La 40ª edición de los Premios Goya regresó a Barcelona con la promesa de ser una celebración histórica, pero lo que se vivió en el Auditori Fòrum del CCIB fue una gala marcada por una tensión constante entre la fiesta del cine español y un discurso político omnipresente que, por momentos, eclipsó los logros artísticos. La Academia celebraba cuatro décadas de premios, pero el ambiente estuvo lejos de ser conmemorativo: fue una gala cargada de reivindicación y, también, de cierta dispersión narrativa.
La elección de Luis Tosar y Rigoberta Bandini como presentadores funcionó de manera desigual. Tosar ofreció una presencia sólida, pero también excesivamente contenida; Bandini, por su parte, aportó espontaneidad, aunque no siempre consiguió cohesionar el ritmo de una gala que tendía a desbordarse en intervenciones largas y momentos que parecían ajenos al hilo conductor. La pareja cumplió, pero la ceremonia parecía exigir una dirección más firme para no perder foco entre discurso, espectáculo y protocolo.
El duelo entre 'Los domingos' y 'Sirât' quedó resuelto sin demasiada emoción. 'Los domingos' se coronó como la gran vencedora, pero la gala no supo capitalizar ese pulso narrativo para generar tensión cinematográfica. La lectura de premios avanzó a un ritmo irregular, sin construir un relato sobre la edición. El resultado: una sensación de trámite más que de celebración de la excelencia cinematográfica.
Donde sí logró la gala un momento incontestable fue en el triunfo de Miriam Garlo, premiada por 'Sorda' y convertida en la primera intérprete con discapacidad auditiva en recibir un Goya. Su discurso, reivindicando la identidad lingüística de la comunidad sorda, fue uno de los pocos instantes en los que el auditorio pareció respirar al unísono. Sin embargo, el impacto emocional se vio parcialmente diluido por la falta de una realización televisiva que acompañara adecuadamente ese instante histórico.
La presencia de la lengua de signos durante todo el evento fue un acierto, pero también evidenció lo improvisado de algunos planteamientos técnicos. Hubo planos mal resueltos, cambios de cámara repentinos y un ritmo visual que no acompañaba la solemnidad de ciertos momentos. En una gala que aspiraba a mostrar inclusión, la ejecución audiovisual no siempre estuvo a la altura del mensaje.
Por Gaza
Las intervenciones políticas, especialmente las relacionadas con la situación en Gaza, dominaron buena parte de la narrativa de la noche. El discurso de Susan Sarandon, galardonada con el Goya Internacional, fue contundente y aplaudido, pero no fue el único momento en que el conflicto internacional desplazó al cine del centro del debate. Para algunos asistentes, la gala encarnó la fuerza del compromiso; para otros, un desequilibrio entre reivindicación y celebración cinematográfica.
En el terreno musical, la ceremonia funcionó mejor. Actuaciones como las de Bad Gyal, Belén Aguilera, La Casa Azul o Ana Mena ofrecieron aire fresco en una noche demasiado densa. Especialmente llamativa fue la reinterpretación en clave de rumba catalana de Bad Gyal, un giro inesperado que aportó riesgo artístico y rompió, por fin, la rigidez acumulada después de tantos discursos encorsetados.
La entrega del Goya de Honor a Gonzalo Suárez devolvió cierto sentido de tradición a una gala que, por momentos, parecía más un mitin fragmentado que una celebración cultural. Su intervención, sobria y elegante, recordó el peso histórico de una cinematografía que, a lo largo de cuatro décadas, ha convivido con grandes rupturas, tendencias y transformaciones. Fue uno de los pocos momentos donde el tono de homenaje funcionó con coherencia.
Al final, la 40ª edición de los Goya deja una sensación ambivalente: una gala con momentos importantes —históricos, incluso—, pero también marcada por una falta de cohesión que debilitó su narrativa. Barcelona merecía una celebración más redonda. El cine español, también. Hubo emoción, hubo política, hubo música… pero faltó cine en el centro del escenario. Y en una noche que pretendía celebrar 40 años de historia, ese desequilibrio pesó más de lo que la Academia seguramente hubiera deseado.