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moore

10

Jean-Baptiste es ETA.

15 abr 2014

O mejor aún, ¡comunista!

Perdonadme, pero es que me he quedado a cuadros con una crítica que he leído por aquí. Flipando en colores. Una cosa... escabrosa, por decirlo de algún modo. Que si el escritor y el director odian a las mujeres, que si son homosexuales, la presunta moralidad que se ve trastornada y dañada de una manera constante así cómo insultante, psicopatías y conducta anómala que se ve ensalzada, y ¡oh! la 'exterminación' de las mujeres. Esas diferenciaciones que bien se acercan a unas caracterizaciones lógicas, casi innatas, podríamos decir, esconden unas insinuaciones bárbaras y terribles, que son expuestas en esos enunciados peyorativos. Tan solo el idear esa historia tan impura y hereje produce alteración, sumo nerviosismo.. De ahí mí título. Quiero referirme al desvío de la atención hacia otros problemas, que además, justamente, atacan a los principios más inmediatos de esa moralidad, "alterando el orden público" (¡Disidentes!), dándoles una prioridad aplastante frente a algunas otras cosas en las que conviene a algunos que no nos fijemos, como exactamente ocurre en ese escrito. Pero me hace gracia, yo me meo de la risa. Para los curiosos, sí, es una crítica que está en esta página, está entre las 250 que se han publicado. ¡Ale, ya tienes tarea para rato!, aunque a un lector medianamente avispado no le llevaría mucho tiempo dar con a la que me refiero...

Respecto a la película, es de obligada visualización. No te dejará indiferente, acabarás con los pelos de punta e incluso algo conmocionado al final, pero para nada horrorizado y espantado si tienes una mente madura, abierta y preparada para presenciar y saborear este exquisito plato de degustación. De extensión abultada, no sentirás nada que se acerque al tedio o al aburrimiento en sus 147 minutos de duración, sino que es más, las horas se te pasarán volando. Desde los primeros minutos la película hace gala de su majestuosa dirección y de esa impecable ambientación mediante la proyección de unos fuertes compases cargados de detalles que llaman tu atención, vinculados a la búsqueda de su significación. La película, al igual que su obra, son potentes, y el filme, en particular, es tremendamente ilustrativo y despliega esa facultad en cero coma, literalmente, no dejando lugar a todo lo que no sea una profunda satisfacción que notarás en todo momento durante el visionado del largometraje. La sonorización también cobra una importancia fundamental, la melodía, esos quiebros sonoros los encuentro sumamente brillantes y son cruciales para meterte en la situación. Esa sucesión de imágenes, de flashes justo antes de que nazca Grenouille es impresionante, vibrante, brutal, de una fortaleza rompedora y muy significativa. Una asquerosidad proyectada de una manera tan realista, tan necesaria, tan sobrecogedora... tan perfecta. Algunos, que dicen que están que potan, que qué vergüenza, ay por favor, por favor, son los mismos que luego mascullan a los cuatro vientos: "A meb me guztab eb cineb, a meb me encantab eb cineb", regando cual un aspersor las inmediaciones de su perímetro, ahogándose en su propia baba, la que echan cada vez que escriben cuatro líneas de sandeces seguidas creyéndose los reyes del mambo. ¡Babosos! Te deja mudo, no es la típica película para ir comentándola con el/la de al lado a la vez que rebosas tu colosal panza engullendo ingentes dosis de palomitas, que es la parte que parece que muchos de aquí no han entendido. El avance de la historia es descriptivo y conciso, pese a los saltos en el tiempo y en la narración, todo queda muy claro. El ritmo es trepidante, creciente por momentos. Se destila ingenio, menudas actuaciones más magistrales, es un filme psicológico con grandes alardes de inteligencia. El ambiente, el mundo contemporáneo y la sociedad están tan bien representados, tan creíble todo y tan siniestro, tan a su manera espantoso... No es para nada de extrañar que esto sucediese en la realidad y que hubiese casos más escabrosos aún de los cuáles siquiera se tenga conciencia, ya que la personalidad, la forma de ser de cada uno se forma bajo los moldes de tu propio entorno. El pobre Grenouille encontró en los olores, un refugio, una evasión de un mundo hostil, cruel y asqueroso hasta degenerar en lo que degeneró, fruto de la impotencia, de la desolación de su soledad, necesidad que trataba de cubrir cometiendo esos escabrosos actos, que de paso le cubrían la necesidad de autorealización aparte de la social, de ser el punto a la orden del día de todos los lugares y que su persona tuviese relevancia por todas partes de los recónditos sugurbios de la ciudad, pequeños infiernos escabrosos creados por la sociedad, dignos de exterminio. Y eso es lo que plasma tan bien este hombre, Tom Tykwer. Maravilloso! Cabe destacar que el primer asesinato que cometió Jean-Baptiste fue sin querer, sólo trataba que la chica no gritase. Notó que de su cadáver el olor se desvanecía y quiso encontrar el método para conservarlo. No es una justificación, no se alarmen, fachillas, sino una explicación. A partir de ahí hay un cambio de ritmo y de enfoque, el obsesionado psicópata Jean-Baptiste crea el terror e impone sus reglas por así decirlo, siendo un escurridizo e invisible asesino que no deja más que cadáveres a su paso. Todo para crear el perfume perfecto, con esencias de las mujeres que mataba. cabe añadir otra aclaración má: Jean-Baptiste al principio no quiso matar (véase a la prostituta), pero al gozar una vez más de la incompresión y del desprecio decidió que ese era el mejor método, en una sociedad más tolerante quizás no se vería incentivado a hacer eso, pero volvemos al punto de partida. Las actuaciones de los personajes, las conductas que les son dadas son impagables, esos cambios de actitud observados debidos muchas veces a Jean-Baptiste, a su perfume o a su habilidad, muy significativo todo y sumamente interesante de observar. Una maravilla.

