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8,5

El silencio de Oscar

27 mar 2011

Hay directores que hacen las películas para las masas, como el inteligentísimo y hábil Santiago Segura, y otros que hacen cine pensando en ellos mismos, con total indiferencia ante el resultado comercial que vaya a tener la experiencia. Es el caso de La Mitad de Oscar. Manuel Martín Cuenca desviste a su obra de casi todo, incluido la música, y la llena de silencios, de secuencias eternas en las que, aparentemente, apenas pasa nada.
Todo se plasma sin necesidad de la palabra. En el cerrado mundo del protagonista no hace falta hablar:
El abuelo moribundo ya no articula palabra, la salina fantasma en la que ejerce de vigilante es la soledad hecha paisaje, incluso cuando aparecen nuevos personajes algunos lo hacen sin poder utilizar la palabra para comunicarse (la pareja de María, francés que desconoce por completo el español, permanece casi mudo todo el metraje).
Bajo esta quietud, Martín Cuenca empieza a contar cosas tremendas. No pasa nada, pero en Oscar adivinamos una tensión palpable. Empezamos a comprender que su interior no es tan calmo como parece. Bajo tanta contención bullen pasiones, sentimientos turbulentos que acaban surgiendo y reventando con consecuencias irreversibles. Una historia que otro cineasta más arrebatado, como un Almodóvar con toda su artillería, podría haber convertido en uno de sus desbordados y geniales melodramas. Martín Cuenca demuestra aquí que también se consiguen resultados soberbios desnudando la historia, dejándola sin adornos, y apoyándose, eso si, en la buena interpretación de los actores (todos espléndidos, incluido el incomunicado amante francés).
El paisaje forma parte de la historia. Las salinas de Almería y el entorno del Cabo de Gata aportan la luz desnuda y la naturaleza brutal en la que nada estorba ni contamina el desarrollo inexorable de los sentimientos del protagonista.
Película difícil para la mayoría, con largas secuencias sin sentido aparente pero que al final cobran magistral significado (la descabalada excursión de Oscar, María y el francés por el abrupto paisaje volcánico), con pequeños detalles que dejan pistas si saben verse (las fotos en la pared), y con una espléndida escena final entre los dos hermanos, en la que se abren todas las compuertas y afloran por fin todos los sentimientos que el espectador creo que ya sospecha.
Mención especial a Antonio de la Torre, que con su personaje de taxista aporta los únicos momentos de verborrea (imparable) y humor a una película desesperanzada y triste pero hermosa y grande.
De vez en cuando no está mal ir contra corriente y hacer un cine en las antípodas de la taquilla. Siempre habrá alguien lejos de los grandes circuitos comerciales que sepa apreciar a este torturado Oscar.

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