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8,6

Sin complejos

04 jul 2007

Sin duda alguna, La fuente de la vida no dejará a nadie indiferente: algunos la encumbrarán como un nuevo clásico moderno, mientras que otros la van a dilapidar. Y, lo peor de todo, es que después de haberla visto sigo sin tener nada claro en qué bando situarme.

Darren Aronofsky, que con tan sólo dos películas (Pi, Réquiem por un sueño) ha conseguido meterse en el bolsillo a público y crítica por igual, dirige este proyecto tan personal y que tanto tiempo le ha costado ver la luz. Hugh Jackman (sustituyendo al actor original, que no era otro que Brad Pitt) y Rachel Weisz protagonizan esta extraña mezcla de historia de amor, aventuras, filosofía taoista, ciencia ficción y cine de autor que es La fuente de la vida.

La trama, a grosso modo, es en apariencia bastante asequible: Tommy (Hugh Jackman) es un investigador que trata de hallar una posible cura contra el cáncer, con la intención de salvar a su esposa Izzy (Rachel Weisz), cuyo tumor se está extendiendo a gran velocidad. Mientras Tommy monopoliza su tiempo en el trabajo para huir de la realidad, Izzy parece haber superado sus miedos y aceptado su inminente muerte, tal y como puede entreverse en el libro que ha estado escribiendo, en el que Tomás, un colonizador español en la época de los Reyes Católicos, recibe de su reina la misión de hallar el Árbol de la Vida, cuya savia concede a quien la bebe la inmortalidad.

Lo cierto es que tanto podía haber dicho esto como cualquier otra cosa, pues si La fuente de la vida ya resulta difícil de digerir y de entender, imaginaos lo que puede llegar a costar de explicar sin necesidad de spoilers varios. Y es que La fuente de la vida transcurre en el pasado, en el presente, y en el futuro, narrándonos una misma historia: la búsqueda del Árbol de la vida por parte de nuestro héroe, con tal de salvar la vida de su amada. El pasado se nos presenta a través del libro que Izzy ha estado escribiendo y cuyo último capítulo deberá concluir Tommy, decidiendo si el héroe salva o no a su amada reina; el presente, como ya he citado anteriormente, nos cuenta la historia de un investigador que busca desesperadamente la cura para la enfermedad de su esposa; y el futuro... Bueno, el futuro ya es algo más complicado de discernir, si bien nos encontramos con un Tommy en una burbuja en medio del espacio, en el que trata de completar el último capítulo de la novela de su amada junto a un moribundo Árbol de la Vida, antes de que explote una supernova.

Casi nada, vamos.

La fuente de la vida tiene algunos aspectos verdaderamente brillantes, y otros odiosamente pretenciosos: en el aspecto positivo tenemos una gran actuación por parte de Hugh Jackman y Rachel Weisz, los cuales consiguen transmitir sus sentimientos de un modo dolorosamente conmovedor en muchas ocasiones; destacar también la dirección (aunque quizá haya un exceso de ciertos recursos, como la cámara girando verticalmente o un abuso de los primeros planos) pero, sobretodo, la puesta en escena, detallista y muy lograda tanto en los decorados reales como en los generados por ordenador, otorgando a éstos últimos un aspecto verdaderamente onírico, muy en relación con el propio simbolismo de la película. Como aspecto negativo, diría que la historia ubicada en el pasado es algo más floja que las otras dos (exceptuando un grandioso final), pues no logra transmitirnos esa fuerza, ni visual ni interpretativamente hablando, con que nos abruman futuro y presente respectivamente; por otro lado, citar una música simplemente genial en sus inicios, pero cuya permutación en clave operística termina agobiando un poco, tal y como ya ocurriera con la banda sonora de Réquiem por un sueño. Pero lo más negativo de La fuente de la vida es, sin duda, su implícito mensaje taoista, budista, o como querais llamarlo, con secuencias que mi mente ha preferido omitir en beneficio de la sensación general que me ha transmitido la película de Aronofski.

La fuente de la vida, para mí, es simplemente asombrosa, con una fuerza terrible de principio a fin, con un mensaje explícito que, a pesar de haber sido trillado una y otra vez en todas las expresiones artísticas y en todas las vertientes filosóficas a lo largo de la historia, nos es mostrado como un sobrecogedor y novedoso poema para los sentidos. Y es que La fuente de la vida habla de la aceptación de la muerte por parte del Hombre, de la dualidad universal que hayamos en todas las cosas, del bien y el mal, de la vida y la muerte, de la luz y la oscuridad (a medida que vayais viendo la película, daos cuenta de cómo ésta se va iluminando, simbólica y visualmente, hasta alcanzar una luz casi hiriente). De eso trata la película, del anhelo del Hombre por rehuir su fatal Destino, ya sea embarcándose en la quimérica búsqueda del Santo Grial o del Árbol de la Vida, cuando lo único que saciará sus miedos es la aceptación de la muerte como parte inherente de la propia vida, como su correlativo esencial.

Por desgracia, la película va en un in crescendo tan sublime, tan apoteósico, tan imparable, que los últimos quince minutos se desmadran con los anteriormente citados mensajes taoistas (visualmente explícitos), imágenes generadas por ordenador y demás, por lo que bien pueden llegar a resultar una verdadera aberración. Y es que hay que saber cuándo parar: exponer un mensaje, una filosofia, es algo muy válido y honorable, pero marcar el camino a seguir de un modo tan explícito como hace Aronofsky resulta de una demagogia casi insultante para el espectador.

Resumiendo, La fuente de la vida es una película terriblemente ambiciosa que flirtea muchas veces con la pretenciosidad, si bien creo que inconscientemente; para bien o para mal, se trata una película difícil de olvidar.

Si se le quitaran 3 minutos de reloj centralizados en los últimos quince minutos de metraje, estaríamos ante una puntuación de 9'5, pero me decanto por darle un nada desdeñable 8'5 sobre 10.

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