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John Carter de la tierra de nadie

18 jul 2013

John Carter, originalmente titulada John Carter de Marte, se presenta como el comienzo de una nueva franquicia fantástica que pretende suplir el hueco que ha dejado la ya moribunda Piratas del Caribe en las arcas de la Disney. Una misión, en principio, puesta en buenas manos, las de Andrew Stanton, guionista de la saga Toy Story y director de dos clásicos modernos como Buscando a Nemo y Wall-E, que con John Carter pega el salto a la imagen real como ya hiciera su compañero de Pixar Brad Bird hace unos meses en Mision Imposible IV. Por desgracia, el resultado se parece mucho más al tipo de juego que inventaba nuestro querido Andy frente a su caja de juguetes: dos bandos, rojos a un lado y azules a otro. Y un héroe en medio, destinado a ayudar a los buenos, reconocibles porque siempre están liderados por un anciano -aunque sabio- rey, que ha visto como su preciosa hija un poco rebelde ha sido tomada como rehén. Tópicos a mansalva esbozados con la mínima entereza como para poder unir una escena de acción con la otra y que sólo podrían haber dado el pego si habláramos de una película de animación. Pero no, John Carter es imagen real, por lo menos en su planteamiento (el cgi alcanza fácilmente el 50% del film), aunque su esencia pertenezca a otro mundo completamente diferente del que Stanton nunca debería haber salido.

De su parecido con la saga literaria de Edgar Rice Burroughs (creador de Tarzán) no os puedo hablar demasiado porque no he leído ninguna de las 11 novelas conocidas como La Saga Marciana, pero haciendo una búsqueda rápida me encuentro con que se han cargado medio personaje principal, ya que en los libros, Carter es un ser humano inmortal e incapaz de recordar su infancia. La película nos presenta al protagonista como un veterano y traumatizado héroe de la Guerra de Secesión que malvive como buscador de oro. Hasta aquí, una presentación correcta e incluso con un tono de western decadente bastante de agradecer en la que parece que vamos a tener un poco de crítica al colonialismo...hasta que recordamos quien paga las facturas. Los problemas no tardan en aparecer con el rostro de un risible Bryan Cranston, que da vida a un militar gruñón empeñado en que Carter retome el servicio en lo que casi podría considerarse un cameo. Tras un par de golpes cómicos que cumplen su función, Carter emprende su huida hacia una cueva (casualmente, la que contiene la veta de oro que lleva meses buscando) donde se topa con una dragqueen especie de guardián del universo que deja un extraño amuleto tras morir accidentalmente a manos de nuestro protagonista. Resulta que la baratija es el billete de ida automático a Marte, donde Carter se topará con una guerra civil de gente en tanga orquestada por la misma raza de guardianes de la que acaba de convertirse en principal enemigo. Muy normal y oportuno todo.


Tampoco quiero que me entendáis mal. John Carter no es el terrible espectáculo que vaticinaban las primera imágenes promocionales. Se nota que tras la mala acogida, en Disney hicieron los deberes y se gastaron lo indecible en que por lo menos la cosa quedara vistosa. El presupuesto final de la cinta se rumorea que anda por los 200 millones de dólares, y hacedme caso cuando os digo que se nota en cada fotograma del film. John Carter prentede ser preciosista y tiene un trabajo de diseño artístico brutal, pero eso no quiere decir que el resultado esté a la altura. En su mero planteamiento visual ya bordea la delgada línea del ridículo, con esa princesa disfrazada de stripper y los villanos vestidos de gladiadores a lomos de naves espaciales con forma de luciérnaga. También hay que reconocer que a estas alturas, es muy complicado crear toda una mitología espacial con personalidad propia, con lo que al final, si John Carter no termina por cruzar ese límite es porque lo que funciona recuerda vagamente a un batiburrillo de referencias que van desde la clásica Star Wars a la más reciente Avatar, o, en definitiva, a ese imaginario galáctico ya asumido por el espectador en el que todo es posible. "Si me colaron una raza de felinos azules viviendo en una comuna hippie, mientras no cante la pantalla verde no me voy a escandalizar por un aborto de las culturas musulmana e hindú", que diría aquel.

