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'El olivo': Un canto a la reflexión

Amanda Gil Jueves 05 mayo 2016

En medio de superhéroes, villanos, remakes y demás, Icíar Bollaín se planta en la cartelera con 'El olivo'. La directora de películas "intimistas" como son 'Te doy mis ojos' o 'También la lluvia', con las que nos ha demostrado su capacidad de hacer radiografías a la sociedad en tono de ficción, regresa sin nunca haberse marchado, con esta fábula. Este cuento intergeneracional sobre la familia, el tirar hacia delante, la crisis, los olivos y sobre todo, las personas.

Bollaín y Anna Castillo

Paul Laverty, guionista de cabecera de Bollaín, leyó en un periódico un artículo sobre el expolio de los olivos. Esos árboles milenarios que forman parte de nuestra cultura y nuestro paisaje, aunque no seamos conscientes. Con eso le bastó a él para escribir el guion con mucho mimo y delicadeza, porque lo notamos en cada frase de esta historia que sigue a Alma, una joven de 20 años que trabaja en una granja de pollos. Vale, este dato no es relevante, pero así es cómo Icíar nos introduce en su mundo, nuestro mundo. Un inicio a base de silencios rotos por la música de Pascal Gazigne y el montaje de Nacho Ruiz Capilla, que saben jugar al perro y el gato hasta hacernos sentir dentro de la granja junto a nuestra querida protagonista.

Alma no sabe lo que quiere, y si lo sabe, no tiene ni idea de cómo expresarlo, pero lo que sí tiene muy claro es que su abuelo es la persona más importante de su vida, por eso, cuando ve que cada día que pasa se encuentra peor hasta dejar de hablar, decide liarse la manta a la cabeza e irse a Dusseldorf en busca del olivo milenario que su familia vendió hace años. ¿Por qué? Qué le lleva a Alma tomar esta decisión por su cuenta, pensaréis. Ella cree que la culpa de todo lo que le ocurre a su abuelo tiene que ver con la pérdida de este árbol por el que ambos sentían una conexión especial y en el que jugaban cuando ella era pequeña. Un árbol con forma de monstruo en el que poder jugar y ser libre. Además, le echa en cara a su padre esa situación, porque él fue quién pensó que con el dinero que les diese el olivo, podrían vivir una vida mejor, y al final, con la llegada de la crisis los nuevos negocios y los sueños de ser un triunfador, les explotaron en la cara sin previo aviso.

He de confesar que en un principio no esperaba que pudiera conectar de una manera real con la historia. Quizás es por la poca costumbre que tenemos de valorar algunos elementos que nos rodean, sin embargo me equivocaba totalmente, ya que además de descubrir parte del mundo relacionado con el expolio de estos árboles, 'El olivo', es pura poesía en cuanto a relaciones personales se refiere. Lo que más me ha atrapado son cada uno de los personajes, protagonistas o secundarios, que viajan en el tren de la mentira y la verdad. Cada uno de ellos se mueve en un arco emocional que va de un extremo a otro, tal y como es la vida. El olivo sirve como excusa para contar un cuento familiar, una fábula con muchos matices que terminan encogiendo el corazón, de hecho, hacía tiempo que una película no conseguía mantenerme en tensión emocional del minuto cero al último. Es sorprendente como en ningún momento la sensación de desconexión o pérdida de ritmo llega a nosotros, pues hay clímax reales en el transcurso, pero el resto del tiempo sigue manteniéndose en un nivel muy alto. Como decía, el guión de Laverty juega un papel muy interesante, ya que parece tener todo hilado.

Manuel Cucala e Inéz Ruíz

Hablando de los actores, cómo no destacar la actuación de Javier Gutiérrez, que da vida a Alcachofa, el Sancho Panza particular de nuestra protagonista. Un hombre que se ha visto afectado por la crisis y la burbuja ficticia del "todo va bien", y ahora vive en una mentira tras otra. Javier es capaz de hacer comedia y drama en la misma secuencia, y eso se agradece mucho. En cuanto al resto de los actores, Pep Ambròs, curtido en el teatro, lleva con delicadeza su personaje (también muy interesante). A pesar de sus silencios, nos deja entrever que ha sufrido durante su pasado, y que aún así, es un valiente, sin pensárselo se lanza a la piscina por Alma. Sin embargo, la gran sorpresa nos la llevamos con Manuel Cucala, el abuelo querido, capaz de mostrarnos el lado más tierno junto a su nieta, y luego ese estado de pasividad que tanto nos duele, ya que se trata de un vecino real. Una persona que se ha dedicado al campo toda su vida, y cuyo primer contacto con la interpretación es este. Lo mismo ocurre con Inés Ruiz, que se mete en la piel de una tierna Alma. Increíble cómo ambos han conseguido reflejar de forma natural y frágil a la vez, los lazos que nos unen a las personas de diferentes generaciones.

Anna Castillo, el alma de la película

¿Cómo puede caber en un cuerpo tan chiquitito tanta verdad y tanta emoción?, me pregunté nada más salir del cine. Su manera de entender el personaje tan complejo que interpreta, y la forma en la que nos lo hace entender, es única. Hace una interpretación magnífica como conductora de toda la trama. No puedes dejar de mirarle a los ojos, ya que te transmite muchísimo con ellos. Realmente Alma no sabe expresar lo que siente y lo que le ocurre por dentro, ella tira siempre hacia delante como autodestruyéndose, lo que nos pone la piel de gallina. Llega un momento en el que tanta verdad escondida bajo la mirada, nos confunde, y no sabemos si Anna es Alma, o si Alma es Anna. No podría imaginar otra actriz capaz de interpretar de esta forma tan desgarradora un personaje de tales características. Vayan al cine a acompañarla de la mano en su viaje, porque no se arrepentirán.

Anna Castillo

Para ir terminando, he de decir que además de emocionarme muchísimo, y sonreír en algún momento que otro, me fascinó una escena en la que Alcachofa, el personaje de Javier Gutiérrez reflexiona sobre la mentira, y dice algo como: "Quería decir la verdad, pero se me sellaron los labios". ¿Por qué les cuesta tanto a nuestros tres protagonistas decir lo que realmente piensan?, ¿por qué nos cuesta en la vida real?. Sin duda, Bollaín nos regala este canto a la reflexión muy cuidado desde todos los ámbitos como son arte, fotografía, música, etc., que no va a dejar indiferente a nadie.

Esta roadmovie camuflada en la ternura, dará mucho que hablar. Muchísimo. Hay veces que es necesario desconectar, salir de nuestra zona de confort y dejarse sorprender por los pequeños detalles que van girando a nuestro alrededor. Os animo a que descubráis la belleza de la última película de Icíar Bollaín, y os embarquéis en esta aventura azotada por la crisis económica y personal, en la que no hay malos y buenos, solo un grupo de personas intentado encontrarse y ser encontrados.

Nota: 8/10

Lo mejor: La fuerza y madurez Anna Castillo interpretando a Alma y el guión de Paul Laverty.

Lo peor: Que el público no se sienta atraído por el planteamiento y no se deje sorprender en la sala de cine.

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