recen, que lleven un horario estricto, una buena alimentación, y que canten canciones a Dios a media tarde.

La hermana Mónica es a la vez carcelera, cómplice y a su vez también tiene un pasado que la ha llevado a compartir el castigo que la Iglesia les ha impuesto en este exilio en primera línea de playa. Una pena que cumplen a rajatabla, aislados del resto del pueblo, aunque no del todo a disgusto. Los primeros momentos del metraje muestran la apacible existencia de los Padres Vidal, Ortega, Silva y Ramírez, "una vida bella", como dice la propia Mónica, una Antonia Zegers inquietante y transformada, esposa de Larraín y musa que le acompaña en todas sus películas.

Es mejor no contar mucho más de la trama de una película que consigue poco a poco atrapar, fascinar y perturbar, sobre todo gracias a la construcción paulatina de un puñado de personajes llenos de vida, de sus luces y de sus sombras. En parte esto es gracias a las buenas interpretaciones, y en este sentido destaca Alfredo Castro como el Padre Vidal, un pedófilo homosexual vacío de todo arrepentimiento y lleno de seguridad en sus particulares ideas. Los momentos más potentes del filme los consigue Larraín en planos cortos, en esos interrogatorios que realiza el padre García (Marcelo Alonso) y que es una "parada de los monstruos", un confesionario terrorífico, sorprendente, en el que los penitentes revelan sus pecados más horribles.

Alfredo Castro en 'El club'

En estas escenas 'El Club' desarrolla una de sus ideas principales, la primera "hostia" a la Iglesia, y en la frente: estos personajes nunca llegan a sentir culpa, a arrepentirse, porque se sienten enviados de Dios, representantes del Todopoderoso en Tierra, una situación que les sitúa por encima del bien y del mal, y que los acredita para cometer delitos como el robo de niños o la violación. Un sentimiento que impregna a toda la Institución que, de hecho, les encubre, con la certeza de que sus curas serán enjuiciados en los cielos, y que no deberían enfrentarse a un tribunal laico en la Tierra.

Una exposición cruda, pero no fría

Marcelo Alonso en 'El club'

Lo cierto es que Larraín consigue inculcar humanidad y luces a unos personajes llenos de sombras, y, con gran mérito, logra que el espectador entienda e incluso se compadezca (el perdón ya es otro tema) por unas personas que han cometido crímenes horribles. Y eso es un gran acierto teniendo en cuenta que el director mantiene una posición observadora, mucho más imparcial de lo que podría esperarse.

Larraín es consciente de que lo más fuerte del relato está fuera de campo, es aquello que ocurrió en el pasado de sus protagonistas, y se preocupa por exponer, como cartas sobre la mesa, las consecuencias de sus actos, no solo sobre sí mismos, sino sobre sus víctimas (necesaria y muy dura la figura de Sandokan, un entregado Roberto Farías, que será causa y objeto de los momentos más dolorosos y pesimistas de la cinta, que ya es decir).

Y esto lo hace el director chileno con la suficiente cercanía como para que empaticemos con todos los personajes, como para que nos importe lo que les ocurra. En parte, también ayuda en este respecto la presencia de otro bando, de ese "mal mayor" que es la Iglesia, la Institución mundial que obliga a estos personajes a estar en el limbo, lejos del juicio que deberían tener y también de toda posible redención.

La vieja Iglesia y la nueva Iglesia

Marcelo Alonso y Roberto Farías en 'El Club'

El otro gran tortazo de Larraín a la Iglesia está encarnado por el padre García, que llega para investigar y decidir qué hacer con estos pobres diablos. En un momento, él le dirá a la hermana Mónica que "yo estoy aquí para asegurarme de que los padres saben por qué están aquí", para cerciorarse de que los sacerdotes saben que son delincuentes y que están cumpliendo una condena.

Esta frase se vuelve contra él cuando se revela, poco a poco, que los actos de la nueva Iglesia a la que representa están llenos de una hipocresía mayor y más engañadiza que la de los viejos sacerdotes. Cuando llegue el momento, el padre García tendrá que decidir entre destapar a los monstruos a los que investiga, y abrir la Caja de Pandora, o proteger a la Iglesia con su silencio. Tendréis que descubrirlo viendo 'El club', una dura película que aprieta pero no ahoga (preparaos para reír, a veces por el humor negro, a veces de pura estupefacción), y que es relevante y necesaria. La hostia que la Iglesia no quiere que tomes.

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