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PRECRÍTICA

'Shutter Island', en las montañas de la locura

Martin Scorsese nos brinda su mejor trabajo en lustros, en un film fascinante en el que lo gótico, lo surreal y lo onírico atrapan al espectador.

Por Óscar Martínez 19 de Febrero 2010 | 14:24

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Sobra decir que Martin Scorsese es un cineasta altamente consagrado: con títulos como 'Malas calles', 'Taxi driver', 'El rey de la comedia', 'El color del dinero', 'Toro salvaje', 'La última tentación de Cristo' o 'Uno de los nuestros' a sus espaldas, el veterano director procedente de Little Italy no tiene ya nada que demostrar ni a público ni a crítica.

'Shutter Island', en las montañas de la locura

Así y todo, Martin Scorsese nos ofrece en su cuarta -y, sin duda, mejor- colaboración con el actor Leonardo DiCaprio una lección de cine en toda regla, un viaje a los abismos de la locura que se descubre como un magistral homenaje al film noir de corte más clásico, rescatando elementos barrocos, e inclusive bizarros y kafkianos, tanto en su estética como en su entramado.

'Shutter Island', todo hay que decirlo, peca de cierta grandilocuencia -o megalomanía, si uno lo prefiere- en casi todos sus apartados, si bien el director de 'Taxi driver' torna con la habilidad del veterano dicha lacra en patente, transformando el exceso -visual, métrico, musical- en arte, una suerte de ópera wagneriana en la que lo gótico, lo surreal y lo onírico se fusionan en un torrente de sensaciones que atrapan al espectador desde el primer segundo de metraje -gracias, en gran medida, a una fotografía arrebatadora y una banda sonora envolvente- y que no nos abandonará hasta los títulos de crédito.

'Shutter Island', en las montañas de la locura

Scorsese juega con maestría de perro viejo sus bazas, exprimiendo hasta la última gota todas las virtudes técnicas e interpretativas de su equipo en un film que, a pesar de dejar intuir su entramado y desenlace con cierta facilidad, absorve al espectador y lo arrastra sin posibilidad de volver atrás hacia un mundo fascinantemente sórdido y delirante, enfático y claustrofóbico, en el que su poderío visual y sonoro nos aturde minimizando su carencias -si es que éstas existen- argumentales.

Una pequeña -o gran- obra maestra de nuestros días.