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8,2

Acción sin tregua.

11 ago 2007

Debo decir que no había visto ninguna de las anteriores entregas de Bourne hasta hace poco, quedando gratamente sorprendido sobretodo por El caso Bourne, película que inicia la saga; El mito de Bourne, ya con nuevo director, continuaba siendo una más que decente película de acción e intriga, pero pienso que carecía de la esencia original en beneficio de un ritmo, si cabe, todavía más frenético. Por ello, albergaba ciertas expectativas a la par que recelos ante El ultimátum de Bourne, nuevamente con Paul Greengrass tras las cámaras.

Pero, en fin, tras poder ver esta tercera y, a priori, definitiva entrega de la saga Bourne, basada en las novelas de Robert Ludlum, uno no puede hacer otra cosa sino quitarse el sombrero. Que se aparten piratas, robots y superhéroes en pijama: El ultimátum de Bourne es acción trepidante en estado puro.

Siguiendo la trama de sus anteriores entregas, El ultimátum de Bourne vuelve a mostrarnos a un Jason Bourne (Matt Damon) que sigue tratando de descifrar el rompecabezas que constituye su memoria. Con Treadstone desmantelada, el programa de operaciones secretas gubernamental ha sido absorvido por Blackbriar, del departamento de defensa, dirigido por Noah Vosen (David Strathairn) y con Pamela Landy (Joan Allen) entre sus filas. Para ellos, Bourne representa un malfuncionamiento que debe ser eliminado; para él, ellos son el único eslabón que le une a una vida que se ha esforzado en olvidar. Bourne ha llegado al final del camino. No le queda nada que perder y se servirá de todo lo que le han enseñado, de todos sus instintos, para llegar hasta sus creadores y acabar de una vez por todas, hasta descubrir su verdadera identidad.

El ultimátum de Bourne son nada más y nada menos que 110 minutos de acción sin tregua. Ya desde su introducción, todavía en Moscú, la película nos ofrece un avance de lo que vamos a presenciar, un thriller de espionaje donde las persecuciones y tiroteos se convierten en su eje, en detrimento de una trama que, de hecho, tan sólo quedaba por deshilvanar.

Y es que esta tercera entrega de la saga Bourne podría dividirse (y resumirse) claramente en cuatro trepidantes y largas secuencias de acción: la primera, y sin duda la más tensa y espectacular, nos sitúa en la estación de Waterloo, en Londres, seguidas por Madrid, Tánger, y finalmente New York. A pesar de que (sobretodo en Tánger) el director Paul Greengrass parezca por momentos poseído por el espíritu de Michael Bay o Tony Scott, lo cierto es que su obcecado uso de la cámara en mano y los constantes cambios de plano no llegan a descolocar ni exasperar del todo al espectador, manteniéndolo, simplemente, en una constante tensión.

El ultimátum de Bourne, a pesar de supeditar la intriga de la primera entrega en favor de la acción, ya en la línea que adoptara Greengrass con El mito de Bourne, consigue mantenernos atentos y expectantes a lo largo de todo el metraje, sin otorgarnos concesión alguna. Puede que a algunos llegue a abrumarles tanta acción, o que echen en falta el suspense propio del origen de la saga, pero lo cierto es que El ultimátum de Bourne suple dicha merma con una acción y tensión simplemente incontestables.

A diferencia de otros productos veraniegos, en los que el espectador consume palomitas mientras ve pasar ante sus ojos una sucesión de efectos especiales, El ultimátum de Bourne hace que uno se mantenga con la boca abierta, sin osar pestañear, atentos al desenlace de una de las sagas más interesantes de los últimos tiempos.

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