En alguna ocasión, muchas menos de las que nos gustaría, aparecen películas que, naciendo prácticamente de la nada, terminan alcanzado el corazón de todos aquellos espectadores que se acercan a ellas. Y uno de los ejemplos contemporáneos más abrumadores en este sentido es la maravillosa 'Hedwig and the Angry Inch', un musical absolutamente arrebatador en fondo y forma que, con el paso del tiempo, no ha hecho más que acumular un más que justificado culto a su favor.

Y es que, desde su impactante primera escena hasta un epílogo que pone los pelos de punta, este genial debut de John Cameron Mitchell, director, guionista y protagonista de la cinta, supone uno de los trabajos más inspiradores, libres, emocionantes y sorprendentes que hemos tenido la oportunidad de disfrutar en una pantalla en los últimos años. Más allá de su espléndida e imprevisible puesta en escena, sus entregadas interpretaciones y su inolvidable banda sonora, el eco que deja 'Hedwig and the Angry Inch' es el de un himno capaz de romper cualquier tipo de cadenas y retumbar como el más fuerte y conmovedor de los gritos.
Una auténtica joya que ofrece un auténtico recital de equilibrio entre el caos y la mesura, el vértigo y los pies de plomo, la lágrima y el desconcierto, la sutilidad y el subrayado, lo radical y el clasicismo, el todo y la nada. No hay límites para 'Hedwig and the Angry Inch', una película que aprieta y reconstruye el corazón con la pasión que habita en las mejores melodías. Y en los mejores personajes. Y, por supuesto, en el mejor cine.