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La crítica de 'Ocho apellidos vascos' de THEmecanic

6

Para verla en un cine de Basauri

16 mar 2014

En España hay putas, drogas, sicarios, parados, policías corruptos y un profesor de colegio al que le gustan los Beatles, entre otras muchas cosas, y nuestro cine ya se encarga de recordá
oslo; pero en nuestro país también hay otra cosa que, al igual que las anteriores, no por darse también en otros lugares del globo deja de ser muy nuestra. Sí, me refiero a ese tema de conversación capaz de caldear el ambiente de una cena entre amigos, ya sea en un txoko o en un cortijo, más conocido como el nacionalismo. Por eso, en un momento en el que las diferencias entre ciudadanos con el mismo DNI son irrenunciables y el debate se ha trasladado de su presunta existencia al modo en el que se organizan y relacionan, una película como Ocho Apellidos Vascos puede convertirse en uno de los éxitos del año, dibujando más sonrisas que cicatrices, pero también con la sombra del oportunismo planeando sobre su cabeza en lugar de la de la valentía.

El choque cultural entre autóctonos de un mismo país no es nada nuevo para el cine reciente. La francesa Bienvenidos al Norte o la italiana -e inferior- Bienvenidos al Sur ya plantearon el mismo dilema geográfico como motor de sus propuestas. Y ahora nos llega el tu
o a nosotros, unos cinco años tarde. En este caso, el conflicto nace del flechazo que sufre un camarero sevillano (Dani Rovira) por una taxista donostiarra (Clara Lago) durante una noche con demasiados rebujitos. Con la excusa de llevarle un bolso perdido hasta la puerta de su caserío, el andaluz se presenta en las Vascongadas dispuesto a "rescatar" a la joven de esa tierra llena de vacas y terroristas, con la intención de llevársela consigo al calorsito del barrio de la Cruz. La cosa se complica cuando hace acto de aparición el padre de la chica (Karra Elejalde), un abertzale -y arrantzale- que encuentra en el chaval, al que cree su novio oficial, una excusa para acercarse a su hija.



Ya desde el prólogo en el tablao flamenco, la metralleta de gags comienza a disparar y no descansa hasta las puertas del último tercio, fundamentando su humor casi en exclusiva en el retrato de la pareja protagonista. Ella es una burra, insensible y estrecha; porque es vasca, claro. Él, un salao que de bienintencionado llega a ser tonto perdido; porque es andaluz, por supuesto. En esa comparativa nadie sale ganando, ya que aunque la película se ambiente casi en exclusiva en un pueblito imaginario de la Euskadi más rural, el sur también se lleva lo suyo gracias a las refrescantes apariciones de esos titanes de Youtube y precursores de esta parodia contextual como son Alfonso Sánchez y Alberto López, perfectos aunque desaprovechados escuderos del cachondo Dani Rovira. Menos acertado y casposo es el guiño a terreno neutral como es Cáceres, eso sí, representado por la castiza viuda de un Guardia Civil a la que da vida una Carmen Machi bastante gratuita.

Porque esto es una parodia, obra de Borja Cobeaga y Diego San José al guión, los que fueran principales responsables de la época dorada del programa de la televisión autonómica vasca Vaya Semanita, que la cinta toca en el corazón de los tópicos vascos sin que sus claves culturales rechinen, ya sea por un mal uso del euskera o de nuestras costumbres, y la cinta funciona especialmente bien entre el público que se supone que retrata. El problema es que, una vez nos ha sacado la sonrisa, más o menos al de una hora de película, es inevitable darse cuenta de que cualquiera en su sano juicio se hubiera vuelto para Sevilla, que Carmen Machi es una psicópata fugada del hospital de Zamudio y que Karra Elejalde ha salvado esta película.



Y es que pese a que la cinta esté embadu
ada en incorrección y en un espíritu que anima al "todo vale", la estructura de su relato abraza hasta la asfixia los tópicos de la comedia romántica para evitar que la función se salga de sus raíles. Desde el viaje-locura por amor hasta el caso de suplantación de identidad para contentar a un personaje mayor y seguramente tan estúpido como para no entender una simple explicación, pasando por la carrerita arrastrando arras de rigor, Ocho Apellidos Vascos no se deja ni un recurso en el tintero para que cualquier espectador, sea de la provincia que sea, por mucho que sienta que la mayoría de los chistes no están hechos para él, tenga algo a lo que agarrarse. Algo parecido sucedía con No Controles, el segundo largo como director de Cobeaga, y también en aquella ocasión eran personajes secundarios como el de Julian López o Secun de la Rosa los que evitaban la sensación final de pastelón. Aquí, los roles complementarios o escasean o directamente sobran (como los coleguillas borrokas del protagonista), y todos acaban engullidos por Elejalde

Más allá de su rendición final a la comedia romántica, la sátira es la nota predominante en Ocho Apellidos Vascos y sólo por eso tenemos que recibir un proyecto de estas características con los brazos abiertos. Porque sobra explicar aquí que una caricatura parte del exceso, de la misma forma que no hace falta decir que ni todos los vascos llevan camisetas de rayas ni todos los andaluces 5 kilos de gomina, pero nunca está de más recordar que el mejor sentido del humor es el que nace riéndose de uno mismo. La última película del siempre atrevido realizador Emilio Martínez-Lázaro (El Otro Lado de la Cama, Las 13 Rosas) no deja títere con cabeza, y aunque se sirve a granel de chistes considerados prehistóricos, también es capaz de hacer sus propias aportaciones para reivindicarse como una comedia con una personalidad tan bipolar como propia.

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'Ocho apellidos vascos': Polos opuestos que atraen
Crítica Ecartelera
7,0