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8,5

El auténtico 4º Poder

17 feb 2009

Una sociedad se supone que es madura cuando es capaz de mirarse a sí misma y ejercer una autocrítica tan mordaz como sea necesaria. Y si encima resulta que es irónica, pues mucho mejor. Siempre he envidiado eso de los norteamericanos, que rápidamente se apresuran a coger las páginas de su propia (y corta) historia para hacer novelas, películas y series de televisión, ya sea del género que sean. El irregular Ron Howard, capaz de hacer los más deplorables productos comerciales (véase "El Código Da Vinci" o "Una mente maravillosa", dos auténticos espantos) también es capaz de hacer películas interesantes, como "Ransom (Rescate)" o "Cinderella Man", cuestionando además varios puntales de la sociedad. Incluso ha sido capaz de hacer peliculas verdaderamente antológicas como "Willow" -e incluso si nos apretamos, y dentro de su modestia y género, "Cocoon" y "1,2,3, splash" también casi lo eran...-. No hace falta ser un genio para percatarse que uno de los sucesos más dramáticos en la historia de los norteamericanos es la Guerra del Vietnam, y el famosísimo caso Watergate. Ambos sucesos tienen un denominador común, odiado y amado casi a partes iguales: Richard Nixon. Ya se han hecho versiones de la vida de Nixon con mayor o menor acierto, pero la que nos ocupa ahora es mucho más. Es la rebelión del hombre de a pié contra el megalítico poder de una institución como la presidencia de los Estados Unidos, a través del 4º poder, o sea, el periodismo. Cuando los dos redactores de Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward destaparon todo el escándalo de las escuchas ilegales, el Presidente Nixon tuvo que dimitir irrevocablemente. Pero el mayor escándalo no fue ese, sino que el siguiente presidente, Gerald Ford, le concediera inmunidad completa a todo lo que había podido hacer, para mayor indignación de todo el mundo. Tela marinera. Tuvo que ser un inglés, David Frost el que contra viento y marea realizara la más importante entrevista de su vida a un Nixon esquivo, inteligente y despiadado, pero finalmente desarmado. Cinematográficamente hablando, el film de Howard tiene muchisima agilidad y un gran pulso narrativo, alternando las falsas entrevistas con el desarrollo de la historia. La linealidad se ve quebrada desde varios ángulos en el guión, perfilando las dos carismáticas personalidades del periodista y el expresidente, que enfrentados como si de un ring se tratara, intentan tumbarse el uno al otro sin piedad. Brillantísimas son las dos interpretaciones principales, pero tampoco podemos olvidar a Kevin Bacon, Oliver Platt, Sam Rockwell o Matthew MacFayden, secundarios de lujo todos ellos realmente espectaculares. Dejando atrás el gran esfuerzo físico de Frank Langella en -literalmente- convertirse en Nixon (prodigiosa es su forma de andar, de moverse, de imitar a la perfección sus gestos e incluso, la forma de hablar) hay que quitarse el sombrero con la dicción de este soberbio actor que eclipsa incluso la excelente recreación que del periodista inglés David Frost hace un Michael Sheen en auténtico estado de gracia. Y tiene más mérito aún, que hayan sido capaces de procesar, cocinar, envolver y servir un producto que a priori solo interesaría a los norteamericanos, y llevarlo a todo el mundo. A mi me interesó, y confieso que no me gustan mucho las revisiones históricas y aún menos los biopics. Muy interesante, y el duelo de personajes, épico.

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