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Aitz

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Desoladora y emotiva, pero rigurosa

03 nov 2013

Siempre he admirado estos eco-documentales que muestran una cara del mundo de la que no se suele hablar, o que pasa desapercibida de entre los problemas de nuestra sociedad. Pero a la vez he sido temeroso de verlos, porque tengo gran conciencia del medio natural, y las verdades que enseñan suponen mazazos emocionales para mí. Pero no soy de los que miran a otro lado y se agarran al refrán "Ojos que no ven, corazón que no siente". Yo quiero ver, y quiero sentir.

La aclamada Blackfish se suma ahora a la extensa lista de documentales críticos con la humanidad que tratan y desgranan un abuso contra el medio ambiente y los animales. Los protagonistas esta vez son unas enormes bellezas de la naturaleza, las Orcas, que a pesar de su tamaño, su velocidad y su inteligencia también sucumben a la arrogancia y la crueldad de nuestra especie.

Considero que la meta de Blackfish -y de cualquier nuevo documental- era la de contar una injusticia, una tragedia, sin ser tachada de sensacionalista o morbosa. En una historia en la que se mencionan varias muertes que fueron grabadas no era dificil tropezar con lo explícito, pero su directora, Gabriela Cowperthwaite, narra con elegancia y respeto, porque sabe que las mismas palabras nos llegarán al alma y harán caer en la razón incluso a los escépticos. Blackfish consigue ser demoledora de una manera sobria y rigurosa, insinuando y no explotando la dureza visual.

Aunque no juega en ningún momento con el morbo, las imágenes que contiene son impactantes y, junto con la narración, las escenas transmiten la emoción, el terror y la injusticia de forma sobrecogedora. Esa narración está formada por los testimonios de las fuentes más fidedignas con las que Blackfish podía contar. Personas que trabajaron con orcas, que estudiaron su cerebro, que sufrieron las consecuencias de sus ataques o incluso que las cazaron. Personas con una alta carga emocional, que contagian el arrepentimiento y la tristeza. Las experiencias de todos ellos enriquecen el documental de una manera extraordinaria y al final resulta lo más interesante de todo el metraje, por encima de las espeluznantes imágenes. Y en el lado opuesto, encontramos la aparición de individuos aún cercanos al negocio de los parques marinos, que representan un interesante punto con sus opiniones cuestionables y altamente criticables y sus informaciones manipuladas y falsas. Al final, el film acaba girando sobre la poca moralidad de esos directivos y dueños de grandes parques marinos que no dudan en ocultar, tergiversar y mentir, para continuar jugando con la vida de entrenadores que cada día se meten en el agua a nadar junto a animales previamente secuestrados y maltratados.

Blackfish ahonda en un tema que todavía apenas es condenado y rechazado por la mayor parte de la sociedad. Los espectáculos marinos con cetáceos esconden tras de sí la caza y matanza de ballenas y delfines, la encarcelación de los mismos en jaulas de hormigón tras haber sido separados de su hábitat y de sus familias, y también la peligrosidad que suponen para algunos humanos cuando se introducen con ellos en las piscinas sin saber que se trata de animales frustrados y quizás vengativos. Este pequeño viaje de la mano de los arrepentidos, las víctimas y los expertos lo deja todo claro. Tratamos a seres inteligentes como esclavos porque nos creemos con derecho a decidir sobre su tiempo, sobre su vida, y nos sorprendemos al ver que cierto día nos pagan con una moneda similar. El hecho de pensar que su inteligencia es mucho mayor de lo que creíamos, que su capacidad emocional es quizás mayor que la nuestra, es absolutamente desolador.
Si no los respetamos a ellos, es dificil que ellos nos respeten a nosotros. Estos espectáculos deben acabar, la sociedad debe rechazar la utilización de estos animales, y gracias a documentales como Blackfish puede que empecemos a dar los primeros pasos.

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