Vaya por delante que esta primera entrega de 'El Hobbit', bautizada como 'Un viaje inesperado', no es una mala película, ni mucho menos, pero no se acerca lo más mínimo al nivel de exigencia que requiere un proyecto de estas dimensiones. No se trata ya de entrar a compararla con la inolvidable trilogía inicial del universo de 'El señor de los anillos', algo que la hundiría por completo, sino de esperar, al menos, buenas dosis de entretenimiento y diversión. Y no las tiene. Por ejemplo, una película así no puede, ni debe, permitirse unos ochenta minutos iniciales como los que tiene 'El Hobbit'.
Faltos de ritmo y con un permanente aroma a (fallido) déjà vu, este primer tramo parece el tributo de un director novel a la obra de Peter Jackson. Los personajes aparecen y desaparecen, se introducen en conversaciones alargadas hasta el infinito, repletas de frases ansiosas por convertirse en legendarias pero ausentes de toda épica. Bostezos. Sin embargo, una vez pasado lo peor, 'El Hobbit: Un viaje inesperado' termina ofreciendo lo que se esperaba de ella, un espectáculo de primera clase, repleto de acción vertiginosa, épica contagiosa e imágenes para el recuerdo.

Haciendo balance, estamos ante una propuesta que se puede considerar una buena película de aventuras, con mucho espectáculo, poco corazón y nula capacidad de control del ritmo narrativo. Y eso, hablando de lo que estamos hablando, la convierte en una pequeña decepción. Repasamos diez curiosidades sobre ella para intentar descifrar mejor sus claves.