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Festival de Rotterdam 2018, Día 6: 'Yo, Tonya' es la fábula sobre el éxito que merece la América de Trump

Antonio M. Arenas Lunes 05 febrero 2018

Que Hollywood necesita historias sobre triunfadores es un hecho. Son el material sobre el que se sustenta su fábrica de sueños. Pero Hollywood no es el mismo que era hace varias décadas. El cine norteamericano y su sistema de estudios tampoco. Estados Unidos, menos aún. Asistimos impasibles a la decadencia de una cinematografía que con cada nueva franquicia no deja de perder identidad a pasos agigantados, pero sobre todo a la de un país en plena división interna tras el nombramiento como Presidente de Donald Trump, en el que las palabras e imágenes han perdido el valor que deberían tener. Por eso películas tan elementales en sus postulados como 'Los archivos del pentágono' resultan necesarias y entretenimientos sin mayor trascendencia que 'Yo, Tonya' se prestan como el reflejo más nítido del presente.

Yo, Tonya

A través de elementos posmodernos tan básicos como una pegadiza banda sonora plagada de canciones pop y un efectivo uso del montaje, Craig Gillespie consigue dotar de agilidad y claridad expositiva a un dispositivo más complejo de lo que parece. Articulado en varios tiempos, el guion escrito por Steven Rogers combina técnicas del documental y declaraciones a cámara de sus protagonistas, tratando de esclarecer lo sucedido tras el auge y caída de la patinadora artística sobre hielo Tonya Harding, implicada en 1994 a un ataque contra su mayor rival, Nancy Kerrigan.

Conviene advertir que más que ante un biopic tradicional, con 'Yo, Tonya' nos encontramos frente a un anuncio de la Superbowl de dos horas de duración, un videoclip salvaje entendido como un spot de sí mismo, que hace de su autoconsciencia su mayor baza. Una función hecha a la medida de la también productora Margot Robbie, pero que termina robando Allison Janney, que interpreta a su madre, cuyos abusos y exceso de control conducen acertadamente el tono de la película al gag visual en lugar del drama psicológico.

Yo Tonya

La historia real, más grande que la ficción, está narrada mediante una contradictoria diversidad de voces y reconstrucciones imposibles, lo que confiere al resultado un componente de post-verdad muy oportuno para los tiempos que corren, en los que la diferencia entre la realidad y la mentira ha dejado de ser relevante, lo único fundamental es plasmarlo con las imágenes más virales posibles. Para ello, Craig Gillespie renuncia a cualquier intento de personalidad propia y acumula todos los recursos visuales más espectaculares e impactantes a su alcance, hasta el punto de que entre pelucas imposibles, vestuarios imponibles, movimientos constantes de cámara, ralentís y laca, parece dirigida por David O. Russell. Que ya a su vez era un pobre diluido de Scorsese, todo sea dicho. A ese respecto, cabría esperar mayor ambición del cine norteamericano actual. 'Yo, Tonya' en ningún momento aspira a ser la fábula sobre el éxito y el fracaso que el cine norteamericano necesita, pero sin proponérselo termina siendo la que los Estados Unidos de hoy día merecen.

Post-verdad, post-humor y otras historias

Llegada directamente desde Sundance, hemos visto una de esas comedias independientes norteamericanas llamadas a ser de culto y que cuestionan desde dentro la autocomplacencia del indie, pero que por lo estrafalario y desconcertante de su propuesta tienen muy difícil llegar al gran público. Y eso que tras la particularísima 'The Greasy Strangler', en esta ocasión Jim Hosking se ha rodeado de un reparto repleto de caras conocidas del cine y la televisión, de Aubrey Plaza a Emile Hirsch o Jemaine Clement, pero con 'An Evening With Beverly Luff Linn' prevalece su deseo de incomodar. Y luego ya reírnos.

An Evening with Beverly Luff Linn

En primer lugar, se agradece encontrar una comedia que surge a partir de la deformación del gag, sin miedo a estirarlo. En 'An Evening With Beverly Luff Linn' el acting, la vocalización y las situaciones están llevadas al límite de sí mismas. Quizás para hacernos olvidar que se trata de una comedia, o acentuando su viscosidad, Hosking trata de crear ambientes enigmáticos a partir de estilizados movimientos de cámara y una escenografía más cuidada de lo habitual en el género, aletargando así su mínimo planteamiento narrativo, que se deja llevar por la espera y el desconcierto.

Esta distorsión la acentúa una banda sonora que inicialmente parece el único recurso desde el que Hosking nos subraya su particularidad. Pero lo que podría resultar molesto, cargante, fuera de lugar, progresivamente ayuda a presentar a auténticos perdedores, seres asociales, solitarios, necesitados de cariño. Material cómico de primera impregnado de tristeza gracias a un reparto que se entrega con vía libre al patetismo y el humor absurdo. No gruñan, la actuación de Berverly Luff Linn está por empezar.

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