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'Silencio': El evangelio según Martin

Alejandro Rodera Viernes 06 enero 2017

Dos indígenas sudamericanos se encuentran en una balsa de colonizadores españoles en el siglo XVI. Tras rechazar los escritos cristianos que les ofrece un misionero, son asesinados en el acto por blasfemia. Esa sobrecogedora escena pertenece a 'Aguirre, la cólera de Dios', de Werner Herzog. El realizador alemán atrapó en 90 minutos las contradicciones de la religión católica, la autodestrucción inherente a las ansias de imperialismo extremo y el nulo respeto a los territorios desconocidos. En cambio, Martin Scorsese en los 160 minutos que dura 'Silencio' simplemente elabora un retrato plano de la fe ciega. Sin reflexiones perennes ni personajes brillantes como los de Herzog. Un proyecto pasional del director neoyorkino que carece de la profundidad emocional y la mirada crítica necesarias para quedar cerca siquiera de sus obras de segunda categoría.

En 1988 Scorsese ya firmó una película abiertamente cristiana con 'La última tentación de Cristo'. Con la que 'Silencio' comparte su excesiva duración, pero no la experimentación y el llamativo retrato del conflicto entre la carne y el espíritu. En su trabajo más reciente, el protagonista es el padre Rodrigues, un cura jesuita que llega a Japón junto a otro compañero, Garrupe, en busca de su mentor, el veterano Ferreira, del que se rumorea que ha apostatado ante la imposibilidad de hacer germinar las semillas de la fe cristiana en el país nipón. El destacado trío protagonista está compuesto por Andrew Garfield, Adam Driver y Liam Neeson, respectivamente. El primero de ellos se va desmarcando como protagonista total a medida que avanza la cinta, mientras que Driver tiene tiempo para brillar en la primera mitad y Neeson apenas aparece en unas pocas secuencias.

Andrew Garfield en 'Silencio'

Desde la primera escena se nos revela claramente cómo va a ser la película: una narración en off cada vez más molesta envuelta por atractivas imágenes, que revelan belleza y violencia a la par. Ese tipo de narración es frecuente en todo tipo de cine, desde el más experimental hasta el más convencional, así que dependerá del uso que se le dé que aporte algo al discurso fílmico o que simplemente sea un subrayado continuo de lo ya mostrado. En el caso de 'Silencio', las reflexiones de Ferreira y, sobre todo, de Rodrigues que emanan de sus cartas y diarios, van perdiendo efecto cuanto más se incide en ellas, ya que son tan abundantes que ponen en duda la capacidad de Scorsese de mostrar con imágenes el monólogo interno de su protagonista. El personaje de Garfield ve puesta a prueba su fe ante ese silencio que siente por parte de la deidad a la que adora, que le lleva a sentir un abandono desgarrador. Con la cámara y la maravillosa fotografía de Rodrigo Prieto ya se nos muestra ese conflicto lo suficiente como para comprenderlo, por lo que la redundancia del guion, elaborado por Scorsese y Jay Cocks, en esos escritos extradiegéticos es tremendamente cansina.

En cuanto al aspecto anterior llama la atención la ironía de que la película se llame 'Silencio' y que su director sea incapaz de aprovechar esa ausencia de sonido para explotar el potencial de su protagonista. Algo que culmina en una última secuencia, narrada por un personaje de nula importancia en la película, que la sentencia hasta el último momento a privarnos del placer comunicativo de la imagen. A diferencia de 'El silencio' de Ingmar Bergman, todo un manifiesto del director sueco acerca del uso de la arquitectura sonora en una película, del potencial de los vacíos dialogales.

El factor sermón

Aparte de la fallida exposición en los aspectos analizados previamente, donde se produce el mayor tropiezo de la película es en el retrato inmaculado del cristianismo y de las misiones con las que se trató de propagar la religión por todo el mundo. Tanto Rodrigues como Garrupe se mantienen en una posición férrea en definitiva en cuanto a sus creencias, inmutables ante una cultura tan diferente a la portuguesa como es la japonesa. Lo cual revela el gran dilema de la evangelización: la alienación cultural con respecto a los territorios en los que se quiere implantar o imponer la religión en cuestión. Cuestiones abiertas para cualquier humano con cierto espíritu crítico, pero no para Scorsese, que se conforma con una visión un tanto maligna y despectiva de los japoneses. Aunque hay que reconocerle que en algunas escenas plantea ese evidente dilema, sobre todo con el personaje de Liam Neeson cuando finalmente se produce su aparición y con el líder de la inquisición nipona, pero nunca con el personaje de Garfield, que debería ser el que cargara con esas dudas. Ya que sus verdaderos conflictos internos son los referidos al grado de fanatismo con el que se relaciona con su dios, nunca en cuanto al efecto negativo que podría tener la implantación de su religión en el país ajeno a él.

Andrew Garfield y Adam Driver en 'Silencio'

Una actitud propia de ese colonialismo sazonado con tintes religiosos que tan bien exponía Herzog, pero que Scorsese, dentro de su propio fanatismo, ni siquiera se plantea revelar para no poner en peligro la credibilidad de sus personajes. Cabe recordar que en el mismo siglo en el que se desarrolla la cinta, los jesuitas imponían sus códigos de conducta a los indígenas sudamericanos, llegando a exiliar de sus propios territorios a los nativos que no se ajustaban a sus normas e imponiendo normas de vestimenta. Aunque obviamente el elemento exportado que tuvo más calado en estos pueblos, desde Paraguay hasta Japón, fue el católico sentimiento de culpa. En la película de Scorsese queda bien reflejada esa fútil culpabilidad con el personaje de Kichijiro, que vive en una espiral de errores que le conducen a la inútil confesión de los mismos.

En definitiva, 'Silencio' no consigue internarse lo suficiente en sus personajes como para que el espectador pueda sentirse cercano a ellos, alejándose de conflictos intrínsecos mucho más interesantes. Además, la defensa a ultranza de la religión cristiana que plantea Scorsese mina la credibilidad de la película, que se ve convertida en un folleto de los que se entregan por la calle para que la gente se acerque a la iglesia más cercana a salvar su espíritu.

Nota: 5

Lo mejor: La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, que ya nos deleitó con 'Babel' y 'Biutiful'.

Lo peor: El insufrible inmovilismo ideológico de unos personajes que anteponen siempre sus creencias al respeto cultural.

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