Dicen que todo es política. Desde luego, los festivales de cine siempre lo han sido. Estos espacios han servido durante décadas para tejer conciencia social, reivindicar diversas batallas y convertir el cine en un elemento con el que cambiar o al menos movilizar el mundo.
Sin embargo, en los últimos años, los tiempos convulsos, la necesidad de clics y vídeos virales y el auge de las redes sociales y de los mensajes cortos como pivote de nuestro pensamiento ideológico han propiciado que, en cada festival, los periodistas busquen con más ahínco que nunca el posicionamiento breve y conciso por parte de los actores y directores en los temas polémicos del momento.
Ahora mojarse no es una decisión, es casi una obligación inherente a tu presencia en un festival. En la Berlinale de 2026 el asunto ha llegado tan lejos que ha obligado a su directora, Tricia Tuttle, a emitir un comunicado defendiendo "el libre derecho de los artistas a ejercer su libertad de expresión en lo que ellos elijan".
"No debería esperarse que los artistas se pronuncien sobre cada cuestión política que se les plantee, a menos que así lo deseen".El comunicado trata de zanjar una polémica que se inició en la misma rueda de prensa de presentación del festival, cuando el presidente del jurado Wim Wenders, preguntado por el conflicto Israel-Palestina, aseguró que los cineastas "tenemos que mantenernos al margen de la política. Somos el contrapeso de la política, lo opuesto, y tenemos que hacer el trabajo de las personas, no de los políticos".
Su equidistante respuesta, lejos de aplacar los ánimos, echó gasolina al fuego y convirtió la 76ª edición de la Berlinale en la más política que se recuerda. A partir de entonces, hemos ido a controversia diaria con cada rueda de prensa en la que se ha hablado de la situación del mundo: primero con un Neil Patrick Harris que aseguró solo estar "interesado en hacer cosas apolíticas", y horas después con una Michelle Yeoh que prefirió "no hablar sobre cosas de las que no sé".
Ambos han recibido una oleada de críticas en redes, quizás el motivo de que Rupert Grint sí haya querido posicionarse cuando le preguntaron por el auge de la extrema derecha en Reino Unido, dejando caer, no obstante, que no era este el lugar para explayarse sobre ello: "Obviamente, estoy en contra. Pero elijo cuándo hablar. Y sí, creo que ahora es evidentemente un tema de enorme relevancia. Ya me escucharéis".
Un debate abierto
La Berlinale no termina hasta el 22 de enero, y aunque el comunicado de Tuttle pretende acabar con las preguntas políticas en las ruedas de prensa, no sería de extrañar que en los próximos días viéramos más declaraciones tibias o directamente comprometedoras por parte de los artistas, mientras las películas presentadas pasan sin pena ni gloria por el festival.
Viendo algunas de las respuestas de estos días, es imposible no plantearse si realmente es necesario que multimillonarios den su opinión sobre temas políticos que probablemente no les importen lo más mínimo. ¿Deberíamos dejar de pedir a actores y directores que se posicionen políticamente y empezar a verlos como simples figuras del entretenimiento, que no deja de ser su cometido?
El 99% de ellos seguro que lo agradecerían, pero de hacerlo, también debería ir acompañado de una pérdida de su estatus privilegiado en la sociedad. ¿Y si no son estrellas, sino simplemente actores?