La banda sonora y las sucesiones de fotogramas incentivan a trabajar la lógica y el ingenio a la hora de relacionar los sucesos. Me acuerdo cuando se ajustició al contratador de Jean-Baptiste, injustamente, pero a la vez tan merecidamente. O esas carambolas de muertes cuando el perfumista (D. Hoffman) compró a Grenouille, y anteriormente esos violentos y bruscos asesinatos, brillantes escenas, después de todas esas interacciones económicas basadas en el trueque que tenían que ver con el muchacho. Solemne, majestuoso. Y la avaricia del anciano perfumista también encontró la horma de su zapato de una manera inesperada e irónica, casi podríamos decir. Mientras en lo que el joven se realizaba, las falsas inculpaciones, paranoias, sospechas y ajusticiamientos se adueñaban del ya de por sí podrido ambiente social, todo representado con una brillantez insuperable, ritmo trepidante e impactándote cada momento más todavía que el anterior, superándose la película por segundos y manteniendo el nivel en todo instante. Y ahí entra en juego un personaje fundamental para poner el orden entre tanta barbarie, tanta idea absurda y sandeces varias, mi adorado Alan Rickman, que tiene las cosas claras acerca de lo que está pasando y que como tal lo expone con una claridad y concisión envidiables. Personaje muy inteligente, hombre racional que es el que más aguanta frente al macabro juego de persecución del retorcido Jean-Baptiste. Impagables instantáneas cuando éste introduce en su campo visual a la hija de Antoine Richis (A. Rickman) y esas secuencias del juego del escondite en el jardín de este. Se palpa una aterradora tensión que queda en nada, pero parece que Antoine se huele algo. O eso parece. De lo que no hay duda es que la angustiosa huida que protagonizó la hija en esa opresiva persecución de esa sombra que hacía mover las hojas y sacudía los arbustos ha sido muy real... pero la joven no le ha dicho nada a su padre. Formidables segundos de grabación, tan aterradores...

Pero el inadvertible Grenouille consiguió matar a la chica, cogiendo la llave de la habitación de la hija del caserón de las afueras en el que se refugiaba la aburguesada familia Richis, huyendo del demencial psicópata, delante de las narices del elegante señor Richis, que por aquellos momentos roncaba como un jabato inmerso en un apacible sueño, para volver a dejarla en el sitio que estaba minutos después. Dolor... es lo que sintió Antoine cuando vio por la mañana que le habían arrebatado a su hija en ese plano del sol entrando en el cuarto en el que entraba Antoine, deslumbrando su horrorizado y a la vez asombrado rostro que no tardaría en torcerse y llenarse de lágrimas. Se consiguió coger al esquivo Grenouille que una vez más tenía la llave de la salvación en sus manos, una nueva manera de la que no solo podría salir nuevamente impune, sino que también someter a todo el mundo a sus pies.

Había acabado de elaborar el perfume perfecto y cuando se disponían a cortarle la cabeza en medio de la plaza con todo el populacho mirando, Jean-Baptiste sacó un pañuelo, lo roció con unas gotas de su disolución divina y lo dejó volar. El resultado fue que todos se rindieron a sus pies, del divino Creador enviado del cielo para alumbrar el camino a todos necios y a deleitarlos con su divinidad, y le empezaron a aclamar y a vitorear. Se podía distinguir cómo todos a los que les iba llegando el olor les iba cambiando su expresión de odio, inscrita en sus rostros, para dejar paso a unas inocentes sonrisas de felicidad que iban evolucionando hasta la euforia más absoluta. Los demás no entendían qué estaba ocurriendo hasta que les llegaba la ola de ese olor bendito. Y aquí llega el momento más esperado: ¿qué pasaría cuando la onda llegase a Alan, que estaba sentado en una especie de palco para presenciar el espectáculo? Pues no movió ni una ceja. Indiferencia absoluta. Se bajó y se acercó al estrado en el que iba a ser ejecutado Jean-Baptiste, que le miraba y le dijo:

-Perdóname, hijo mío.

Acto seguido se arrodilló y se puso a llorar de la manera más inconsolable que se le había visto llorar jamás a un hombre. Mientras tanto los demás, todos los hombres y las mujeres de la plaza, se sumergieron en una orgía celestial, practicando sexo y retozando de placer, fruto de esa excitación y felicidad que les provoicó aquella bendita fragancia.

Sí, el protagonista se va 'de rositas', podríamos decir. (¡Qué horror, han drogado a la justicia!) Pero no es más que un perdón oficial, pero de la inquietud existencial no es tan fácil escapar. Como bien apunta la voz en off, - maravillosas intervenciones, - Jean-Baptiste hubiera podido dominar el mundo si hubiera querido con su perfume y su sobrenatural don para los olores, pero hay una triste realidad que le asaltaba, ¡él no tenía olor propio! Así que no era alguien pleno, por no ser, no era nadie, así que optó por una salida impactante, espectacular. Un final que te deja consternado. Nunca una salida tan fácil, "por la vía rápida", había resultado tan efectista y pasmosa. Impresionante.

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