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7,7

¿Musical con zombies? ¡Miike, quién si no!

04 jul 2007

Este tío es la leche.

Takashi Miike da un paso más en su trepidante carrera hacia el título de director de culto, rompiendo dogmas y moldes con una facilidad apabullante.
Si el director japonés había sido criticado por el surrealismo de algunas de sus películas, por sus enfermizos affairs con el gore en otras, o por centrar gran parte de su vasta filmografía en el universo yakuza, ahora nos sale con una comedia musical.

¡¡¡Con zombies!!!

Se le pueden recriminar muchas cosas al gran Miike, pero al mismo tiempo se le deben atribuir sus proezas. Y es que el director de películas tan dispares como la trilogía de Dead or Alive, Audition, The bird people of China, Ichi the killer, La gran guerra Yokai, Visitor Q o el censurado capítulo de Masters of Horror Imprint (Huella), tiene una capacidad camaleónica para hacer buen cine que, combinada con sus impredecibles catástasis, consigue dejarte siempre con un palmo de narices.

Y La felicidad de los Katakuri no es una excepción.

La película gira en torno a la familia Katakuri, la cual se traslada a una apartada e idílica zona rural para montar el negocio que les sacará de su eterna mala racha. ¿Por qué? Muy simple: porque una nueva autopista va a construirse cerca de allí, con lo que tan bucólico paraje comenzará a ser accesible para los turistas, los cuales necesitarán hospedarse en algún lugar.

Y donde hay turistas, hay dinero.

Pero la mala suerte jamás abandonará a los Katakuri, pues su primer cliente decide suicidarse en la habitación de su hotel. ¿Qué hacer? Si la gente se entera de que su primer cliente se ha suicidado, nadie querrá hospedarse en tan siniestro lugar. La solución: enterrarlo, y esperar a que cambie la suerte. Por desgracia, los siguientes clientes también acaban falleciendo, y así sucesivamente, por lo que el pantano que hay próximo al hogar de los Katakuri termina por convertirse en un improvisado cementerio.

Y hasta aquí puedo leer.

Si la historia de por sí es completamente surrealista, añadidle una hija que se enamora de un timador profesional, un hijo ex-carterista, un abuelo que está como una chota, y aderezadlo con un inicio y un final creado (sin motivo aparente) en stop-motion y números musicales que oscilan desde la balada ñoña al Rock'n'Roll. Además, hay que tener en cuenta que ninguno de los actores es bailarín ni cantante profesional, por lo que en ocasiones asistimos a coreografías similares a cuando nos ponen en la discoteca I will survive como guinda final antes del cierre.

En definitiva, una nueva genialidad del maestro Miike que, pese a no ser una de sus mejores obras, sigue una línea lógica en su ilógica trayectoria como cineasta de culto, que hará que sus seguidores le idolatren todavía más si cabe, y que propiciará a sus detractores una nueva pieza sobre la que ensañarse.

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