El género true crime (crímenes reales) lleva en el mudo audiovisual desde el siglo pasado. Sin embargo, no se puede ignorar el crecimiento exponencial en importancia que ha conseguido durante la última década gracias a su incorporación en el formato del podcast y una mayor producción audiovisual gracias a las plataformas líderes de los últimos años.
Es cierto que la novela negra y el género policíaco han sufrido una gran evolución hasta llegar al género tal y como se conoce hoy en día. Lo que empezó siendo una crítica social que servía como una lupa a la violencia explícita, corrupción de instituciones y un ambiente pesimista protagonizado por detectives atormentados en una vida monocromática acabó por derivar en una narrativa audiovisual enfocada en el proceso de recopilación de pistas con las fuerzas de seguridad como protagonistas donde siempre existían el bueno (la justicia) y el malo (el delincuente).
Estos contenidos han vivido una gran transformación a causa del consumo masivo ofrecido por las plataformas. La ficción clásica de detectives ha cambiado de rumbo para convertirse el entretenimiento en sensacionalismo. La adrenalina que antes surgía a partir de escenas de acción donde la incertidumbre sobre la victoria de la delincuencia sobre el “bien” mantenía al espectador en vilo. Hoy en día, no se necesitan persecuciones, explosiones ni armas de fogueo en un plató; ya que hay algo que genera una mayor curiosidad sobre el público: el morbo.
El conocimiento de que los hechos estén basado en hechos reales o, incluso, parte de ellos hayan ocurrido de verdad, intoxica a la audiencia gracias a través de una promesa de peligro tras la protección de una pantalla. No se trata solo de una historia en la que el “bien” gana al “mal”, donde el orden se impone sobre el caos, sino que va más allá: análisis psicológicos e investigaciones de personas reales. Es cierto que una imagen vale más que mil palabras, pero de lo que no se habla es que un segundo de material de archivo cautiva más que diez horas de recreaciones ficcionales.
Aunque se puede hablar del “auge” de este género audiovisual. Hay que dejar clara una distinción, la diferencia en la creación del formato según el país de creación. Un documental recopila y muestra hechos reales, a través de personas reales. Por otro lado, la ficción busca compartir un mundo imaginario. Sin embargo, con la creación masiva de contenidos true crime, las plataformas estadounidenses buscan algo más que “contar la verdad”. Se busca el entretenimiento del público y, ¿cómo lo consiguen? Difuminando el límite entre información y recreación.
Existen numerosos documentales que cuentan con la presencia de agentes policiales, abogados, periodistas, etc. No obstante, en el momento en el que se toma como referencia una historia verídica y se manipula de manera que crea una narrativa distinta a la realidad, provoca que, quienes en un principio eran personas reales, acaben por transformarse en personajes de una ficción oscura. Una obra que sintetiza este suceso es la antología de Netflix: 'Monstruo'.
La primera entrega , acerca del asesino en serie y agresor sexual estadounidense Jeffrey Dahmer, acumuló más de 115 millones de visualizaciones. Dos años más tarde, en 2024, Netflix añadió a su catálogo la segunda parte, que lleva a la pantalla a los hermanos Lyle y Erik Menéndez después de que asesinaran a tiros a sus padres. Por último, en 2025, se estrenó la última y tercera parte, acerca del asesino en serie Ed Gein.
La caída de este contenido en el sensacionalismo provocó que Erik Menéndez, uno de los protagonistas sobre el que se inspira la segunda entrega, tuviera que recurrir a las redes sociales y emitir un comunicado público en su defensa.
“Me entristece saber que la representación deshonesta que Netflix hace de las tragedias que rodean nuestro crimen ha hecho retroceder las dolorosas verdades. […] Así que ahora Murphy moldea su horrible narrativa a través de representaciones viles y espantosas de Lyle y de mí, y calumnias desalentadoras.España no se ha quedado atrás en la influencia estadounidense para las miniseries de ficción como 'El caso Asunta' (2024) dirigida por Carlos Sedes y Jacobo Martínez o, su propuesta más reciente, una miniserie de ficción sobre el caso mediático de Marta del Castillo. A pesar de que la ficción aumenta su presencia en la producción audiovisual española, los contenidos documentales siguen contando con la mayor parte de la audiencia.
Es más, en enero de 2026 se estrenó al cuarta temporada de la serie de Prime Video, 'Una historia de crímenes', un proyecto creado por Alberto Arruty que, además de contar con los inspectores implicados en el caso, analiza el delito desde distintas perspectivas gracias a la colaboración del periodista español, Manuel Marlasca; la periodista especializada en sociedad y tribunales, Patricia Abet; y el médico forense, Miguel Lorente.
A este proyecto se le suma el estreno reciente de la sexta temporada de uno de los programas de referencia de TV3 'Crims'. Con la narración del periodista Carles Porta, el documental coge forma y disecciona casos criminales reales a lo largo de sus temporadas.
Ética y mercantilización del dolor
En paralelo a esta evolución del género, varias producciones recientes han reavivado el debate sobre los límites éticos del true crime, especialmente en lo que respecta al uso de testimonios reales y la reconstrucción de los hechos. Algunas de las más comentadas han sido miniseries como 'The Staircase' o documentales como 'El caso Watts: El padre homicida', que han logrado un enorme impacto internacional al combinar material de archivo con una narrativa altamente dramatizada.
Producciones como la antología de Ryan Murphy han abierto un debate sobre hasta qué punto la reinterpretación de crímenes reales puede alterar la percepción pública de los casos. Algo similar ha ocurrido con 'The Act' , una serie basada en el caso de Gypsy Rose Blanchard, donde la dramatización de los hechos generó controversia entre quienes consideraban que se priorizaba el impacto emocional frente al rigor informativo. Este modelo, que mezcla realidad y ficción, ha demostrado ser especialmente efectivo en términos de audiencia, pero también ha intensificado las críticas hacia el género.
En España, ejemplos como 'El caso Asunta' o las producciones centradas en el caso de Marta del Castillo reflejan cómo esta tendencia también se ha consolidado en el ámbito nacional. Estas obras han reavivado el interés por sucesos mediáticos recientes, aunque no han estado exentas de cuestionamientos sobre la exposición de las víctimas y sus entornos.
Por otro lado, el éxito de series documentales como 'Making a Murderer' o 'A los gatos ni tocarlos: Un asesino en Internet' demuestra que el interés del público no solo reside en el crimen en sí, sino en la forma en la que se construye el relato. En estos casos, el montaje, la dosificación de la información y el uso del suspense juegan un papel fundamental para mantener la atención del espectador, reforzando la idea de que el true crime funciona cada vez más como un producto narrativo.
Este contexto evidencia una transformación del género hacia fórmulas que priorizan el impacto y la viralidad, situando a las producciones audiovisuales en el centro de un debate más amplio sobre la responsabilidad de quienes convierten hechos reales en contenido de consumo masivo. Una cuestión que, lejos de cerrarse, sigue ganando relevancia a medida que el true crime continúa expandiendo su presencia en la industria.