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4,4

huesped planetario

15 jun 2013

"De Stephenie Meyer la autora de La Saga Crepúsculo", así se está vendiendo La Huésped en todo el mundo. En ningún cartel leeréis "del director de Gatacca y El Señor de la Guerra", en lo que ya es una declaración de intenciones en toda regla. Y es que a pesar de que The Host, el libro, esté igual de lejos de la mediocridad de las aventuras protagonizadas por 'La Pajarería de Transilvania versión soft porn' que de ser un clásico de la literatura de ciencia ficción, su adaptación cinematográfica ha sido enteramente planeada para llenar el hueco que ha dejado en los corazones de nuestra adolescencia la despedida de Edward, Jacob y Bella, con un énfasis innecesario en el triángulo cuarteto amoroso y echando por tierra un planteamiento que podría haberse convertido en la verdadera renovación del referente indiscutible, La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956, a partir de la novela de Jack Finney), tras decenas de remakes y adaptaciones incapaces de traer la historia a nuestros días con acierto.


A pesar de que las intenciones de The Host son más que evidentes, hay que reconocer de entrada una planificación inicial mucho más digna que la llevada a cabo por Summit en la saga vampírica. Aquí el protagonismo absoluto recae sobre una actriz de verdad, Saoirse Ronan, que ya viene de casa con el reconocimiento del respetable gracias a trabajos sobresalientes en títulos como Expiación o Hanna. Dirgiéndola tenemos a Andrew Niccol (El Show de Truman, Simone), cineasta de culto donde los haya, envuelto en este fregado presumiblemente después del fiasco que supuso In Time y al que se le ha encomendado la misión de sentar las bases de la franquicia. Sobre el papel, dos talentos en los que no deberíamos tener reparos en confiar, eso sí, cuando el sello artístico que impere en la obra no sea el de la ambición de una productora.


La película empieza y William Hurt, el actor de prestigio fichado para la ocasión con la intención de aportar algo de lustre, nos explica con su contundente voz en off cómo es el mundo en el que se desarrolla La Huésped: uno en el que una raza alienígena de parásitos, similares a los Goa´uld de Stargate, ha colonizado a la raza humana y donde los pocos supervivientes son perseguidos por una especie de policía conocida como Los buscadores. Así de exigentes son los recursos narrativos del guión de la cinta, escrito con más desgana que las contraportadas del AS por el propio Niccol y cuyo mayor atrevimiento es comprimir los primeros compases de la novela dentro de un flashback incrustado en un interrogatorio (todo un detalle teniendo en cuenta lo que hubiera alargado el metraje un respeto a la cronología del libro).

Sin desmerecer del todo la labor del Niccol realizador, a años luz en esta ocasión de su faceta como guionista, he de reconocer que su visión como director artístico, como creador de mundos, se ha quedado algo desfasada. El neozelandés sigue empeñado, de la misma forma que en la fallida In Time, en vestir a los malos de forma monocromática, casi caricaturesca; al igual que a sus vehículos, unos Lotus plateados que parecen más bien Micromachines de edición limitada que la elección móvil de una raza alienígena extremadamente avanzada. Un par de malas decisiones que, por fortuna, no esconden que Niccol aún sabe dónde colocar la cámara. La Nueva Tierra bajo dominio alienígena, donde no existe la violencia y la igualdad en una realidad intercontinental, está recreada con la cursileria propia de un anuncio de Apple, sí, pero con innegable armonía y la suficiente solidez, con lo que todo funciona más o menos hasta que empieza la verdadera historia: otro tour de force zoofílico destinado a provocar más risas chillonas en la sala que síntomas de interés o asombro.


Sin entrar en demasiados detalles, tanto la protagonista, Melanie, como la extremadamente inocente huésped, Wanda, no tardan en hacer migas y escapar en busca de los amigos de la joven. Su huída las lleva a una caverna de cartón piedra propia de la mencionada serie Stargate que resulta ser uno de los últimos refugios de la resistencia, donde cada una acaba enamorada de un chico diferente (Max Irons y Jake Abel, maniquí 1 y maniquí 2). A partir de ese momento las conversaciones interiores de la protagonista dejan de tener su aquel gracias a la contraposición de sus personalidades y al proceso de humanización al que somete Melanie a Wanda y se convierten en la constante pelea de dos amigas de insituto por echar un polvo antes o, en su defecto, impedir que la otra lo haga.

El foco prefiere centrarse en el culebrón bizarro en vez de en una comunidad de humanos que pasa de la noche a la mañana a confiar en su nueva inquilina, sin un proceso o evolución palpable más allá de toscas escenas en las que los personajes actúan por la absoluta conveniencia del drama más telenovelesco. Para colmo, el clímax de la película no se centra en combatir contra los extraterrestres o incluso en entenderlos al tratar de puntillas la subtrama de la buscadora principal (una correctísima Diane Kruger), sino en salvar todos los frentes amorosos mientras, por eso de aportar algo de tensión al asunto, plantean una carrera contrarreloj para salvarle la vida a un niño pedorro con fiebre. Y escuece aún más cuando la película enseña su potencial en los últimos -ultimísimos- minutos de metraje, expandiendo la visión de la problemática más allá del grupo protagonista y fraguando las bases de una historia de invasiones como dios manda, sin que el mayor valor en juego sea la inocencia de una joven bipolar o el despecho de un granjero sin pelos en los huevos.



De la misma forma que el publico juvenil mayoritariamente masculino encuentra en los sucesivos estrenos de sagas como A Todo Gas o G.I. Joe su capricho culpable, el Hollywood del siglo XXI se atreve a tratar a su audiencia femenina como a algo más que un ávido consumidor de comedias románticas pero sin terminar de atreverse a arrancar el adjetivo de la ecuación, equiparando los morreos bajo laz luz del atardecer y la sombra de la infidelidad o la indecisión con la gasolina y las explosiones de ese tipo de cine, igualmente incapaz de forma consciente de profundizar y dar forma a las ideas que plantea. En este caso, esa baza partía por explorar en la necesidad de poner fin al sufrimiento y agonía del que es capaz la humanidad aunque sea sustituyendo a todas las personas por una raza alienígena. Yo, visto lo visto y leído lo leído, con una abducción me conformaba.

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