'En la vía láctea': El amor y la guerra según Kusturica

Antonio M. Arenas Viernes 14 julio 2017

Regresa Emir Kusturica a nuestras pantallas. Una frase que tiempo atrás habría estimulado todos nuestros sentidos y despertado la curiosidad de cualquier cinéfilo que se preciara, pero que a día de hoy nos hace saltar las alarmas. Quizás se deba a que ya ha pasado una década desde el estreno de su anterior largometraje, la insustancial y reiterativa 'Prométeme', cuyo trasfondo conservador y pobres decisiones estéticas advertían del agotamiento de su carrera. Pero ante todo podríamos afirmar que su estilo visual sencillamente ha languidecido frente a otras propuestas. Que en definitiva el cine ha evolucionado mientras el director de 'Underground' se ha negado a hacerlo.

Siempre acompañado de una inconfundible (por festiva) banda sonora de sonidos gitanos y ritmos funk, ya fuera obra de Goran Bregovic, la Non Smoking Orchestra o de su hijo Stribor Kusturica como en el caso que nos ocupa, su atemporal fusión de folclore balcánico, espíritu fabulador, artilugios mecánicos, excéntrico humor visual y sátira política y religiosa venía irónicamente con fecha de caducidad. Por no hablar de su coyuntural enfoque sobre la Guerra de los Balcanes y la historia reciente de Yugoslavia, que no solo está lejos de encontrarse de actualidad, sino sobre el que su nueva película tampoco ofrece variación alguna.

En la vía láctea

Sin demasiadas expectativas, 'En la vía láctea' logra en sus pasajes iniciales devolvernos el candor y el absurdo de sus mejores películas. Situada en un periodo indeterminado de tiempo anclado a la Guerra de los Balcanes, un espacio onírico en el que poder dar rienda suelta a sus excesos, el argumento se desarrolla en el contexto de una guerra donde entre las trincheras y a lomos de un burro se mueve un inconsciente lechero, interpretado por el propio Emir Kusturica, ajeno a la realidad tras un trauma familiar. La nobleza de su personaje y el carácter bucólico del escenario en el que tiene lugar la acción imprimen al conjunto un fuerte mensaje sobre las bondades de la vida rural frente al progreso y la barbarie, que su director representa con repetitivas metáforas encarnadas por animales: ocas chapoteando en una bañera llena de sangre, un halcón domesticado, serpientes en las que confiar, ovejas acechando un pasto de minas antipersona... símbolos sobre las que se sustenta su débil argumento, inspirado por el cortometraje perteneciente a la película colectiva 'Words with Gods', que sirve de epílogo al filme.

Cuando pasan las ovejas

En una de las secuencias que más se alejan del tono de la película, aquella en la que se presenta al personaje de Monica Bellucci, enfermera en un centro para niños huérfanos y refugiados de guerra, la vemos llorar mientras ve por enésima vez 'Cuando pasan las cigueñas', obra maestra de Mikhail Kalatozov. Precisamente apelar a la emoción que transmite su final y alcanzar ese nivel de simbolismo es lo que pretende Kusturica con 'En la vía láctea', su particular epopeya romántica en la guerra. Para conseguirlo trabaja desde dos niveles. El primero ellos formal, con la elección de un formato panorámico que inunda de travellings y estilizados movimientos de cámara por medio los que aspira a transmitir una gran impresión cinematográfica. Esa misma que su montaje arrítmico y una confusa puesta en escena se encargan de arruinar. Y en segundo lugar desde el subtexto, forzando cada metáfora hasta saturarla, encaminándose hacia a un alargado tercer acto en el que supera cualquier límite inimaginable de violencia a costa del sufrimiento del espectador y de sus personajes, abocados a un explícito clímax final que sitúa la película al borde del ridículo y le deja en evidencia como cineasta.

En la vía láctea

El estreno de 'En la vía láctea' nos hace rememorar el feliz descubrimiento que supuso la filmografía de Kusturica. Pero también lo lejos que se encuentra en cada nueva película de situarse a su propia altura, incapaz de reinventar su obra, envuelta en una serie de decisiones tan erráticas y caprichosas como la propia figura del director nacido en Sarajevo, que por supuesto en esta ocasión no ofrece nada que no conozcamos o hayamos presenciado en anteriores ocasiones. Al contrario, insiste en sus convicciones y reafirma su universo, algo que en todo caso le honra como autor y agradecerán los más fieles, aunque su sensibilidad e intereses estéticos se encuentren cada vez más apartados de la vanguardia del cine contemporáneo.

Nota: 5

Lo mejor: En el banquete de boda por momentos recuperamos al Kusturica más inspirado. Aquel cineasta libre, hedonista, que recurre al desenfreno y la música popular como única posibilidad de unir a su país y al ser humano en un mundo que se derrumba bajo sus pies

Lo peor: Que haga de su tramo final una tortuosa y cruel travesía para el espectador y los personajes, convirtiendo innecesariamente su moraleja en una explícita y cruenta masacre.

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