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Ciencia ficción con nombre propio

15 dic 2013

Son varias las razones que han ido desinflando el aura de superproducción de El Juego de Ender desde meses antes de su estreno. Entre acusaciones de homofobia, propiciadas por las censurables declaraciones del autor de la novela en la que se basa, y las malas críticas que ha recibido la cinta en su país de origen, ya se habla incluso de una continuación en forma de serie de televisión, dando por hecho que ni la taquilla internacional va a lograr salvar una adaptación tempranamente calificada de maldita. Un protagonismo que recae por completo en un elenco adolescente, un par de veteranos encajonados en roles secundarios poco lucidos y unas líneas maestras extraídas directamente de la cultura del videojuego son varios de los argumentos presumiblemente objetivos que se esgrimen en contra de este título con vocación de saga, gestado por los responsables de Crepúsculo para llenar el hueco que la ausencia vampírica ha dejado en sus carteras. Prejuicios todos entendibles en una época en la que una vocación de masas se suele equiparar con la estupidez argumental, pero que no tienen cabida cuando se transforman en los árboles que impiden ver este claro en el moribundo bosque de la ciencia ficción cinematográfica de nuestros días.

El Juego de Ender tiene flaquezas, sí, pero tras ejercicios visuales tan apabullantes como vacíos, véase Oblivion, Elyisium o la mismísima Avatar, por fin llega a nuestras manos una película de ciencia ficción con algo que contar. Su premisa, que nos muestra la enésima versión de una Tierra que aún refleja los ecos de una pasada invasión extraterrestre, no es el mejor ejemplo del potencial de su argumento, sino el impacto de semejante hecho en la estructura de la sociedad superviviente, tan colosal y contundente como merece este sobreabusado punto de inflexión en la historia ficticia de la humanidad. En este nuevo panorama, la vida de Andrew 'Ender' Wiggin, tercer hijo de su familia en un sociedad parcialmente limitada a dos vástagos por pareja, gira en torno a ser admitido en el programa militar que dirige el Coronel Graf, centrado en convertir a la infancia de este mundo futurista en los soldados capaces de acabar con los temibles Insectores de una vez por todas. Y en ese punto, que bien podría servir para una serie original de Nickelodeon, es dónde El Juego de Ender encuentra su bien traído elemento diferenciador.



¿Por qué niños? En teoría, porque poseen una mayor facilidad para la multitarea que los adultos, con un manejo más intuitivo de las estrategias de guerra gracias al entrenamiento involuntario que han supuesto los videojuegos y, en general, las nuevas tecnologías que han mamado desde la cuna (vamos, algo así como una versión exagerada de la facilidad que tiene ese primo o sobrino que ni ha llegado a la adolescencia y ya es capaz de darte una paliza al Call of Duty con una mano atada a la espalda). En la práctica, la idea se transforma en una mera excusa argumental para otorgar el protagonismo a pre-púberes con los que se pueda identificar una audiencia adolescente. Pero si resulta creíble es porque el guión, lejos de sentar el dogma y olvidarse de él, no teme explorar en la dudosa moralidad que subyace tras un ejército formado por niños, cuestionándose si anular la que debería ser la mejor etapa de la vida puede llegar a estar justificado por la más terrible de las amenazas.

De hecho, la función de Harrison Ford y Viola Davis no es otra que la de encarnar dicho conflicto, representando él al militar de hielo y ella a la psicóloga maternal. Sin llegar al desperdicio de talento en el que se traduce la fugaz aparición de un Ben Kingsley disfrazado de Dhalsim, la presencia de dichos nombres con lustre para una misión meramente funcional escuece y se queda coja. Porque con Harrison Ford en pantalla, una premisa que prefiere enfrentar a críos contra los aliens a enfundarle el chaleco al maldito Han Solo, acaba siendo un problema. Por fortuna, es el nombre menos atractivo del póster el que termina dando la sorpresa. Asa Butterfield, más que realizar un gran trabajo, se descubre como una gran elección de casting al transmitir con su rostro aniñado la misma entereza que un adulto. El resto del elenco infante no se queda demasiado atrás y ahí tenemos a Hailee Steinfeld (Valor de Ley) o a Abigail Breslin (Pequeña Miss Shunshine) como los mejores exponentes de su generación.



Y lo mejor de todo es que incluso en sus pasajes más densos, en tramos cogidos con pinzas como el que involucra al videojuego mental, la cinta no aburre en ningún momento. La suerte o la desgracia la encontramos en las bases de la novela, respetadas a gandes rasgos en esta adaptación y utilizadas para construir unos raíles férreos sobre los que deslizar esta aventura. Sin duda, más una virtud que un defecto, pero que trae consigo un excesivo condicionamiento del relato hacia lugares demasiado evidentes o incluso a pasajes algo precipitados, sobre todo durante el último tercio. Es ahí cuando se echa en falta la mano de un realizador más hábil a la hora de jugar y explotar con la vertiente manipuladora del relato, que desemboca en un primer clímax muy característico y especial que, a buen seguro, dividirá a la audiencia, para dar paso a un segundo punto de inflexión final, más intimista e importante para la trama, que sí funciona sin fisuras al esgrimir las líneas maestras de una futura saga mientras no deja de servir como cierre satisfactorio para este relato en concreto.

Aunque echamos en falta algo más de crudeza, que hubiera acercado a El Juego de Ender a una versión espacial de La Chaqueta Metálica; o de mala leche, por eso de convertirse en la versión adolescente de Starship Troopers; y a pesar de que el realizador Gavin Hood (X-Men Orígenes: Lobezno) siga sin ganarse el renombre de los proyectos que caen en sus manos, la cinta protagonizada por Asa Butterfield ha revelado bastante más cerebro del que se esperaba tras el visionado de sus pirotécnicos tráilers, acompañado además del entretenimiento que se le presupone a una superproducción hollywodiense. Porque, en realidad, lo más reprochable del proyecto no es atraer a las salas a hordas de adolescentes, sino el no haber recaído en un estudio y realizador capaces de expandir las reglas del juego.

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'El juego de Ender': Sacrificio, requisito para la victoria
Crítica Ecartelera
7,0