La magnitud de Katharine Hepburn, en condición de actriz intocable y de estrella atípica del Hollywood más dorado, se debe medir desde la libertad, la independencia, las ideas claras y las firmes convicciones. Y es que, desde su primer día en la industria, la inolvidable intérprete hizo siempre lo que quiso, en la forma en la que quiso y con las personas con las que quiso. Pagó pocos peajes y regaló muchos momentos memorables a generaciones y generaciones de espectadores.

Tratar de enumerar la cantidad de obras maestras en las que participó a lo largo de su trayectoria se antoja una misión tan abrumadora como gratificante, pero, por una cuestión exclusiva de espacio, citaremos simplemente un puñado de monumentos cinematográficos de la talla de 'La fiera de mi niña', 'Historias de Filadelfia', 'La costilla de Adán', 'De repente, el último verano', 'Adivina quién viene esta noche', 'El león en invierno', 'En el estanque dorado', 'El último verano', 'La reina de África' o 'Larga jornada hacia la noche'. ¿Lo más tremendo? Se han quedado otra docena larga sin citar.

Es lo que tiene contar con una de las filmografías más ejemplares, redondas y coherentes de la historia de Hollywood, repleta de papeles diferentes interpretados, sin excepción, con la majestuosidad de las auténticas leyendas. En tiempos de medallas de oro regaladas y ovaciones gratuitas, conviene recordar con mayor intensidad figuras como la de Katharine Hepburn, una de las mejores intérpretes jamás vistas en una pantalla.