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'Langosta' y 'El hijo de Saúl' revolucionan el Festival Internacional de Cine de Cartagena

Alberto Frutos Viernes 04 diciembre 2015

Parece que fue ayer cuando la edición número 44 del Festival Internacional de Cine de Cartagena abría sus puertas, y de repente, nos estamos acercando a su final. Aún queda un día por delante con, entre otras, dos de las películas más esperadas de la semana, 'La Novia' y 'Anomalisa', pero el tiempo no entiende de descansos y el jueves ha traído bajo el brazo otro duo de propuestas sobre las que recaían no pocas ilusiones. La primera, 'Langosta', había despertado una intensa polémica entre los que la defendían como algo cercano a la obra maestra y los que la atacaban por su supuesta prepotencia y pedantería. La segunda, 'El hijo de Saúl', sí que llegaba precedida por una mayoría aplastante de crítica y público que veían en ella a la película revelación de este 2015 que se dirige a su inevitable final.

Resumiendo, los términos medios brillaban por su ausencia. O las amabas o te quedabas fuera. Es parte de la magia del cine, especialmente de aquel que no se conforme con el camino fácil, que decide aportar algo diferente, que apuesta por desafiar, desde el respeto y la pasión artística, las leyes establecidas. Hay en ello algo de poesía suicida, de salto al vacío, de cálculo mínimo, respetable y, pase lo que pase, digno de admiración. Y esa es una de las debilidades del FICC, ofrecerle a su público algo inesperado. No siempre funciona, claro, y aquí nadie conoce las fórmulas mágicas para conseguir un consenso pero, cuando se acierta, el placer es indescriptible. Y en la jornada de ayer nos encontramos con dos recompensas mayúsculas.

'Langosta'

'Langosta', la nueva película del director griego Yorgos Lanthimos ('Canino'), tiene todo, absolutamente todo, para caer en el ridículo más espantoso, la broma pedante, la estupidez de quien se cree más listo que los demás. Su punto de partida nos sitúa, atención, en un mundo en el que los solteros son arrestados y enviados a un hotel en el que tienen un plazo de 45 días para encontrar el amor. Si en ese tiempo no lo hacen, se verán obligados a transformarse en el animal que ellos prefieran. Tal cual. Pues bien, Lanthimos no solamente esquiva los miles de desafíos que propone el argumento sino que, lejos de fallos mayúsculos, roza la perfección con la punta de los dedos.

 'Langosta'

Soberbia reflexión sobre el amor impuesto en medio de una sociedad robotizada, sobre la soledad como opción de vida, libre y respetable, y sutil crítica desde el absurdo hacia la educación sentimental a la que no sometemos los humanos, 'Langosta' hipnotiza, divierte y triunfa desde su apasionante mezcla de géneros. Comedia negrísima, drama melancólico por el que habría matado Spike Jonze, esta joya en la que se encuentran ecos de Kubrick, Bresson, Haneke y Wes Anderson, casi nada, desprende libertad, ternura e inteligencia en cada uno de sus planos. Una obra asentada en la matrícula de honor en su primera hora, algo más irregular en su segundo acto, que va más allá de la simple ocurrencia y profundiza en todos los frentes que decide abrir por un camino marcado, especialmente, por el talento de su director.

Lanthimos, autor con todas las letras, continúa expandiendo su universo cinematográfico, elegante, medido al milímetro, con una dirección repleta de brillantes ideas visuales, de planos asombrosos en sus detalles. Con altas dosis de talento, consigue crear una atmósfera tangible en la que el espectador, comulgue más o menos con la propuesta, entra desde el primer minuto. Manejando perfectamente los tiempos, agarrado a un ritmo pausado en apariencia pero trepidante en cuanto a giros de guión se refiere, Lathimos cuenta además con Colin Farrell en la mejor interpretación de su carrera, y unas estupendas Léa Seydoux y Rachel Weisz que aportan su carisma arrebatador. Un tridente de virtudes más para una película única y distinta que demuestra que cuando uno se toma en serio el arte de contar historias, sean más o menos delirantes, el resultado suele ser positivo. O, como es el caso, sobresaliente.

Nota: 8'5

'El hijo de Saúl'

Y seguimos hablando de formas. El cine y el Holocausto. El Holocausto y el cine. Son muchas las películas que nos han convertido en testigos de la etapa más negra de la humanidad, que nos han contado la barbarie absoluta desde dentro, que han intentado transmitir la locura más atroz jamás cometida por la raza humana, que nos han querido mostrar las heridas que el tiempo no ha convertido en cicatrices, que siguen escociendo, que duelen profundamente en la memoria. Lo incomprensible nunca dejará de serlo y la incredulidad, en este caso, sigue siendo parte de un estado de shock universal cuando, en la pantalla, se proyectan unas pesadillas que no necesitan de letreros que nos indiquen que están basadas en hechos reales. Lo sabemos. Lo sentimos. Nos rompe por la mitad.

 'El hijo de Saúl'

La principal diferencia que tiene 'El hijo de Saúl' respecto a sus compañeras de género es tan simple como impactante. Aquí no se observa, se está. No hay tiempo para ponerse en situación ni para llevar a cabo ningún tipo de preparación, ni para tomar aire. Desde el primer segundo, la cámara se avalanza sobre la espalda de nuestro protagonista y no le abandona en ningún momento. La distancia es mínima y lo que ocurre alrededor, los gritos, los disparos, las lágrimas, el miedo, se muestra tan borroso e indescriptible como solamente el horror puede llegar a ser. 'El hijo de Saúl' es una experiencia física y psicológica que va de menos a más y que te obliga, te empuja a formar parte de la conmovedora historia de un prisionero que, consciente de ser un muerto viviente, busca sobrevivir desde lo moral y lo ético.

Un argumento del que se sirve su director, László Nemes, parar dar forma a uno de los debuts más impactantes de los últimos años. Con un uso apabullante del plano secuencia, auténtico vehículo narrativo de la película, Nemes ofrece todo un recital de pulso, nervio y sabiduría cinematográfica, un trabajo de dirección inolvidable que se convierte, automáticamente, en lo mejor del conjunto. Su capacidad para sumergirnos en el infierno, de conseguir que sintamos el terror y la desesperación de su protagonista, es una auténtica proeza. Toca subrayar otro nombre para seguir la pista en el futuro más inmediato.

Ese es el auténtico legado de 'El hijo de Saúl'. No, no es la primera vez que viajamos desde la butaca a un campo de concentración, pero nunca lo habíamos hecho de esta manera. Durante poco más de cien minutos, no somos sujetos pasivos ante una película. Somos parte activa de ella. Sin medias tintas pero con toneladas de cine.

Nota: 7'5

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