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Aitz

9,5

Soñamos con escapar de un mundo en el que no encajamos

18 mar 2013

The Truman Show es una de esas tantas películas que tienen un lugar especial en la memoria. Es un clásico, que alabado en mayor o menor medida, se ganó a público y crítica gracias a una historia divertida y sumamente entretenida sobre un personaje entrañable que lucha por romper las barreras de su vida.

Aunque sé que no es uno de los mejores, Jim Carrey es uno de mis actores favoritos. Ha sido vilipendiado en numerosas ocasiones acusado de sólo valer para poner caras raras y hacer el imbécil. Pero tiene unas pocas películas en su filmografía en las que demuestra que es MUCHO más que eso. El Show de Truman no habría sido lo que fue si no hubiera tenido como eje absoluto a Jim. El actor hace uso de su peculiar humor para sacarnos varias sonrisas y, al mismo tiempo, el personaje de Truman Burbank le permite sacar el buen intérprete que lleva dentro, con una actuación honesta, pasional y desgarradora de un hombre que quiere encontrarse a sí mismo en el mundo.
El resto del reparto pudo haber firmado un trabajo genial, pero esto es Truman 100%, Truman es Jim Carrey, y por ello incluso Ed Harris se ve envuelto por su sombra.

Si El Show de Truman es grande, a parte de gracias a su actor protagonista, es por que se trata de una gran sátira. Una crítica -o quizás, mejor dicho, una definición- de nuestro sistema de vida, y menos grandilocuentemente, de los medios de comunicación y la falta de moral creciente en la televisión. Alguien que ve El Show de Truman podría fijarse más en el lado cómico o romántico de la película, pero en mi opinión sería un error o una pena la falta de percepción hacia el mensaje que quiere mandar.
Por un lado es triste pensar que se podría llegar a tal punto de morbosidad como para que la humanidad disfrutase viendo a una persona que vive una mentira, que vive para todos menos para él. Obviamente este planteamiento de un programa que adopta a un niño y lo utiliza para crear un show que durará una vida tendría sus obstáculos legales en la realidad, pero si esto no fuera así, no debería cabernos la más mínima duda de que la mayoría lo aceptaría y lo disfrutaría desde el sofá de su casa. La televisión tiene cada vez menos escrúpulos porque la moral de la humanidad es muy maleable, y nuestros valores cambian con facilidad. La película plantea este problema y pone sobre la mesa la cuestión de que si no nos planteamos qué sale por esa caja nadie sabe qué podremos llegar a ver en ella algún día...
Por otro lado se podría entender que todos somos Truman, y el enorme plató que le rodea y los extras que lo ocupan son el mundo que se ha puesto delante de nuestros ojos justo al nacer. Un mundo predeterminado, con sus leyes, sus deberes, sus limitaciones... Un sistema que se puede decidir seguir, o uno se puede plantear burlar. Al igual que para Truman, romper con la vida prefabricada que se nos ha impuesto no es nada fácil, porque nosotros mismos somos parte de esa vida, y querer cambiarla supone cambiarnos a nosotros mismos y hacerlo por medio de una gran lucha. Pero los sueños pueden llegar a definirnos, y ya soñemos con una persona, con el trabajo ideal, o con ir a Fiji, depende de nosotros (y de NADIE más) pelear por cumplir esos sueños que tenemos. Las barreras que nos impone este mundo y las personas que hay en él no deben limitarnos y estamos en nuestro derecho de saltárnoslas y escribir nuestra propia historia.

Peter Weir, su director, consigue, además de que su película sea extremadamente divertida, que El Show de Truman nunca se llegue a tomar en serio a sí misma, para que esta idea loca de un hombre viviendo en un programa de televisión tenga cierto hueco en nuestro mundo. Esta leve cortina de humo entre lo paródico y el drama es lo que hace que el film sea creíble y que nos introduzcamos en él. Cierto istrionismo de algunas interpretaciones, en sucesos dentro del plató... nos colocan en la extraña percepción que debe mosquear a Truman, y a la vez sirven para caricaturizar algunos aspectos de las producciones televisivas.
Al margen del buen trabajo del director, el genialísimo guión que inspira los buenos puntos de esta crítica, y en concreto el arco argumental romántico de Truman hacia la mujer interpretada por Natascha McElhone (que en realidad es lo que mueve al protagonista, digamos que es el leitmotiv que le hace avanzar) es también lo que nos toca una fibra sensible más y nos reconcilia con el personaje. El sentimiento mutuo con Truman Burbank no puede ser mayor, y si eso no hubiera funcionado tampoco lo habría hecho la película. La felicidad final que siente él también la sentimos nosotros.

Antes de terminar hay que hacer una leve mención a la estupenda banda sonora de Philip Glass. Tan emocional, honesta y transparente como la vida de Truman.

Jim Carrey tuvo suerte de tener esta película en su carrera cinematográfica, y The Truman Show tuvo suerte de contar con un actor tan carismático. Uno y otra, cuentan con los pilares fundamentales para crear una sobresaliente historia sobre un hombre sencillo que quiere cambiar su vida. Sus sueños son mucho más mediáticos e históricos de lo que él cree, y gracias a eso el film nos animará a hacer un paralelismo con nuestras propias vidas, para que, al menos durante un segundo, nos planteemos si necesitamos cambiarlas o no. Nos alienta a luchar por los seres que amamos, a dejar atrás las cosas que nos hacen infelices, y este mensaje existencial llega a nosotros a través de su simpatía y su emoción. Luchamos por Truman, y Truman lucha por nosotros, porque en definitiva él somos todos.

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