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'Las golondrinas de Kabul': Las alas cortadas

Miguel Ángel Pizarro Viernes 21 febrero 2020

En la novela 'Las golondrinas de Kabul', Yasmina Khadra escribió: "En un país en que el tamaño de los cementerios hace la competencia al de los solares, en que los cortejos fúnebres van pisándoles los talones a los convoyes militares, la guerra le ha enseñado a no apegarse demasiado a los seres que un simple cambio de humor podría arrebatarle". Bajo esta premisa, siempre desde la mirada de la situación de los derechos de las mujeres, el autor argelino denunciaba los crímenes de lesa humanidad que se perpetraron en Afganistán durante el régimen Talibán (1996 - 2001), que a día de hoy, sigue siendo de gran influencia en la sociedad del país asiático.

Las golondrinas de Kabul

La directora Zabou Breitman, con una mirada similar, ha querido plasmar la denuncia de Khadra en la gran pantalla, adaptando su afamada novela con un largometraje de animación que ha codirigido con la animadora Éléa Gobbé-Mévellec. Mostrada en la sección Una Cierta Mirada en la 73ª edición del Festival de Cannes, fue nominada en al galardón de mejor película de animación en los Premios de Cine Europeo y es candidata a los César de este año en la misma categoría.

Un duro y real retrato del Kabul del régimen Talibán

No es extraño tanto reconocimiento, puesto que se está ante un largometraje elegante, cuidado hasta el más mínimo detalle (el sonido son grabaciones provenientes del auténtico Kabul y los movimientos de los personajes son reproducciones de los mismos gestos que hicieron los actores que ponen voz a los protagonistas, puesto que la cinta fue rodada inicialmente en imagen real para que los animadores pudiesen ser los más fieles posibles en este aspecto), con el que se crea una majestuosa obra de arte animada en la que se hace una fuerte denuncia social sobre los derechos de las mujeres durante el régimen Talibán y cómo esto sigue influyendo en la población actual afgana.

Las golondrinas de Kabul

Para ello, Breitman, que firma el guion, crea un relato concreto, en el que se muestra sin sutilezas el horror en el que vive la sociedad de la capital afgana, una metrópolis en ruinas, en la que sus gentes son oprimidas y asesinadas al vivir bajo el terror de la Sharía. Es de destacar, cómo el libreto retrata la destrucción de los valores, de la cultura, de la historia, de la Humanidad. Se hace demoliendo colegios, institutos, universidades, todo aquello que le otorga a las personas la capacidad de razonar, de pensar, de racionalizar, de ser crítico y objetor. Se empieza con la raíz, con los más pequeños, para crear futuras generaciones (las actuales, puesto que la cinta se ambienta en 1998) que perpetúen un sistema en el que los derechos humanos no se respetan y que ha hecho que Afganistán, según Naciones Unidas, sea el peor país del mundo para vivir si se es mujer.

Ante esa realidad, se construye un largometraje lleno de Humanidad, con protagonistas que padecen las consecuencias del fanatismo religioso, de las incongruencias de los talibanes a la interpretación del Islam. Breitman sabe hacerlo sin melodrama, mostrando el lado humano de sus protagonistas, la tiranía y falsa moral de los caciques de la zona, así como también la glorificación de las torturas y las ejecuciones, que tienen lugar en un campo de fútbol, como si de un gran evento se tratase. Además, sabe cuidar las escenas de violencia, siendo secuencias muy austeras, siendo las escenas más bellas las de los momentos de amor, de reflexión, de denuncia social, como las creaciones artísticas de su protagonista, Zunaira, o las ensoñaciones de Atiq, el guardián donde la joven está cautiva, esperando su sentencia de muerte.

Un alegato por los derechos de las mujeres. Una animación magistral

Con un guion tan claro en su denuncia, imposible mostrar clarosocuros en una realidad tan extrema, la película se nutre de la relación simbiótica de un guion comprometido y tremendamente real, el de Breitman, con una dirección que tiene una aspiración claramente artística y que sabe sacar poesía incluso de las situaciones más adversas, ahí es donde entra en escena Éléa Gobbé-Mévellec. Animadora que ha trabajado en varios proyectos del estudio Les Armateurs, una de las factorías más aclamadas de la animación francesa.

Las golondrinas de Kabul

Gobbé-Mévellec se ha forjado un carácter propio, destacando en la animación con acuarelas, trabajó en producciones de este estilo como 'El gato del rabino' (2011) o 'Ernest y Célestine' (2012). De hecho, la cinta guarda similitudes con esta última, al menos en lo referencia al estilo visual. Eso sí, Gobbé-Mévellec evoca sentimientos muy diferentes. Los bellos paisajes que muestra, las tonalidades de beige que retrata de Kabul, llegándose a sentir el polvo de la arena de las calles, tienen una hermosura inhóspita, casi glaciar, logrando sentir una sensación más cercana al pavor. En eso recuerda a la magistral fotografía de 'Timbuktu' (2014), con el que cineasta Abderrahmane Sissako denunciaba cómo la Yihad acabó convirtiendo la ciudad maliense de Tombuctú en un infierno en la Tierra.

La combinación de una animación hermosa (auténtica poesía visual), con un guion que tiene muy claro su mensaje hacen de 'Las golondrinas de Kabul' una magnífica coordinación entre cineastas, que demuestran que la animación tiene nombre de mujer, al crear maravillosa obra maestra que sigue la estela de otros importantes largometrajes aclamados, también realizados directoras y con una fuerte denuncia social sobre los derechos de las mujeres en países de Medio Oriente: 'Persépolis' (2007) y 'El pan de la guerra (The Breadwinner)' (2017). Una joya cinematográfica de imprescindible visionado.

Nota: 9

Lo mejor: Su guion, en el que la denuncia sobre la situación de las mujeres en Afganistán es claro, y su animación, que es maravillosa.

Lo peor: Pensar que su estreno en España va a ser limitado.

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