Hay películas que se ven y otras que se atraviesan, y 'Hamnet' pertenece con claridad a la segunda categoría. Desde sus primeros compases, la nueva obra de Chloé Zhao se impone como una experiencia emocional absorbente, exigente y deliberadamente incómoda, que invita al espectador a compartir un estado de duelo más que a seguir una historia en el sentido clásico. No es un filme que busque seducir, sino uno que pide tiempo, atención y una disposición abierta al dolor que propone.
Basada en la novela homónima publicada en 2020 por Maggie O'Farrell, quien participa también como guionista del filme, conserva con notable precisión el núcleo emocional de las páginas: la vivencia del duelo, la centralidad de Agnes y la forma en que la pérdida reorganiza el mundo íntimo de la familia. Sin embargo, el traslado al cine implica renuncias claras: se simplifican tramas secundarias, se reduce la exploración psicológica más extensa y se apuesta por una condensación que privilegia la experiencia sensorial frente a la reflexión interior propia de la literatura. El resultado no es una traslación literal, sino una adaptación consciente de sus límites, que respeta el tono, las obsesiones y la mirada del texto original mientras acepta que la película debe respirar con un ritmo y una lógica propios.
'Hamnet' se sitúa en la Inglaterra rural del siglo XVI y sigue la vida cotidiana de Agnes y William Shakespeare antes y después de la muerte de su hijo Hamnet, un acontecimiento que fractura de forma irreversible el equilibrio familiar. La película observa cómo el duelo se infiltra en cada gesto, en la relación entre los padres y en el vínculo con sus otros hijos, mientras William se ausenta y Agnes queda anclada a la tierra, al hogar y a una pérdida imposible de nombrar. Más que narrar hechos, el filme acompaña el proceso íntimo de supervivencia tras la tragedia y sugiere, de manera lateral y nunca enfática, cómo ese dolor acabará transformándose en creación artística.
La entrega de Jessie Buckley
La cinta se inscribe con naturalidad en la filmografía de Zhao como una obra de contemplación, duelo y tiempo suspendido. Lejos de la épica o del biopic convencional, la directora aborda la pérdida desde un ángulo íntimo, casi táctil, proponiendo una experiencia sensorial más que narrativa. La película no busca explicar el origen de 'Hamlet', sino habitar el vacío emocional que precede a la creación.
Zhao construye el relato desde la ausencia: la de un hijo, la de una vida que se rompe y ya no puede recomponerse del todo. La cámara observa más de lo que subraya, aunque no siempre resista la tentación de insistir en el dolor. El resultado es un filme que exige entrega emocional y paciencia y que se sitúa deliberadamente fuera de cualquier comodidad dramática.
El mayor anclaje emocional de la película es Jessie Buckley, cuya interpretación sostiene el peso del duelo con una intensidad sobresaliente. Su Agnes no es solo una madre devastada, sino una presencia casi elemental, profundamente ligada a la naturaleza y a los ritmos invisibles del mundo. Buckley evita el exceso histriónico y apuesta por una fisicidad contenida, pero siempre vibrante.
Paul Mescal como William Shakespeare ofrece un contrapunto más silencioso y distante. Su personaje parece existir en un estado de desconexión permanente, incapaz de procesar la pérdida de la misma manera que su esposa. Aunque su trabajo es sensible y honesto, el guion no siempre le concede la complejidad necesaria para que su arco resulte plenamente orgánico y en algunos momentos queda relegado a una función casi simbólica.
Marca Zhao
Visualmente, 'Hamnet' es coherente con el cine de Zhao: paisajes abiertos, luz natural y una cámara que se mueve con suavidad entre los cuerpos y el entorno. La naturaleza no es un mero fondo, sino un espejo del estado emocional de los personajes. El viento, el agua y la tierra se convierten en extensiones del duelo, aunque este recurso, reiterado, puede perder fuerza con el paso de los minutos.
La puesta en escena apuesta por la austeridad, pero no por la neutralidad. Cada plano está cargado de intención, y en ocasiones esa intención se siente demasiado evidente. Zhao no siempre confía en el silencio o en la ambigüedad, y hay momentos en los que la película parece subrayar su propia gravedad, como si temiera que el espectador no perciba la magnitud del dolor sin una guía explícita.
También destaca la manera en que Zhao filma los pequeños gestos cotidianos: las manos que trabajan la tierra, los cuerpos que se buscan o se evitan, las miradas que no encuentran palabras. En esos momentos mínimos, 'Hamnet' alcanza su forma más pura y honesta, recordando que el duelo no siempre se manifiesta en grandes estallidos emocionales, sino en la persistencia silenciosa de lo cotidiano.
Solo apta para pacientes
El ritmo es uno de los aspectos más divisivos del filme. 'Hamnet' avanza lentamente, con escenas que se prolongan más allá de lo estrictamente necesario. Para algunos espectadores, esta cadencia refuerza la experiencia del duelo, ese tiempo que se dilata tras una pérdida irreparable. Para otros, puede convertirse en una barrera que enfría la implicación emocional.
El guion, delicado en su concepción, a veces cae en un cierto literalismo emocional. Hay diálogos que verbalizan sentimientos que las imágenes ya han transmitido con claridad, restando sutileza a una propuesta que funciona mejor cuando se apoya en lo no dicho. Esta tendencia a explicar puede resultar contradictoria con el tono contemplativo que la película pretende sostener.
La música y el diseño sonoro acompañan con eficacia, pero también participan de ese impulso hacia lo enfático. En los momentos más intensos, la banda sonora refuerza la emoción de manera directa, lo que puede percibirse como una forma de manipulación emocional. No obstante, en sus pasajes más contenidos, el sonido se integra con delicadeza al paisaje emocional del filme.
La relación entre la tragedia personal y la futura obra de Shakespeare se presenta de manera sugerente, aunque no siempre convincente. La conexión simbólica es clara, pero en algunos tramos se siente forzada, como si la película necesitara justificar su existencia a través de ese vínculo creativo. Paradójicamente, 'Hamnet' es más poderosa cuando se olvida de 'Hamlet'.
La mirada de Agnes
Uno de los grandes aciertos de 'Hamnet' es su capacidad para otorgar centralidad a una figura históricamente desplazada. La mirada sobre Agnes no solo reequilibra el relato, sino que le otorga una identidad propia, desligada del mito y anclada en la experiencia femenina del dolor, el cuerpo y la resistencia. En ese gesto, la película encuentra una dimensión política sutil pero firme, que amplía su alcance más allá del drama íntimo.
Pese a sus excesos y desequilibrios, la película posee una honestidad innegable. Zhao no intenta hacer un drama accesible ni complaciente, sino una meditación sobre el dolor que deja huella. Es un cine que se arriesga a incomodar, a resultar pesado o incluso reiterativo, pero que rara vez es indiferente.
'Hamnet' es una obra profundamente emotiva, imperfecta y exigente, que confirma a Chloé Zhao como una cineasta interesada en los márgenes emocionales del relato. No es una película para todos los públicos ni para cualquier estado de ánimo, pero sí una propuesta coherente, ambiciosa y valiente, que encuentra su mayor fuerza en la intensidad de su mirada y en la interpretación inolvidable de Jessie Buckley.
'Hamnet' se estrena en cines el 23 de enero.