Pero que John Carter sea una de esas películas que se prestan a parodia pornográfica desde la semana de su estreno no quiere decir que cuando toca volverse espectacular no sepa serlo. Es cierto que las numerosas batallas aéreas no terminan de funcionar como deberían, principalmente por esas mal asumidas bases estéticas, pero tanto el espectacular recorrido por las diferentes localizaciones de Marte como los combates a pie entre el protagonista y los nativos rezuman esa libertad y grandilocuencia que otorga un presupuesto ilimitado. Las batallas están narradas con la cámara buscando el mejor ángulo para el espectador, ese en el que la pirotecnia luzca en su máximo esplendor sin montajes imposibles ni enfoques de autor, tan de moda el cine comercial de nuestros días. En ese sentido, Andrew Stanton ha sabido dar exactamente lo que se esperaba de él, incluso de sorprendernos en secuencias como la que muestra la adaptación de John a la gravedad marciana, ahora bien, no le pidas que cree tensión entre dos personajes en una escena con diálogo.


Porque decir que los diálogos de John Carter son pobres es ser muy generoso con los 3 guionistas que han hecho falta para deformar esta historia (dos especializados en animación, claro). Y digo "deformar" porque bajo la simplificación suprema de unos contra otros jostiándose por el poder absoluto de Marte y esa historia de amor de manual, se intuye una mitología atractiva sobre todo en lo que atañe al sobrino de Carter, narrador de esta historia y único guardián de los secretos del protagonista una vez este regresa a nuestro planeta (el dato no es spoiler, ya que toda la película es un flashback desde el momento de la muerte de Carter en La Tierra). En general, todo lo que sucede aquí destila mucho mas interés que lo que acontece en Marte, principalmente, porque como decimos, todo suena a algo tantas veces visto que el espectador llega a desconectar y sólo retoma el hilo cuando profundizan en ese misterioso regreso de Carter. Es decir, durante 10 minutos repartidos entre las casi dos horas y media que dura este collage.

Que en 5 párrafos de crítica aún no hemos mencionado al actor que encarna al personaje que da título al film tampoco significa necesariamente nada malo. Taylor Kitsch es el perfecto héroe Disney, deseable para las fans de Hanna Montana pero lo suficientemente masculino como para que el resto no se lo imagine tomando batidos de sueños y mariposas con Justin Bieber. En general, desde el hiperactivo Ciarán Hinds hasta Bryan Cranston pasando por la reencarnación de Catherine Zeta-Jones, Lynn Collins, todos los actores funcionan con un previsible piloto automático que no molesta en ningún momento. Si alguno falla, como puede ser el caso de Mark Strong (El Topo, Sherlock Holmes) y Dominic West (The Wire), es más por culpa de unas caracterizaciones más propias de fiesta de disfraces en Chueca y de esa tendencia del cine palomitero actual por fabricar en cadena solamente dos tipos de villano: el megalomaniaco que rie a carcajadas desde su pedestal de ombligismo y el frío y calculador que opera en la sombra. West y Strong, respectivamente.


Puede que la anteriormente conocida como John Carter de Marte (viendo el film, entenderéis "la trascendencia" del cambio) se quede lejos de las expectativas depositadas en una inversión de esta envergadura, pero tampoco está tan cerca de convertirse en ese estrepitoso fracaso que muchos proclaman por tratarse de un proyecto que ha generado desconfianza desde el principio. Estamos hablando de una película con fallos serios en su planteamiento, pero de la que se puede extraer un entretenimiento neutro y sin pretensiones de esos que no hacen daño a nadie y que son los que más disfrutan los pequeños de la casa. Eso sí, dile al treintañero que creció con películas como Dune y leyendo a Asimov que John Carter es el nuevo emblema sci-fi del cine de aventuras, y te puede mandar a tomar viento a Saturno (que en Marte ya tienen lío). De lo que no existen dudas es de que en Disney, tras dos franquicias abortadas como Príncipe de Persia y El Aprendiz de Brujo, deberían empezar a replantearse si el tono infantil que siempre ha caracterizado a sus producciones no debería limitarse a las películas de animación, donde Pixar ha estandarizado los dobles sentidos y las metáforas visuales, o, por lo menos, a producciones que no vengan rodeadas de este halo de bestialidad y derroche.

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