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'Un doctor en la campiña': Una película humana pero sin conflicto

Paula Martínez Jueves 26 mayo 2016

Viene con fuerza desde Francia, donde ha triunfado tanto entre el público como entre la crítica hasta el punto de catalogarla en el cartel español como "El éxito del año en Francia". Sin embargo, para ser una producción procedente del país que ha visto nacer a joyas cinematográficas como 'Mustang', 'La vida de Adèle' o 'La familia Bélier', la verdad es que 'Un doctor en la campiña', pese a contar con el maravilloso François Cluzet como protagonista, se queda algo corta.

Thomas Lilti, el ex-médico y director de cine francés, vuelve a hablar de su profesión favorita tras 'Hipócrates', película que le hizo famoso en 2014 al hablar de los inicios de un joven médico en un hospital de París. Esta vez, Lilti quiere alejarse de la gran ciudad para adentrarse en la zona rural del sur de Francia, también conocida como campiña (campagne). Allí, las prácticas médicas son totalmente diferentes, los medios escasos y las dificultades, permanentes. 'Un doctor en la campiña' se acerca a esta realidad y sabe retratarla con valentía, dando una visión única y llena de ternura de cómo funcionan las cosas en esta Francia alejada de todo lujo, que tan poca representación ha tenido en el cine hasta la fecha.

 François Cluzet en 'Un doctor en la campiña'

Aquí aparece Jean-Pierre (François Cluzet), el veterano médico de la campiña que, paradójicamente, desarrolla un cáncer, y necesita de la ayuda de la doctora recién llegada Nathalie (Marianne Denicourt) para realizar sus consultas, algo que le enfurece y le llena de celos. Y la verdad es que eso es todo. La película no profundiza en la trama ni en ninguna de las subtramas. La enfermedad y el sufrimiento de Jean-Pierre son tratados de manera superflua, también el posible romance que surge entre él y Nathalie, que tan solo se insinúa en repetidas ocasiones sin que nada ocurra, y más de lo mismo ocurre con las subtramas de los pacientes, que amenazan con ser interesantes y reflexivas, pero que ahí se quedan, en el mero relato de hechos y síntomas, como la propia medicina.

Adoctrina, pero no emociona

Sin embargo, 'Un doctor en la campiña' enseña y cumple la función de adoctrinar al espectador. Se nota la mano de Lilti, su pasión por la medicina y el empeño en resaltar el lado más cálido y el más oscuro de la profesión. Gran parte de esta sabiduría la encarna Cluzet, quien con frases como "Le quitamos la palabra al paciente cada 20 segundos, hay que escucharle, te da el diagnóstico un 90 por ciento de las veces", da una gran lección de moralidad y experiencia, al mismo tiempo que intenta reconciliar al espectador escéptico o desilusionado con el mundo de los médicos.

Lo que también se puede ver es la contrariedad del proceso de adaptación de Nathalie frente al proceso de des-adaptación de Jean-Pierre, que son reflejados con honestidad y delicadeza. No es fácil ser atacada en tu nuevo trabajo cuando das lo mejor de ti. No es fácil ver como te quitan tu posición, mientras ves impotente como tu cuerpo y tu mente pierden fuerza. François Cluzet y Marianne Denicourt se muestran tan frescos y naturales en su interpretación, que la película resulta agradable de ver, por mucho que pese el hecho de que la trama no está avanzando hacia ningún lugar.

 Marianne Denicourt en 'Un doctor en la campiña'

Después de una hora de metraje, por fin alguien muestra algo de carácter en la película y parece que algo va a cambiar o a pasar... Pero no, esto es solo un espejismo, y 'Un doctor en la campiña' sigue su camino por el sendero de la simplicidad. Una sucesión de pacientes, uno tras otro, y una historia que, pese a rozar hechos tan importantes como la enfermedad, el aborto o el derecho a morir en la propia casa, pide a gritos la aparición de un conflicto y finalmente no conduce a ninguna parte. Con su género, más de lo mismo: ¿drama?, ¿comedia?, ¿romance? La película no se posiciona.

Pese a todo esto, 'Un doctor en la campiña' está muy bien interpretada, con la leve ironía y el sentido del humor agradables a los que nos tiene acostumbrados el cine francés, y con unos secundarios muy tiernos y divertidos que ayudan a resaltar su esencia más bella, que a veces se esconde en medio de un soporífero ambiente. Una película amable, honesta, bonita de ver, que acerca al espectador al mundo real de los médicos en Francia, pero que no profundiza ni parece contar nada importante. Simplemente, te quedas como estabas.

Nota: 6/10

Lo mejor: El buen humor con el que enfrenta las situaciones difíciles.

Lo peor: Que el conflicto es inexistente.

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