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Fincher logra programar el biopic perfecto

22 jun 2013

¿Cómo vamos a aguantar un drama de dos horas sobre un programa informático sin dormirnos? Esa fue la principal pregunta que se nos pasó por la cabeza a todos los fans de David Fincher en el momento en el que supimos que The Social Network tenía luz verde. Nadie dudaba del talento del realizador de Seven como autor de género pero con una premisa tan limitada lo tenía muy complicado para no caer en el aburrimiento o la indiferencia. En cambio, Fincher ha logrado destrozar todas las expectativas y entrar en el Olimpo hollywodiense tan rapidamente como Mark Zuckerberg llegó a ser el multimillonario más joven del mundo.


La principal razón de ese éxito es que el director de El Club de la Lucha ha logrado traer a su terreno lo imposible transformando un biopic sobre el proceso de creación de una red social en un análisis de nuestro tiempo con forma de thriller. The Social Network trasciende el drama y se convierte en un pulso entre las ambiciones y rivalidades de sus protagonistas que mantiene pegado al espectador a la butaca en todo momento.

La cinta es una radiografía más o menos verídica de todos los problemas a los que se tuvo que enfrentar Zuckerberg para levantar su imperio. El realizador juega con la curiosidad del espectador de ver cómo los mejores amigos del mundo llegan a demandarse por cientos de millones de dólares. Desde el minuto 1 los diálogos salidos de la pluma del verborréico Aaron Sorkin (que tiene un cameo) resultan tan viperinos como hipnóticos.


El creador del invento, Mark Zuckerberg, es retratado como un genio capaz de abandonar un bebe en el plató de Sálvame si fuera necesario para lograr su objetivo. Fincher muestra las virtudes de los genios que inventaron nuestro vertedero de tiempo favorito con la misma firmeza que sus defectos sin establecer un juicio o intentar justificarlos. Simplemente se trata de un "eso fue lo que hicieron y ahora son millonarios".

Pero la cinta se guarda aún otro as bajo la manga. No recuerdo un caso en el que la banda sonora influya tanto en el resultado final. Escenas que hubieran resultado rutinarias o incluso prescindibles se convierten en toda una montaña rusa gracias a la partitura de Trent Reznor y Atticus Ross, que envuelve cada secuencia explotando su lado más dinámico y perturbador.


El aspecto menos lucido de este espectáculo de primer orden sin duda son sus actores. No me entendáis mal, ninguno resulta incómodo pero tampoco deslumbran al mismo nivel que Fincher y su ritmo perfecto o Sorkin con su afilada lengua. Eisenberg lo tiene bastante fácil a la hora de dar vida al soseras Zuckerbeg mientras que a Timberlake se le ve como pez en el agua en la piel del fiestero Sean Parker, cocreador de Napster. Pero el que realmente se destapa como un talento a tener en cuenta es el próximo Spiderman Andrew Garfield, al que también es cierto que le ha tocado el rol más benévolo de la cinta.

No están tan trabajados los roles femeninos que se pasean por la función. Parece que Fincher sólo considera que el personaje de la próxima Lisbeth Salander, Rooney Mara, está en el mismo plano que el trío masculino protagonista. Aunque en el fondo su presencia acaba siendo una excusa para humanizar a ese robot sin escrúpulos que parece Zuckerbeg. Porque nadie consigue siempre todo lo que se propone.

No es ese el caso de Fincher, que se acaba de ganar nuestra confianza y fe ciega. Podemos hablar ya sin ningún reparo de la mejor película del año, mejor que Inception y aún a la espera de echarle un vistazo al western de los Coen. Lo que tenemos ante nosotros es una pieza tan perfectamente programada como la famosa web protagonista. Una lección de historia contemporánea realizada con código maestro.

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