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stanley

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El virus de la guerra

15 jun 2010

El gran filósofo español José Ortega y Gasset, en su obra maestra "La rebelión de las masas", escrito allá por el 1930 y, que a día de hoy, pone los pelos de punta lo vigente que sigue estando, dijo entorno al hombre y su historia: "La historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha llegado a hacer tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre y vuelve al galope. El pasado no está ahí y no se ha tomado el trabajo de pasar para que lo neguemos, sino para que lo integremos".

Palabras lapidarias que hacen sonrojar en pleno siglo XXI, porque ante ellas uno se pregunta: ¿hemos aprendido de nuestro pasado para integrarlo como modelo educativo y así construir sociedades mejores? ¿Seguimos siendo unos necios mediocres que repiten errores con el agravante de saberlo y no hacer nada? ¿Será la guerra y la mezquindad humana un virus que recorre todo su ser sin poder extirpárselo? A tenor de cómo sigue funcionando nuestro planeta mucho me temo que sí. Y como vaticinaron los mejores pensadores, la conciencia humana sigue siendo el órgano menos desarrollado del hombre, aletargado en un estado aún infantil.

Lu Chuan, el director de ésta soberbia y sobria película, utiliza el lenguaje cinematográfico para que no se olvide el pasado -en realidad lo recupera- y, en contra de los que muchos puedan pensar, regalarnos un tótem reconocible en el que a las víctimas de la masacre de Nanking acaecida en el 1937 a manos del ejército japonés, tengan su merecido y justo hueco en la historia. Se viven tiempos en los que parece ser: la memoria histórica hay que dignificarla. Hagámoslo. Pero sin ser un panfleto político barato y sí una necesidad humana. Y lo hago extensible al cine patrio, que ha utilizado la guerra civil española como un teatrillo de ensayo por donde deben pasar todos los buenos directores pero, que hasta la fecha, casi ninguno me ha dicho absolutamente nada. ¿Por qué saben filmar tan bien en otros lares del globo, guerras y conflictos, sin que te salga una sonrisa de sorna en el rostro o sonrojarte?

El siglo XX ha pasado a los anales de la historia como el siglo de las guerras, las locuras masivas, el expansionismo tecnológico y ansias de poder desmedidos; hombres de mentes medievales con máquinas de guerras modernas. Eso es gran medida lo que se muestra en "Ciudad de vida y muerte". El retrato directo, descarnado y nada manipulador del abuso de un pueblo a otro: el japonés al chino. La naturaleza des-humanizada de quienes cometen sus horrores amparados en la impunidad de la guerra, para asesinar, violar, traumatizar y, en definitiva, traspasar la línea de lo racional a lo meramente imperante animal -aunque éstos se mueven por un instinto mucho más noble que el nuestro-. Un punto en el cual se detuvo Terrece Malick en "La delgada línea roja (1998)".

Filmada en un estupendo e impoluto blanco y negro, que de inmediato te catapulta a "La lista de Schindler" (1993, Steven Spielberg), cosa injusta, dado que el film de Lu Chuan tiene su propia impronta, siendo superior por momentos. De cámara vigorosa y virtuosa en las escenas de guerra; a la más desconcertante quietud de la melancolía en su contemplación de un panorama desolador, sin atisbos de esperanza.

El film desprende desasosiego, impotencia, crueldad con el espectador. Su director ha gritado a los cuatro vientos que no sólo los judíos y el resto de etnias sufrieron la barbarie en la segunda guerra mundial: el pueblo chino era borrado por miles dos años antes del inicio de la famosa contienda. En su contra puede jugar, el cierto exceso de poesía en sus cuidadas imágenes, induciendo a una belleza impostada, que poco o nada tiene que ver con el horror que vivieron los protagonistas reales (quizá lo haga para relajar al espectador). Pero que no empañan el loable, necesario y sensacional ejercicio de cine que se ha tirado a sus espaldas, que le ha costado sudores, lágrimas, disgustos, censuras y merecidos premios.

Ciudad de vida y muerte, con sus violaciones, sinrazón, muertes injustificadas, hambrunas, miseria, e instinto de sobrevivir que prevalece sobre todas las cosas, se erige como un honrado manifiesto de examen de conciencia, para seguir aprendiendo de un pasado que nos escupe a diario en la cara el horror de nuestro más inmediato y vergonzante presente, el cual, dista mucho de extirparse el maldito virus de la guerra.

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