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'Malditos bastardos', reconstruyendo la historia

Óscar Martínez Jueves 17 septiembre 2009

'Malditos bastardos', reconstruyendo la historia

Que Quentin Tarantino siente una particular predilección por los diálogos -a priori- intrascendentes, es un hecho que todo el mundo conoce y reconoce ya como seña de identidad del cineasta norteamericano. Ya en la escena introductoria de su ópera prima, 'Reservoir dogs', Tarantino nos brindaba una inolvidable discusión acerca de las propinas y el verdadero trasfondo de la letra de Like a Virgin, del mismo modo que en 'Pulp Fiction', sus gangstá conjeturaban acerca de las diferencias culturales entre Estados Unidos y Europa a través de los diferentes nombres que unos y otros daban a las mismas hamburguesas. Años después, y tras esa rara avis para muchos de por medio que fue la infravalorada 'Jackie Brown', Tarantino nos hizo notar cierta redundancia y dilatación en dicha predilección por la diarrea verbal con la segunda entrega de 'Kill Bill', y con la versión extendida de 'Death proof' asistimos a la constatación de dicha afirmación, si bien el conjunto de ambos filmes no quedaba desmerecido en modo alguno.

Por su parte, 'Malditos bastardos' es probablemente la cinta más excesiva del cineasta en cuanto a diálogos gratuitos se refiere -aunque no por ello menos interesantes-, con una carencia casi total de acción en sus cerca de 160 minutos de metraje. Dividida en cinco actos cual obra de teatro, cada uno de ellos focalizado en los diferentes personajes que conforman un puzzle descentralizado que termina concatenando en su tramo final, el particular homenaje al cine épico más exploited por parte del director de 'Reservoir dogs' es una mezcla de excesos, mixturas y frituras que, como viene siendo habitual, encandilará a sus seguidores y horrorizará a sus detractores. Y es que, a falta de una verdadera innovación en un estilo más que revisionado -tanto por el propio cineasta como por sus infinitos emuladores-, 'Malditos bastardos' no ofrece excesivas novedades al espectador, aparte de cierta madurez fílmica que repercute en un ritmo pausado y en un uso de la cámara mucho más estático y preciosista.

'Malditos bastardos', reconstruyendo la historia

Curiosamente, la evolución en el camino del exceso de Tarantino queda más que patente en la banda sonora del film, compilación de variopintos cortes que van de los westerns orquestados por Morricone a Billy Preston, pasando por un tema de Bowie utilizado en el remake de Schrader de 'El beso de la pantera', con los que Tarantino firma un constante anacronismo sonoro tan descarado como brillante. Extrapolable al resto del film, repleto de reminiscencias Pulp y de recursos propios de las rescatadas exploitation y serie Z características del cineasta, 'Malditos bastardos' nos obliga, una vez más, a entrar en el juego de su director y jugar con sus reglas, obteniendo un resultado, todo hay que decirlo, algo irregular. Y es que los diálogos, a pesar de su meditada estructura, se alargan en exceso, transformando la dilatación en aras de la generación tanto de tensión como de expectativas en mera monotonía, escarvando en ocasiones en un metalenguaje cinéfilo y cinéfago que obtiene su máximo esplendor en su secuencia final, donde el cine, como inventor de falsas verdades, reescribe la historia de la humanidad en un acto final mezcla de tragedia shakesperiana y estética, cómo no, expresionista.

Bien podríamos defender a Tarantino argumentando que sus diálogos otorgan una especial tridimensionalidad a sus creaciones en una suerte de particular ejercicio costumbrista, pero lo cierto es que personajes como el interpretado -magistralmente- por Christoph Waltz tan sólo requieren de los diez minutos iniciales de metraje para quedar perfectamente retratados, sin necesidad de recurrir a la ampulosidad y al manierismo dialéctico en el que recae su amplio espectro de secundarios, a falta de un verdadero protagonista. Todo hay que decirlo, 'Malditos bastardos' transcurre con relativa fluidez para su extenso metraje y su falta total de acción, en un ejercicio que parece deleitarse en exceso en cierta redundancia de sus propios clichés, ganando cierta madurez estilística pero perdiendo frescura y fluidez narrativas.

Así y todo, es Tarantino, y su visionado resulta imprescindible, a ser posible en versión original, pues el constante juego dialéctico entre francés, inglés, alemán -y un risible italiano- puede resultar fatal en una versión íntegramente doblada.

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