Entre los muchos factores que propiciaron la conexión entre el público y 'Orange Is the New Black', encontramos uno especialmente significativo: Taylor Schilling. Y es que, si no hubiera funcionado la protagonista de esta, al menos durante sus primeras temporadas, joya televisiva, nada habría salvado a la propuesta creada por Jenji Kohan de la quema. Era clave que la intérprete principal tuviera el carisma, la ternura, la fragilidad y el sentido del humor justo para conseguir traspasar la pequeña pantalla de forma más que efectiva. Misión cumplida.
Schilling, actriz estadounidense a la que solamente habíamos podido ver en películas tan olvidables como 'Cuando te encuentre' o 'Stay', además de en un papel secundario en la oscarizada 'Argo' y en algún desastre televisivo que recordaremos más adelante, se metía en la piel, dolor, incomprensión y encantadora torpeza de Piper Chapman desde el minuto uno. A partir de ahí, incluyendo los capítulos más fallidos de la serie, jamás perdió el control del personaje, evolucionando junto a ella, acertando junto a ella y perdiendo junto a ella. Poco importaba lo que ocurriera alrededor, cuando Schilling estaba en pantalla podías sentir que la serie seguía remando en la dirección correcta.

A punto de comenzar una nueva etapa a la que llamaremos 'postOrange', la actriz promete emociones fuertes en un futuro repleto de proyectos en los que, cruzamos dedos, podrá demostrar su talento más allá de los barrotes de una de las prisiones más queridas de la historia televisiva. Una nueva vida. Una nueva carrera. Una nueva Schilling.