La trayectoria profesional de Alan Parker está marcada por el nervio, la energía, la melodía, la cadencia y el aroma irresistible de las mejores canciones. Desde el dramatismo más característico del pop emocional a la furia del rock callejero, pasando por el alma del auténtico soul y los pies desquiciados del funk, la filmografía del cineasta británico es una montaña rusa de sensaciones capaz de detenerse en cualquier tipo de género.
Conocido principalmente por sus obras más relacionadas con la música, Parker conviene ser revisado y celebrado como un auténtico devorador de espíritus creativos alzados al infinito. Y es que, en la amplia mayoría de sus propuestas, encontramos a un director siempre entregado a la causa, imprevisible y atrevido en las mismas dosis. Sobran zonas de confort en un mapa, el de Parker, marcado por el riesgo más estimulante.

Responsable de una carrera tan coherente como interesante, Parker lleva años alejado de una cámara que le sirvió durante décadas para provocar la celebración colectiva de unos espectadores que rieron, lloraron y bailaron hasta el amanecer, todavía hoy lo hacen, con un conjunto de espléndidas películas. Un director de memorables estribillos cinematográficos.