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5,5

Almodovar muda de piel pero sigue siendo el mismo

20 ago 2013

A la hora de hacer una critica de un film de Almodovar parece casi necesario posicionarte a favor o en contra del realizador sin que parezca existir un criterio diferenciado para calificar a cada una de sus películas más allá de la obra maestra o el cagarro más absoluto. Personalmente, creo que el manchego es capaz de lo peor (Kika, Los Abrazos Rotos) y de lo mejor (Volver, Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios), pero sobre todo de películas muy desequilibradas casi siempre en su doble faceta de guionista y realizador o, simplemente, con tantas virtudes como defectos. Y desgraciadamente a este último grupo pertenece La Piel Que Habito.


Y digo desgraciadamente porque durante los últimos años es inevitable apreciar en el cineasta unas ganas de expandir su tan característico universo hacia derroteros inclasificables (Hable con Ella, La Mala Educación). Una tendencia que ha eclosionado definitivamente con la nos venden como su película más diferenciada y, por ende, más accesible a ese innegable grupo de espectadores que reniegan de su cine por sistema. Primer error.

Porque La Piel Que Habito puede parecer un experimento dentro de la filmografía de Almodovar. Una incursión en el thriller puro y duro que, respaldada por un Antonio Banderas superstar, intenta demostrar que el triplemente oscarizado realizador puede salir de los géneros comunes convirtiéndose en un director total. Y por desgracia, el resultado es un sobrio Doctor Jeckyll que por momentos te hace creer que la misión ha sido un éxito hasta que aparece un irrefrenable Mr Hyde para recordarnos cuál es el primer nombre que veremos en los títulos de crédito.


De hecho, Almodovar parece que lucha consigo mismo en un ejercicio de contención y racionamiento visual y argumental hasta que pierde interés por la historia que no está contando -es decir, por el thriller- y necesita dar rienda suelta a su particular sello hasta calmarse. Se trata de escenas totalmente anticlimáticas dentro de esta historia de misterio y rencor y que fracasan por la hilaridad con la que son contadas, casi, como si Almodovar hubiera fagocitado el guión que escribirían de juerga David Lynch y Alfred Hitchcock mientras invocan a Berlanga. Es decir, un WTF en toda regla. Me refiero a esa exageradísima media hora de metraje protagonizada por el psicópata del disfraz (correcto Roberto Álamo eso sí) o a esa conversación en la tienda de ropa sobre la mujer gorda desaparecida.

Porque lo único que le interesa al espectador es conocer cómo el personaje de Elena Anaya ha llegado a ser el conejillo de indias del cirujano psicópata protagonista, y todo lo que se salga de esa trama sencillamente molesta. Aunque lo que realmente es un infierno es ver como Antonio Banderas se escurre en un personaje que le queda más grande que un traje de Falete a Peter Dinklage. Por muy simpático que nos pueda caer el malagueño, los 21 años que separan este film de su última colaboración con el realizador no solo han servido para convertirle en una estrella en horas bajas de Hollywood, sino también para que pierda esa intensidad bien aprovechada en Átame o La Ley del Deseo en favor de una contención demasiado forzada, poco natural.


Menos mal que por ahí asoma Elena Anaya para encajar su nada fácil papel y equilibrar un poco la balanza protagonista. Porque si la cosa dependiera también de los secundarios iríamos apañados. Eduard Fernández se pasa a cobrar el cheque y a anotarse un tanto en el curriculum, mientras que Jan Cornet sucumbe de la misma forma que lo hicieran en el pasado Fele Martínez o Ruben Ochandiano a lo mal que se le da a Almodovar dirigir a actores jóvenes. Pero el premio al esperpento se lo lleva una fantasmagórica Marisa Paredes que parece que va improvisando sus diálogos en un intento de sabotear la trama liándola aún más.

Y eso que la idea original, a pesar de la previsibilidad de su climax, es lo suficientemente buena como para incluso dar base a un clásico del suspense (habrá que echarle un ojo a la novela en la que se basa, Tarántula de Thierry Jonquet). Los personajes principales también funcionan y la fotografía de José Luis Alcaide logra crear la atmósfera adecuada a pesar de que la banda sonora de Alberto Iglesias le juegue alguna mala pasada. Pero al final, más que un experimento cinematográfico de un director que puede permitirse hacer lo que le de la gana, La Piel Que Habito es un diagnóstico de una esquizofrenia severa de un artista con un evidente esfuerzo e interés por evolucionar y perfeccionar el plano más técnico mientras sigue empeñado en ser fiel a un sello que solo es apto para sus seguidores incondicionales. Y así, lo único que está garantizado es el debate, no el buen cine.

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