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4,1

Falsa crítica social

04 jul 2007

Viendo la creciente proliferación de películas denunciando las barbaridades cometidas en el continente africano a raíz de las guerras civiles, como es el caso de El último rey de Escocia, Disparando a perros o la propia Diamante de sangre, uno podría llegar a pensar que la gran industria cinematográfica parece estar, en cierto modo, comprometida con ciertas causas de denuncia social.

Al menos, en apariencia.

Dirigida por Edward Zwick, especialista en exhasperar al espectador con películas como Leyendas de pasión o El último samurai, y protagonizada por Leonardo DiCaprio, Jennifer Connelly y Djimon Hounsou, Diamante de sangre fue nominada a cinco estatuillas en la pasada edición de los Oscar de este 2007, entre las que cabría destacar las categorías de mejor actor principal y mejor actor secundario.

De risa, vamos.

Diamante de sangre nos sitúa en plena guerra civil en Sierra Leona, en la década de los 90, donde el contrabandista de diamantes Danny Archer (Leonardo DiCaprio) trata de conseguir un gran diamante rosa que Solomon Vandy (Djimon Hounsou), un pescador mende esclavizado por la F.U.R, ha ocultado cerca de las minas en las que trabajaba. Para Archer, el diamante es la vía de escape para saldar sus deudas y huir del continente, mientras que para Vandy es la moneda de cambio para salvar a su familia; por el camino, se cruzarán con una periodista norteamericana, Maddy Bowen (Jennifer Connelly), la cual los ayudará en su difícil misión.

Diamante de sangre empieza bien. Bastante bien, de hecho. Algo cruenta en sus primeros pasos, rehúye de los aires a documental que suelen perseguir este tipo de producciones, combinando con buenas maneras una trama de acción con la denuncia social. Pero, claro, ésa es sólo la primera impresión, ya que, a medida que la película avanza, minuto a minuto, el maquillaje que cubría su verdadero rostro se va diluyendo, lenta pero inexorablemente, mostrándonos lo que verdaderamente es: un blockbuster de acción completamente superficial oculto bajo capas y capas de falso compromiso.

La verdad es que Diamante de sangre podría engañar a cualquiera, o al menos haber mantenido la farsa hasta casi el final, si no fuera por las interpretaciones de los protagonistas: un Leonardo DiCaprio muy poco creíble en su papel de hombre sin escrúpulos pero con corazoncito, mescolanza barata del arquetipo moderno a lo John McKlane con el clásico en la línea de Rick Blaine; un Djimon Hounsou que nos cautiva en los primeros tramos de película con su desgarradora actuación, pero que adolece de un guión que le limita a repetir hasta la saciedad cinco frases tópicas mal contadas; y, por último, una Jennifer Connelly reflejo de un sector del pueblo americano comprometido y crítico con su propio gobierno.

Por otro lado, la trama se desarrolla con intensidad, sobretodo durante la primera hora y algo de metraje pero, a partir de entonces, la entretenida historia que se nos ofrece al principio comienza a flirtear de manera temeraria con el melodrama en clave de telenovela, y termina por ahogarse con ciertas secuencias que te hacen alzar la vista al cielo y resoplar, diciéndote a ti mismo 'que tonto he sido; casi me lo trago'. Para mas inri, los últimos cuarenta y cinco minutos, y en especial los veinte minutos finales, han sido alargados, remendados y edulcorados hasta la extenuación, durante los cuales Diamante de sangre muestra sin tapujos su verdadero yo, que no es sino una película comercial norteamericana más, orgullosa de sí misma por no mirarse al ombligo durante 138 minutos (al menos, no descaradamente), cosa que le permite vanagloriarse y darse unas alentadoras palmaditas en la espalda.

Destacar, eso sí, una fotografía encomiable, con bellos parajes vírgenes, y unas trabajadas secuencias de acción, en ocasiones dotadas de un ritmo trepidante, si no fuera por la innata habilidad del protagonista de esquivar las balas, que ya le gustaría a Keanu Reeves en Matrix.

En resumidas cuentas, Diamante de sangre es un conjunto de falsos compromisos y de denuncias hilados por un guión que parece haber sido escrito por un novel talentoso, pretendidamente inteligente e incisivo pero vacuo al fin y al cabo, y cuyo único propósito es obnubilar entre explosión y persecución a los miembros de la sociedad del bienestar para que, con suerte, manden un cheque a alguna ONG y puedan dormir satisfechos consigo mismos esa noche.

Una verdadera pantomima.

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