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'Mi panadería en Brooklyn': Reservado para amantes del dulce

Borja Abelleira Viernes 01 julio 2016

Llega a nuestras salas 'Mi panadería en Brooklyn', una amable e inocente comedia romántica que, tal y como asegura su director, el español Gustavo Ron, tiene más de romántica que de comedia, y que a buen seguro dejará a más de uno con un dulce sabor de boca y la sensación de haber pasado un rato cuanto menos ameno y agradable. Además cuenta con un especial efecto llamada: la aparición de dos valores nacionales entre el reparto fruto de la coproducción entre España y Estados Unidos: Blanca Suárez y Aitor Luna. No en vano, sus rostros protagonizan la versión española del póster, cuando en la original solo flanquean a los verdaderos protagonistas, dejando bastante claro que de no ser por su participación poco público acudiría al encuentro de esta edulcorada historia. Pero vayamos paso a paso.

Mi panadería en Brooklyn

El proyecto empezó a agitarse hace más de dos años, pero hasta que dio comienzo el rodaje se cambió varias veces de guion, de título e incluso de localización. En un principio estaba previsto que fuese Londres la ciudad escogida para dar lugar a esta bucólica panadería, pero finalmente se estableció en el barrio de Williamsburg, en pleno Brooklyn. Un pequeño esfuerzo que a juicio del director valió pena. Y es que Williamsburg daba fe del espíritu de la historia que Gustavo Ron quería transmitir. Un barrio obrero que poco a poco se ha ido convirtiendo en punto de encuentro para los jóvenes y la cultura hipster.

Y de ahí nace precisamente el conflicto de 'My Bakery in Brooklyn' (su título original), la ruptura y capacidad de confluencia entre lo nuevo y lo viejo, entre las costumbres de toda la vida y lo innovador. Así, cuando la tía Isabelle (Linda Lavin) muere, deja a cargo de sus jóvenes sobrinas un otrora próspero negocio que ahora han de sacar adelante adaptándolo a los nuevos tiempos (y superando sus rencillas personales). Pero mientras Vivien (Aimee Teegarden) quiere salvar a la clientela habitual y mantener el espíritu familiar del local, su prima Chloe (Krysta Rodriguez) tiene un plan muy diferente. Ella colabora en un conocido programa de televisión sobre cocina como experta asesora, y quiere dotar a la antigua boulangerie de un toque chic y cosmopolita. Por si fuera poco, entre medias aparece un atractivo abogado mercantil, Paul (Ward Horton), quien a la vez que llama la atención de Vivien se descubre como el encargado de o bien liquidar las deudas de la panadería, o en última instancia clausurar su negocio. El "drama" está servido.

Entre lo amable y lo estridente

Más allá de la historia familiar, en la que a partir de los diez primeros minutos poco o nada se profundiza, asistimos a lo prometido: un carrusel de momentos románticos, en ocasiones más acertados, y a veces tristemente ridículos. El amor es el eje central, y a él intentan llegar los protagonistas de manera muy diferentes. ¿Original? No demasiado. Pero resulta inevitable seguir casi de manera condescendiente las desventuras de cada uno de los personajes en su camino por alcanzar la felicidad. Ya saben, si el quinceañero que todos llevamos dentro llama esa tarde a la puerta, y deciden dejarle entrar, puede que disfruten de una buena dosis del humor y las conversaciones de pareja más empalagosas inimaginables.

Y si ya se han hecho con la pertinente tarrina de helado, o con un buen trozo de tarta propio de Isabelle's, déjense llevar y denle una oportunidad a sus protagonistas. Cierto es que el guion no ofrece grandes garantías y se termina yendo por unos derroteros de lo más absurdos, pero llegados a este punto tampoco importa demasiado, y quizá ese era su objetivo desde el principio. La representación del amor más puro e inocente, y por ende ridículo a la par que entrañable, se hace palpable en los torpes actos de Ian (Griffin Newman), o en la hostilidad de Chloe, abriendo un abanico bastante representativo, aunque sumamente caricaturizado, de los diferentes problemas de la gente a la ahora de afrontar y sacar a la luz sus sentimientos.

Mi panadería en Brooklyn

Fijándonos en "los nuestros" (nunca mejor dicho en el caso de Blanca Suárez), quizá en un primer momento parezcan dos secundarios metidos con calzador en esta trama múltiple, pero conforme avanza el metraje vamos viendo algunos matices que nos invitan a empatizar con sus personajes. En el caso de Aitor Luna, interpreta a un famoso y vanidoso chef de cocina popular por su propio programa de cocina. Suárez, en cambio, da vida a una jovial y talentosa decoradora de interiores que llevará a cabo una profunda renovación de la boulangerie. Un pequeño paso más en la prometedora carrera de la actriz madrileña, que espera una nueva oportunidad al otro lado lado del charco tras presentar a los estadounidenses una interpretación de lo más tierna y encantadora.

Entrañables secundarios

En el apartado de los secundarios destaca un divertido y entrañable Ernie Sabella en el papel de tío Dave. Un personaje ciertamente estereotipado, como el típico hombre que no sabe muy bien dónde ubicarse en un mundo rodeado de mujeres, pero que conseguirá arrebatar una sonrisa al más escéptico con una actuación que guarda más recovecos de lo que parece a primera vista. No perdáis detalle. Y a su lado, en contra de lo que igualmente pudiera parecer, cobra especial relevancia el papel de Enrique Arce encarnando a un alocado inmigrante ruso que se dedica a experimentar con diferentes sustancias alucinógenas. Dimitry servirá de apoyo moral al tío Dave y juntos nos regalarán una bonita historia de amistad.

Mi panadería en Brooklyn

En cuanto a la factura técnica, y siempre dentro de sus posibilidades, los cuidados planos de Nueva York mientras los protagonistas conversan alegremente bien merecen un detenido visionado. Además, las escenas en el barrio convencen y las localizaciones son un personaje más. Eso sí, para los que esperen los momentos "patrios" del rodaje, no perdáis el tiempo. Lo correspondiente a las grabaciones en España se reduce a apenas un par de minutos, y las escenas son tan escuetas como intrascendentes. Por lo menos los integrantes estadounidenses del equipo habrán amortizado el viaje degustando una buena paella.

En definitiva, 'Mi panadería en Brooklyn' es un proyecto que nace de una idea original a la que podríamos suponer alguna que otra posibilidad más allá del resultado final. Por desgracia, a medida que avanza el metraje, las buenas intenciones se ven solapadas por un guion previsible e incluso un giro final anodino e insustancial. Por el camino, alguna que otra sonrisa perdida en el difuso límite de lo absurdo y lo adorable, y desde luego la sensación de volverse a casa con un buen atracón de dulces, pero poco alimentados en alma e intelecto. Una historia con poco que contar que no pasará al recuerdo colectivo ni como un producto rescatable entre las películas más empalagosas del género.

Nota: 5

Lo mejor: La factura visual y sus entrañables interpretaciones.

Lo peor: Lo extremadamente ridículo de sus conversaciones sin pretenderlo.

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