'Transformers: El último caballero': Sesión de ruleta rusa con bazooka

Alejandro Rodera Viernes 04 agosto 2017

Michael Bay no pasará a la historia como uno de los cineastas más inspirados de su generación, pero es tradición que los actores que se ponen bajo su mando le agasajen con cumplidos de la talla de "visionario". El director de 'Armageddon' y 'Dos policías rebeldes' hizo añicos las taquillas de todo el mundo con el estreno de 'Transformers' en 2007. Una década después, aterriza en los cines la quinta entrega de una franquicia que va de lo ridículo al jolgorio más inexplicable. Desde aquella primera llegada de los bots hasta 'Transformers: El último caballero' se han producido cambios de reparto, guionistas y básicamente del entorno cinematográfico que rodea a la saga. Con cada película el objetivo es que la locura sea cada vez más desmedida, un caos que sólo puede manejar Bay, aunque eso no implique que el resultado sea realmente efectivo.

Mark Wahlberg en 'Transformers: El último caballero

Como sucede con toda franquicia, como bien nos explicaron en 'Infiltrados en la universidad', las explosiones y las batallas se incrementan exponencialmente con cada secuela. Y en esta quinta película de 'Transformers' los delirios son el medio de expresión por excelencia. De hecho, resulta complicado sintetizar en unas líneas el contenido de la cinta, ya que se dan de la mano la leyenda artúrica, los robots gigantescos e incluso un puñado de nazis para completar la mezcla más abigarrada del año. Pero, en resumen, los transformers han desplegado en la Tierra su campo de batalla, mientras los humanos sobreviven como pueden. Algunos valientes, militares o civiles, se implican en la guerra sin causar demasiado impacto en su devenir.

Después de la transición que supuso 'Transformers: La era de la extinción', que se equipó de nuevos protagonistas, el personaje de Mark Wahlberg, Cade Yeager, es el único superviviente de aquel trío que debía hacer olvidar a Shia LaBeouf y Megan Fox/Rosie Huntington-Whiteley. Aunque huelga decir que los humanos están de más, son meros anclajes para que el espectador no sufra trastornos mentales con tanto choque metálico. Aun así, ver a (¡Sir!) Anthony Hopkins en este panorama tan estrafalario es puro espectáculo, aunque lo primero que venga a la cabeza sea '¿Qué apuesta habrá perdido este señor para terminar aquí?'

Una pregunta que se puede extender al público, que se encontrará con una nueva muestra de poderío visual de Michael Bay, alborotado en exceso como siempre, pero que logra filtrarse ocasionalmente gracias a sus necesarias dosis de humor. Desde la primera entrega de la franquicia, la comedia ha jugado un papel fundamental para conformar su personalidad, ya que en el momento en el que estas películas se tomaran en serio a sí mismas, comenzarían a provocar risas que poco tendrían de premeditadas. Por lo tanto, algunos de los chascarrillos funcionan como antídotos pasajeros contra la convulsa trama argumental que cuenta con una credibilidad nula.

Anthony Hopkins en 'Transformers: El último caballero

Entretenimiento con ADHD

Dicho todo lo anterior, hay que confirmar que la saga se mantiene en una tónica decadente. 'Transformers' se sigue arrastrando cual zombi desmembrado, impulsado por un incomprensible oleaje de billetes, pero que no tiene razón de aferrarse a sus últimos suspiros. 'Transformers: El último caballero' es un ejemplo paradigmático de película simple y llanamente superficial, que abre un frente tras otro en su vasto mapa argumental para que la gente no se pare a pensar en el despropósito que tiene ante sus ojos. Se trata de un cine que parece afectado por el trastorno por déficit de atención, ya que da la sensación de que la sala de montaje estuvo infestada de niños hiperactivos que avisaban a Bay cuando perdían el interés en lo que estaban viendo.

En definitiva, si hace diez años Shia LaBeouf le decía a Megan Fox que veía en ella mucho más de lo que parecía, ahora 'Transformers: El último caballero' evidencia una vez más que la saga de Michael Bay es el espectáculo más insustancial y superficial que nos podemos echar a la vista.

Nota: 4

Lo mejor: El sentido del humor de los bots.

Lo peor: El sinsentido de proporciones épicas que Bay trata de vender como espectáculo.

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