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7,5

El nacimiento de la saga capaz de plantarle cara a Pixar

23 jun 2013

Ante la megalítica unión de dos vacas sagradas del mundillo como Peter Jackson y Steven Spielberg, por lo menos una cosa estaba clara incluso antes de visionar Las Aventuras de Tintin, y es que la adaptación del personaje surgido de la pluma de Hergé iba a contar con una factura técnica de infarto. Y en efecto, ese despliegue sin cortafuegos es lo mejor que puede dar de sí­ la técnica motion capture a dí­a de hoy, y lo que es más importante: es capaz de tapar las carencias de una historia poco original y de marcado tono familiar, entendiendo "familiar" como esa excusa para ofrecer una trama que mira a los espectadores más bajitos.


Porque no nos engañemos, Tintin puede servir como vehículo nostálgico para esas generaciones que han disfrutado de las aventuras del periodista belga desde su publicación en 1929 en formato de tira en el diaro Le Petit Vingtième (a un servidor le llegó en los 90, cosas de la edad), pero está lejos de hacer de esa meta su misión principal, que no es otra que la de arrastrar hordas de infantes a las salas con sus respectivos padres, madres, primos y demás. Tampoco estamos descubriendo el fuego, que en ningún momento me he olvidado de que estamos hablando de una pelí­cula de animación de 130 millones de presupuesto, no de Ghost In The Shell. Pero otras cintas recientes del género como Los Increibles o Cómo Entrenar a Tu Dragón han demostrado que se puede contentar al público adulto sin perjuicio para los más pequeños de la casa, y Tintin peca de un exceso de dulcificación que ni las vagas referencias al alcoholismo de Haddock pueden remediar.

Tampoco os voy a decir que tras las ardillas y los monos de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, este tono blandito por parte de Spielberg me sorprenda. Por lo menos en esta ocasión tiene la excusa de tratarse de un film marcádamente infantil. Y ahí­ está el problema, que a una adaptación de Tintin en pleno siglo XXI le hacia falta por lo menos entrar en la pubertad en términos argumentales por la simple razón de que el propio Tintin ha sido uno de los precursores de este subgénero conocido como la aventura-arqueológica, y es irónico que su adaptación peque de ingenua o directamente de sobada cuando es mas que fiel a la obra de Hergé.


De la historia ya os podéis hacer una idea mas que clara solo con el título original y el póster: un tesoro, misterios históricos y una pareja protagonista en perpetuo contraste. Todo perfectamente funcional hasta que ese tono infantil empieza a traspasar la atmósfera para incrustarse en su desarrollo. Al guión de Steven Moffat (Sherlock Holmes BBC) y Edgar Wright (director de Zombies Party y Scott Pilgrim) solo le importa el ritmo una vez ha presentado a los personajes y se olvida de justificar sus engranajes. En la primera mitad del film nos meten con calzador la trama del carterista Silk (Toby Jones), mientras que en la segunda los avances se producen más por inercia que como resultado de una trama deductiva lo suficientemente satisfactoria, que llega al colmo en la secuencia en la que Haddock descubre la identidad del malo al estilo Anne Germain.

Menos mal que el nivel de espectáculo es capaz de reventar cualquier escala. Entrando en los inevitables paralelismos con la otra saga aventurera de Spielberg (visible desde el tono cromático hasta la escena de la moto con Haddock imitando a Henry Jones), en esta ocasión el realizador se ha alejado del abrazo de George Lucas para refugiarse en el de Peter Jackson con la intención de centrarse únicamente en la faceta de realizador (las tornas cambiarán en la ya anunciada secuela), y le ha sucedido lo mismo que en Indiana Jones IV, que por muy buena mano que siga demostrando para las escenas de acción, si el guión peca de desorbitado y gratuito, es complicado contentar a los más puristas. Y aquí es donde entra la decisión de realizar el film con la técnica motion capture en vez de con actores de carne y hueso, con la que de golpe y porrazo los excesos están justificados e incluso te puedes permitir que los personajes tengan accidentes mortales sin ni siquiera sangrar. El límite lo pone el presupuesto, y ese no es obstáculo para estos dos titanes que han cuidado al milímetro cada plano y detalle que se sucede ante nuestros ojos.


Respecto al interesantisimo cast vocal de la versión original que incluye a Daniel Craig (Ivanovich), Jaimie Bell (Tintín), Simon Pegg (Hernández) o al primer hombre que algún día ganará un Oscar sin enseñar el rostro, Andy Serkis (Haddock), poco puedo decir ya que he visto la pelí­cula en su versión doblada. Solo se le puede achacar alguna dificultad para entender a un personaje tan carismático como la cantante Bianca Castafiore (Kim Stengel), el único rol femenino recurrente en las novelas gráficas y que está brillántemente incrustada en la historia. Los que esperéis reconocer los rasgos de alguno de los actores os llevaréis una desilusión, ya que el aspecto fí­sico de los personajes es una herencia difícil de solventar para todos los intérpretes menos para Serkis, que nació con los electrodos conectados.

Estamos ante el nacimiento de una franquicia que, como suele suceder con las primeras entregas, prefiere apostar por presentar su tono y a sus personajes en una trama blanca, pero que logra suplir ese agujero con la consolidación definitiva de las películas realizadas totalmente con captura de movimiento regalándonos escenas trepidantes para el recuerdo. Un hito técnico que llega lo suficientemente bien apadrinado como para ser el éxito de estas Navidades (en Usa se estrena por esas fechas) y para que ya esperemos ansiosos las próxima aventura del periodista del tupé, que mezclará El Templo del Sol y Las 7 Bolas de Cristal. Eso sí, con el consecuente cambio de guionista en favor del novelista Anthony Horowitz. Que las ganas de repetirse de Spielberg no significan que se haya vuelto estúpido. Al contrario.

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