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'La playa de los ahogados': Carmelo y el vino

Daniel Lobato Sábado 10 octubre 2015

Gerardo Herrero no abandona el thriller en su nueva incursión en el campo de la dirección. El afamado productor (entre sus créditos figuran títulos de la talla de 'El secreto de sus ojos' o 'Balada triste de trompeta') pone en esta ocasión su mirada en las costas gallegas a fin de resolver un crimen orquestado por Domingo Villar, autor de la novela original en que se basa la película, y coguionista de la misma.

Carmelo Gómez y Antonio Garrido

Para los papeles protagonistas Herrero decidía contar con un viejo conocido, Carmelo Gómez (con quien ya trabajó, por ejemplo, en la interesantísima 'Silencio en la nieve') y Antonio Garrido. Juntos forman una pareja de policías que debe resolver el misterioso "suicidio" de un marinero. La investigación les llevará a desenterrar otros asuntos de interés policial. El director se ha caracterizado siempre por su buen ojo para la serie negra, pero en esta ocasión no ha sido capaz de transmitir la atmósfera necesaria para hacernos partícipes de su propuesta.

De una parte por culpa de pequeños (pero determinantes) detalles que van en contra de la verosimilitud del relato, como es el hecho de que el personaje de Carmelo Gómez, gallego de pura cepa, no tenga acento. Y en una película en la que a los personajes les encanta sentarse a hablar y explicarlo todo (quién sabe si por el placer de escucharse a sí mismos), no costaba nada buscar algún tipo de justificación (¿quizás aduciendo que ha pasado años viviendo fuera?), o simplemente buscando a otro actor.

De otra parte, como ya he dejado caer, 'La playa de los ahogados' adolece de una importante falta de ritmo. Secuencias alargadas en exceso y diálogos intrascendentes son la nota dominante de esta propuesta. Quizás la causa de ello es que la trama carece de verdadero interés para el espectador, le falta chispa.

Un tipo curioso

El personaje principal, el inspector Leo Caldas (interpretado por Carmelo Gómez) es un hombre que muestra cierta iniciativa, es verdad, pero anda por la historia completamente perdido. Tiene que ir preguntándolo todo y se limita a seguir las indicaciones que le dan los personajes secundarios. Cada vez que tiene alguna dificultad se sienta a la mesa con algún conocido a tomar una copa de vino (su padre es un exitoso vinicultor y éste aprecia un buen caldo más que otra cosa) y a pedir ayuda sobre el caso en cuestión. Gerardo Herrero nos priva de la satisfacción del descubrimiento y mutila la incertidumbre del misterio. La narración, pues, se vuelve apática y rutinaria.

Carmelo Gómez

La realización es bastante convencional. Es cierto que el cineasta madrileño no estaca especialmente por andarse con florituras con la cámara, pero si podríamos exigirle un poquito más de fluidez y algún que otro movimiento de cámara más destacado para poder quitarle la coletilla de "parece una serie de televisión de las de toda la vida". Y no ayuda a cambiar esa impresión la construcción de los personajes, sobre todo la pareja de policías formada por Gómez y Garrido.

Ya no entramos a valorar en detalle lo arquetípico de sus roles, pues se podría llegar a interpretar como un juego el subrayado de ambos caracteres y sus funciones. En un thriller de investigación al uso encajarían perfectamente. Pero sin embargo, en un film que pretende ir un pasito más allá cargando su contexto con un drama más localista y apegado a la realidad, quizás esa falta de matices en la apariencia de los personajes, puede jugar en su contra. Lo relevante -en términos negativos- es la falta de evolución por parte de ambos personajes. Por lo general, en una película que pretende funcionar comercialmente -revisad cualquier título que haya funcionado bien en taquilla los últimos meses, no hace falta que os vayáis muy lejos en el tiempo-, la trama, el conflicto que mueve la historia, es de tal magnitud afecta a los personajes de forma interna, propiciando un cambio en ellos, aportándoles una enseñanza o fortaleciendo alguna actitud demostrada a lo largo del relato. Pero siempre acaban en una posición distinta a la inicial. Han recorrido todo un arco que les abre la puerta a un nuevo comienzo. Y eso no se ve aquí, en absoluto. Esta falta se intenta justificar en alguna de las escenas del epílogo, pero no cuelan. El misterio del marinero suicida no afecta lo más mínimo a Carmelo o a Antonio, quienes, al día siguiente de su resolución, se levantarán e irán al trabajo como un miércoles cualquiera.

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