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Festival de San Sebastián, día 5: Ricardo Darín en 'La cordillera', uno de los retos de su carrera

Antonio M. Arenas Jueves 28 septiembre 2017

El cine político se asoma a Donosti desde dos vertientes a cada cual más apasionante. Tanto con el interés que despierta siempre uno de sus grandes valedores en el cine iberoamericano contemporáneo, el argentino Santiago Mitre, como mediante la contundencia y la invitación al activismo de la emocionante '120 pulsaciones por minuto', dirigida por el cineasta franco-marroquí Robin Campillo y que viene de recibir el Gran Premio del Jurado en el último Festival de Cannes.

Cuando afirmamos que 'La cordillera' es uno de sus grandes retos, así como una de las películas más arriesgadas del actor argentino, no lo hacemos por gusto. En primer lugar, solo podía protagonizarla un actor con el carisma y la confianza que desprende al espectador Ricardo Darín, que interpreta a un presidente argentino tachado por los demás como un hombre normal, un hombre común sin ningún resquicio en su pasado, sin iniciativa, digamos "de centro", que se deja siempre asesorar por quienes le rodean. Y la clave de la película reside en creerle. O en no hacerlo. Pero lo hacemos precisamente porque se trata de Darín, aunque no deberíamos creer todo lo que vemos y oímos en este enigmático reto intelectual cooescrito por Santiago Mitre y Mariano Llinás.

La película tiene lugar en el seno de una cumbre energética en Chile cuyas conclusiones pueden marcar el futuro de Sudamérica. Y aunque en un inicio el guion sienta las bases de un elaborado thriller político, pronto demostrará unas ambiciones más complejas y esquivas, atreviéndose a reflexionar sobre la mística del poder a través del personaje de Darín, que será asediado por una inquisitiva periodista que parece descubrir la esencia de sus más oscuros secretos, mientras su atormentada hija comienza a recordar un hecho traumático de su infancia que permanecía oculto.

'La cordillera'

Gracias a la banda sonora de Alberto Iglesias la dirección muta de géneros con facilidad, pero si algo permanece intacto a su conclusión, que persiste en la tajante línea de 'El estudiante' o 'Paulina', es la idea de que el público ha sido partícipe de una sugestión colectiva, por lo que se verá obligado a repensar tras el fundido a negro todos los claroscuros, misterios, incógnitas y cadáveres que deja a sus espaldas el presidente encarnado por un virtuoso Darín. Y quizás a partir de ahora dejarán de creerle tanto.

Cine político y activista

Hablamos de dos películas radicalmente distintas en lo formal, pero que se aproximan a los dilemas del poder y a la movilización ciudadana de manera cristalina, mostrando los hilos invisibles por los que funciona todo gobierno o colectivo social. Mientras que Mitre con 'La cordillera' se ha distanciado cada vez más del punto de vista sucio y próximo al documental para llevar a cabo una estilización de la puesta en escena en el interior de los grandes pasillos y habitaciones del hotel en el que transcurre la cumbre; Robin Campillo se adentra a pulso y con su cámara al hombro en el interior de las asambleas, en las manifestaciones, en las discotecas, en los dormitorios y en definitiva en la vida de sus personajes, miembros del colectivo ACT-UP de París, que surgió a finales de los 80 para alertar sobre el SIDA.

'120 pulsaciones por minuto'

'120 pulsaciones por minuto' es una propuesta intachable desde el punto de vista de la movilización política y denuncia social, pero lejos de situarse en la comodidad del cine discursivo con el espectador, su principal virtud es la de ser capaz de articularse a través del activismo, que cuestiona y vehicula la narración a muy distintos y estimulantes niveles. Como película histórica es concisa y sumamente creíble, con ecos a la convulsa actualidad que vivimos, con un gran investigación detrás que además hace buen uso del material de archivo; como experiencia musical es capaz de elevarse y de experimentar visual y sensorialmente; pero ante todo como historia de amor trasciende en el desarrollo emocional de los personajes.

Campillo lo demuestra en una de las secuencias de sexo entre un joven recién llegado al movimiento y uno de sus fundadores, seropositivo, que filma pegado a la piel mediante un lenguaje físico repleto de verdad, a la que aporta capas de profundidad en sus diálogos gracias especialmente a la hermosa introducción de dos flashbacks de sus anteriores relaciones. Una decisión con la que dignifica y celebra sus sentimientos frente a las vejaciones que sufrían por parte de la sociedad debido a su orientación sexual y la ignorancia generalizada respecto a la enfermedad.

Y aunque generó discrepancias, su tramo final es consecuente con la razón de ser del proyecto y del propio colectivo. Se trataba de visibilizar la lucha contra el virus del SIDA y de denunciar la falta de soluciones médicas, de ser agresivos pero también de ser coherentes, como lo eran en sus acciones y como lo demuestran sus miembros unidos en una asamblea inesperada, tan conectada a su corazón como la causa por la que lucharon. Porque de eso y no de otra cosa se trataba, de sobrevivir o no hacerlo. Si algo consigue Robin Campillo con esta portentosa película es entregarse a la vida en toda su dimensión.

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