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1,5

¡Huid, insensatos!

04 jul 2007

Anunciada con la poco esclarecedora coletilla de los creadores de Underworld (como si eso fuera algo bueno), Blood & chocolate, fielmente traducida aquí como La marca del lobo, es una película que ni el mismísimo Uwe Boll se rebajaría a firmar como director.

Dirigida por Katja von Garnier, La marca del lobo nos narra la historia de amor que transcurre en Bucarest entre una licántropo contraria a las tradiciones de su manada, Vivian (Agnes Bruckner), y un joven dibujante norteamericano, Aiden (Hugh Dancy). Su amor prohibido se verá confrontado con la ancestral tradición de la joven, por lo que Gabriel (Olivier Martínez), el jefe del clan, no dudará en tomar las medidas pertinentes para impedirlo, más aún teniendo en cuenta que Vivian está destinada a ser su futura esposa, con la que debe perpetuar la especie.

¿A alguien le suena?

Como decía, uno no podía esperar mucho de una película cuyo único reclamo es haber sido ideada por los creadores de Underworld, pero lo cierto es que el visionado de La marca del lobo eleva a la futura trilogía protagonizada por Kate Beckinsale a las cotas de El padrino, la Trilogía de Apu, o los Tres colores de Kieslowski. Y es que La marca del lobo es un sinfín de despropósitos que hará arrancarse mechones de cabello, no ya a los que esperaban algo medianamente similar a Underworld, sino a cualquier otro desgraciado que haya decidido verla aunque sea por pasar un rato mínimamente entretenido.

Para empezar, el 90% de la película se centra en la historia de amor entre los dos protagonistas, ñoña hasta la saciedad, bobalicona hasta resultar irrisoria, predecible hasta el infinito y más allá.

Eso para empezar.

En segundo lugar, decir que el presupuesto invertido en efectos especiales (supuestamente su principal reclamo) es el mismo que el que yo invierto mensualmente en prensa rosa, o sea cero patatero. Siguiendo con este tema, que da para rato, añadir que no encontareis en la película hombres-lobo al uso; simplemente, desaparece el humano tras un barrido de cámara cutre y aparece un husky siberiano, y listos. Tan sólo en dos momentos de la película vemos una transformación mínimamente decente, que se limita a un efecto de luminosidad con Photoshop en una secuencia (la del bosque, ya lo vereis) en la que más nos parece estar presenciando un ejercicio de natación sincronizada que una peli de licántropos.

En tercer lugar, decir que dichos licántropos, cuando no están tirando de un trineo por la nieve, muestran su curiosa naturaleza con unas ya muy recurrentes lentillas, y con una extraña obsesión por dar brincos en mitad de la calle en plan Yamakasi, recurso con el que se tiran casi toda la película, llegando a dar saltos mortales para esquivar un charco de agua en el suelo.

Por último, añadir que no deja de resultar extraño que un dibujante de cómics (perdón, novelas gráficas), se haya convertido en un experto en licántropos (perdón, loup garou) consultando la Wikipedia y otros sites similares; aunque mucho más chocante es descubrir que puedes cargarte a un hombre-lobo con una cubertería de plata, celuloide, o con un colgante de plata. Mención aparte merece Olivier Martínez, que a pesar de tratar de imitar al Kraven de Underworld, nos recuerda mucho más a Lorenzo Lamas en la serie Renegado que a otra cosa.

Resumiendo, La marca del lobo es un bodrio monumental, del cual no te puedes ni reir.

Como dijera sabiamente Gandalf: ¡huid, insensatos!

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