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Tom Cruise nos vende la moto, una y otra vez

07 jul 2014

Cada vez que me enfrento a la crítica de una película de Tom Cruise me siento obligado a comenzar por una defensa a ultranza de las virtudes del neoyorquino por encima de sus cacareados defectos. Y es que no sólo tiene que ser complicado mantenerse durante casi 3 décadas como una de las mayores estrellas de la industria, sino que tiene que ser especialmente difícil lograrlo si eres un tipo con un halo personal tan perturbador como Tom Cruise. Probablemente, en la clave para esa permanencia eterna en el podio esté también su mayor espada de Damocles, consistente en la proyección hacia su persona de una práctica que antiguamente ejercían los grandes estudios con sus intérpretes más prestigiosos, a los que no dudaban en fabricarles proyectos a la medida de sus capacidades y necesidades de proyección. Se trata de algo similar a lo que hace Will Smith, sólo que solidificado por muchos más años de práctica y la escuela inmejorable que ha supuesto la saga Misión Imposible (absolutamente controlada por el actor), que a la hora de la verdad se traduce en esa sensación agridulce experimentada con Jack Reacher y -en menor medida- Oblivion, primas-hermanas de esta Al Filo del Mañana en su eficacia general y pocas ganas de sorprender al espectador.

Entrevista con el Vampiro, Magnolia, Nacido el 4 de Julio e incluso Collateral y Valkirya se nos antojan ya demasiado lejanas, pertenecientes a una época diferente, en la que el ego de Cruise pasaba mejores días y no necesitaba reafirmarse cada año con ejercicios cuasi mesiánicos de 150 millones de dólares. Pero ahí estamos y, de hecho, ahí llevamos ya una buena temporada, con alguna chapuza puntual como Noche y Día, pero un nivel general siempre al límite de lo que se le presupone a una superproducción satisfactoria. Por eso parecía poco probable que, pese a contar con el siempre jugoso elemento de los viajes temporales, el intérprete se fuera a meter en camisa de once varas a estas alturas. Y eso que Al Filo del Mañana logra sorprender durante sus primeros minutos, en los que descubrimos que el militar al que encarna nuestro cienciólogo favorito no es el soldadito valiente que se presume, sino un cobarde de tomo y lomo que, por supuesto, está destinado a convertirse en... ejem, Tom Cruise.



Casi desde el principio, con una honestidad e inocencia algo aplastantes, la cinta nos deja bien claro que sus intenciones no van más allá de las de servirse del potencial que reside en un abuso del recurso espacio-temporal para ofrecer un espectáculo de acción de primer orden, ambientado en la adaptación futurista de la Batalla de Normandía como principal ofensiva aliada contra los pérfidos nazis alienígenas, todo salpicado con la inclusión del humor y las fórmulas aplicadas al formato que todos conocemos y amamos gracias a Bill Murray, Harold Ramis y su Atrapado en el Tiempo. Dentro de esa gratuidad, la cinta hace las cosas algo mejor que otros intentos recientes como Código Fuente o la especialmente vacilona Looper, probablemente gracias a que cuenta a modo de esqueleto con el manga de Hiroshi Sakurazaka, All You Nedd is Kill ("Todo lo que necesitas es matar"), de título menos hypeante, pero mucho más descriptivo, respetado especialmente en las bases visuales del título así como en su idea central.

Con semejantes herramientas era difícil que al realizador Doug Liman -que seguirá siendo conocido como el responsable de El Caso Bourne o de la película que juntó a Brangelina- se le fuera la situación de las manos, como ya le sucedió en esa franquicia abortada llamada Jumper. El cineasta no duda en apoyarse en sus intérpretes a la hora de fraguar las escenas menos pirotécnicas, fichando a veteranos como Bill Paxton o Brendan Gleeson para papeles anecdóticos, sino que se sirve sorprendentemente bien de ese comodín para marcar el ritmo que supone la repetición de la misma jornada. Es cierto que se echa en falta un poco más de existencialismo en su último tramo, cuando el personaje central ya se encuentra hastiado de la paradoja, aunque se trata de una profundización que sí hubiera supuesto esa sorpresa que le falta a la película, perfectamente consciente de que sus virtudes residen en su apego a un plan estricto, ensayado tras décadas de despilfarro por una maquinaria cinematográfica que no necesita una brecha espacio-temporal para vendernos una y otra vez la misma película.


Así, enfundado en el exoesqueleto de Matt Damon, Tom Cruise sigue dando la talla a sus 51 años como una máquina de matar con sentimientos y personalidad, sofocando el oxígeno que necesitan sus compañeros de reparto para respirar cuando no lo hace la sobredosis de efectos especiales, con Emily Blunt como principal perjudicada. Pero si algo define al gran intérprete del siglo XXI, a los Phillip Seymour Hoffmans o Michael Fassbenders de la vida, no es su alergia a la participación en superproducciones o proyectos de masas, sino su capacidad para asumir un margen de riesgo: la Philadelphia de Tom Hanks, el Prisioneros de Hugh Jackman o, en definitiva, papeles que descoloquen al respetable por alejarse deliberadamente de la imagen que acostumbra a lucir el intérprete de turno en su necesidad de probarnos a todos que se niega a acomodarse en su atalaya hollywodiense. Por desgracia, el protagonista de Al Filo del Mañana habita a día de hoy en una torre mayor que la de Industrias Stark, con su rostro y nombre bien grandes en la fachada. Porque ya sabéis que Tom Cruise, el de ahora, el nuestro, más que una persona es una marca registrada.

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Crítica Ecartelera
8,0