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'El horizonte': Verano del 76

Miguel Ángel Pizarro Miércoles 31 marzo 2021

Tras regresar al documental con 'Une cheffe et sa bonne étoile', la cineasta suiza Delphine Lehericey retoma esa mirada que ya mostró en su anterior largometraje de ficción, 'Puppylove': el de la adolescencia como sinónimo de era de cambio. En esta ocasión, la cineasta lo expande con 'El horizonte'; mejor película y mejor guion en los Premios de la Academia de Cine de Suiza, mostrada en la sección Nuevos Directores de la 67ª edición del Festival de San Sebastián y que llega a salas españolas tras su paso por la selección oficial de la 24ª edición de Lesgaicinemad de Madrid.

El horizonte

Lehericey, la cual dirige un guion de Joanne Giger y Roland Buti, ambienta la trama en 1976 en un pueblo a las afueras de la Suiza francófona. Un marco muy interesante, pues finales de los 70 fue una época de cambio para Europa entera y eso queda reflejado en el proceso de evolución de su protagonista, el pequeño Gus, interpretado de manera sublime por Luc Bruchez -todo un descubrimiento muy a tener en cuenta-. El filme está enmarcado desde su perspectiva, lo que provoca que las tramas adultas, tremendamente profundas, sean vistas con una mirada que está en constante cambio.

Y en esos cambios hay dos que la directora resalta, además del despertar sexual de Gus: la liberación de la mujer, cuya autonomía va tomando forma a finales de los 70, en medio, justamente, de una nueva ola feminista que revolucionó a la sociedad tras el Mayo del 68 y que va reflejando sus consecuencias a largo plazo, esto es mostrado tanto con la hija mayor de la familia como con la madre, la cual decide explorar su sexualidad rompiendo los tabúes de una época muy machista y mostrando la realidad lésbica de finales de los 70 en el mundo rural, algo pionero en ese momento.

El horizonte

Una mirada poliédrica a una época de cambios como fueron los finales de los años 70

Pero Lehericey no solo se queda con el empoderamiento de las mujeres y la pubertad del niño protagonista, ahonda también en cómo afecta esto a los varones de la casa. La figura del padre queda expuesta y, con ella, sus fragilidades. Aunque Laetitia Casta brilla con una interpretación soberbia y derrochando química con Clémence Poésy, es Thibaut Evrard quien deslumbra metiéndose en la piel del cabeza de familia desheredado y sobrepasado también porque su vocación agraria -se dedica a la ganadería y la crianza de pollos de corral- está en peligro por la globalización y la manera industrial que comenzó a imponerse en ese momento en el sector primario.

Lehericey configura una rica elegía rural, con aroma de nostalgia, en la que no descuida su apartado técnico, creando un largometraje que ahonda en las diferentes caras del cambio, de la evolución social, dentro de una realidad pocas veces vista de manera tan poliédrica en la gran pantalla. Un verdadero ejercicio de mirar hacia el pasado de forma concreta y ahondando en sus diversas facetas.

Nota: 7

Lo mejor: Cuando la película se centra en los problemas del padre de familia.

Lo peor: La desoladora parte final, en la que la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvo?ák termina resumiendo muy bien.

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