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4,3

Un cuento atractivo pero falto de "zen"

18 jun 2013

Es arriesgado en cine -y en el arte en general- ofrecer un producto al público que se desvíe de los cánones habituales y apueste por una originalidad en la forma, siendo consciente el propio artista de que el contenido no posee ninguna cualidad especial, de que su creación es tan vacua, que necesita de un vestido bonito para que la saquen a bailar. No sé si el director y co-guionista de Bunraku, Guy Moshe, tenía conocimiento de que lo que pretendía lanzar al mercado no es más que una historia con la misma profundidad que cualquiera de las películas de Adam Sandler. Se trata pues de una cinta que peca de tener una trama simplona al servicio de una estética que introduce al espectador en una experiencia más extraña que un trío con Tim Burton y Helena Bonham Carter. Sentimientos contrapuestos en el primer film en serio del director que, paradójicamente, parece una burla de Sin City y un sucedáneo de Kung Fusión, sólo que presentándose de forma pretenciosa y auto-asignándose una cualidad "artístico-alternativa" que no termina de convencer por definirse como una monotonía de acciones disfrazadas en una puesta de escena raruna de tono teatrero y musical.


Para los que no conozcan el significado del vocablo que da nombre a la cinta, el "bunraku" es un tipo de cuento japonés en el que figuras de papel se alzan al pasar las páginas. La estética de la película se ambienta en dicho formato a través de decorados cartón-piedra y transiciones entre escenas que recuerdan a los mentados libros. Todo este entramado técnico no es más que una excusa para contarnos la historia de un mundo gobernado por la corrupción -no, el contexto no es España- en el que un sanguinario tipo al que llaman Nicola (Ron Perlman), "el leñador" para los colegas, se ha hecho dueño y señor del cotarro y junto a sus siete asesinos, entre los que se encuentra el invencible Número 2 (Kevin McKidd), hace lo que le sale de la punta del hacha. Por circunstancias del destino, tres hombres se unirán para hacerle frente, un misterioso individuo de bigote y sombrero (Josh Hartnett), un samurai (Gackt) y un barman (Woody Harrelson).

En efecto, la trama es simple y las motivaciones de los héroes del tinglado no son mucho más elaboradas que un dibujo del Pictionary, si a ello se le suma unas interpretaciones flojillas, el film empieza a perder gasolina por todos lados. Hartnett, el mojabragas de mi adolescencia, luce una apariencia gracias a la cual no se sabe si va a ejecutar una cruenta venganza o a robar "malacatones" de la "fragoneta". Gackt, un ídolo del J-Pop en el país del sushi, en lugar de un samurai cabreado se asemeja más a un tipo con expresión de oler a truñete alrededor. El único de la triada que se salva es el veterano Woody Harrelson, en el que la experiencia es, desde luego, un grado y ello le sirve para trabajar a un nivel superior que el de sus compañeros.


En la parte villana, destaca el trabajo de McKidd, encarnando al personaje mas interesante de este extraño baile. Un tío sin escrúpulos que se encarga de ejecutar el trabajo sucio de Nicola y que, verdaderamente, es uno de esos malosos con clase que proporcionan algo de vidilla a un espectáculo donde los sentimientos hacia los dos protagonistas principales llegan a transformarse en puro asco. Ron Perlman sigue estando tan feo y brutote como siempre, mientras que Demi Moore, que da vida a la mujer de Nicola, se dedica a poner cara de mustia durante sus escasas apariciones.

Como ya he comentado en el inicio de la crítica, es una factura técnica curiosa lo que otorga cierto atractivo al metraje, pues desde el principio asistimos a una puesta en escena teatrera que bebe del género musical durante las batallas entre ambos bandos y que se alimenta del surrealismo, el tono comiquero e incluso el consolero, aunque no se salva de momentos cutres que sacan de quicio (odio el toque de sombrero de Hartnett), la monotonía y una voz en off algo desquiciante que al comienzo rezuma sabiduría e ingeniosidad y luego no dice más que gilipolleces.


En definitiva, Bunraku es otro de esos productos cuyo valor sólo se encuentra en la curiosidad que siembra en el público esa técnica extraña y atractiva a ratos, la cual podría haberse combinado mucho mejor con una trama más elaborada y entretenida que no sea, como ha pasado, un enorme trozo de estiércol enterrado bajo un montón de paja vistosa y pretenciosa. Ya lo decía Billy Wilder: "Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate". Y Moshe se ha comido su propia mierda.

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