La capacidad envidiable de escuchar. Personajes que hablan, dialogan, analizan, pero no se quedan solamente en eso. Escuchan. Lo notas en sus miradas, en sus gestos, en sus silencios. El poder de un cineasta para plasmar en imágenes las dudas y certezas, los miedos y las valentías, el entusiasmo y la tragedia, el verano y el otoño. Puede parecer poesía, y aunque la roza, el auténtico mérito es conseguir que todo sea sincero, cotidiano, auténtico.

En nuestro cine, Daniel Sánchez Arévalo, con cuatro trabajos a sus espaldas, ha conseguido alcanzar la meta con insultante facilidad. Uno intuye que detrás de cada una de sus líneas, de sus planos, de esos instantes de genialidad que sacuden cada una de sus películas, se encuentra un trabajo exhaustivo de búsqueda. Sudor y lágrimas que, finalmente, merecen la pena.
Capaz de articular un discurso en el que la tradición se abraza al cine de aquí y ahora como si se conocieran de toda la vida, Sánchez Arévalo ha conseguido el consenso de crítica y público a base de cercanía y sencillez, haciendo que cada espectador pueda sentirse reflejado con alguno de los personajes que pueblan sus películas. Un mérito indiscutible, una constante de calidad de la que se espera, a cada paso, una subida más.
De no ser así, nos podremos conformar con el reencuentro con un director que cada vez se acerca más a la grandeza de su faceta como guionista. El crecimiento de un autor valiente. Por cierto, no os perdáis 'La isla de Alice', novela con la que está cosechando mucho éxito. A continuación, celebrando el quinto aniversario de 'Primos', su cima, analizamos sus cuatro largometrajes, cuatro demostraciones de talento. Y de honestidad.